Sobre escribir, en sentido extramoral

A veces escribir es un deseo de que algo aflore desde dentro. Pero no un contenido, ni una verdad, ni enseñanza. Pues lo que se invoca en el acto de escribir no es distinto del deseo de que el acto se produzca. Y así, se escribe por hacer que el interior de quien lo hace se pronuncie ante sí mismo –ese acto por el que nuestro ser aflora y se hace presente en la forma de conciencia.

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Trilogía de Montederramo

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El monasterio benedictino de Montederramo es uno de los que jalonan el imponente bosque de la Ribeira Sacra en tierra de Galicia. Otras veces, estos monasterios mayormente deshabitados ocupan lugares con accesos intrincados y situación recóndita. No es el caso del que aquí se trata –situado en el centro de esta pequeña población cabeza de un municipio de poco más de unos setecientos habitantes. No es el que más impresiona al visitante, ni por su conservación ni tampoco por esa sensación de sagrado que, por ejemplo, sobrecoge en el también cercano de San Pedro de Rocas –del municipio de Esgos. Aunque se advierte que el de Montederramo debió de albergar comunidad monacal muy rica y floreciente. A juzgar por los estilos que a lo largo de los siglos atesora: planta románica el templo, aunque reedificada en un neoclásico potente y elevado, claustro gótico –que presumo edificado sobre uno anterior románico- con galería superior y sala capitular renacentistas ambas, y otro claustro barroco que se suma mismamente. El primero de los claustros ha sido restaurado después de un gran abandono, por instituciones públicas. El claustro barroco, en estado deplorable –dividido en posesiones privadas y sin habitar hoy en día, por efecto de la desidia, de la ignorancia y el tiempo, a partir de la desamortización decimonónica de Mendizábal.

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En este monasterio, como en otros del entorno de esta roboeira sacrata, se advierte con claridad el efecto de esa decisión política: los templos –no desamortizados, pues su uso era también del pueblo- abandonados por la pérdida de la comunidad religiosa que los mantenía vigentes. Las dependencias monacales, enajenadas y divididas en manos privadas sin vinculación expresa – ni remota en ocasiones- con el valor de ese arte, por no decir con la finalidad para la que un día hubo sido concebido.

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Durante la visita, una observación recayó sobre el desastre que ese acuerdo acarreó para buena parte del patrimonio histórico y cultural afectado por el mismo. Uno de los asistentes amagó esta exculpación argumentaría: que la preocupación por el arte, su valor y patrimonio, es muy reciente y pertenece a nuestra sensibilidad coetánea. No siéndole imputable esta ausencia de conciencia a personas gobernantes de otro tiempo. Observé que, sin embargo, ese valor sí era conocido y apreciado por aquellos que erigieron esas obras y esos templos con un afán perdurable a través de los siglos de su fe y de su historia.

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El niño que conocí

Con los años, he llegado a comprender las razones de aquel niño con quien compartí desde el principio mi infancia –al despertar la conciencia, en el colegio de párvulos. No era retraído propiamente, ni solitario tampoco. Pero, de hecho, de recreos en soledad y de trato en la distancia. Incluso he comprendido también los motivos del respeto al que movía su presencia en los maestros de escuela. Como infante de inteligencia inusual, cristalina -consciente del privilegio y dolor que aquello le ocasionaba. Sabedor de lo difícil de hacerse comprender en conversación cualquiera. Como también alejado de la inquietud de los juegos infantiles, donde se aprende la actitud amoral e impositiva que condicionará en el futuro la convivencia con otros. Yo lo vi como impelido al refugio y exigencia de su áurea soledad. Con amor a una integridad que residía en sí mismo, sin menosprecio aparente de lo que quedaba fuera.

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Si es nueva, no es normalidad

Andan los gobiernos inventando eufemismos para disfrazar cosas muy feas. Pero no es cosa de ahora -que la impunidad ha llevado a los políticos a esta práctica, desde hace años y años. Y la última es esta normalidad que han dado en decir que es nueva. Con ese preocupante dejo o connotación de cosa definitiva –que vino para quedarse, con mascarilla o sin ella. Y más preocupante cuando se ve que el gobierno que la dicta da señales de una pretensión de torcer el designio político en el que ha convivido España. Pues esta normalidad consagra un estado de excepción en lo moral y político, bajo el signo del temor a un virus omnipresente. O a otra cosa cualquiera: el subterfugio que consiste en infundir y propagar lo hiperbólico de un miedo. Y así mientras alguien se cala la mascarilla para cualquier ocasión y maldice de los otros que disienten, un totalitarismo se ensaya y se asimila en la conciencia de una sociedad con el alma abotargada, o con sentido que duerme.

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Sobre una enseñanza de Cristo

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Atesorar es retener junto a sí realidades a las que uno confiere valor. Sean materiales, monetarias, objetivas o morales. Y en esto, parece claro que el objeto del deseo no exime de la ambición. Pues no los hay solamente que buscan abultar su cuenta bancaria, sino también quienes ambicionan el renombre o fatuidad de la fama, o los signos exteriores de la posición social, o aquellos que –más del lado coleccionista- atesoran antigüedades, o codiciados volúmenes en su amplia biblioteca. Y también he conocido muy soberbios bien pagados de un acopio de virtud en lo moral. Modos todos ellos de la afirmación de uno mismo, a través de un amor interesado o una varia posesión. Aunque para poseer de este modo es preciso gozar de una confianza en sí –en la pervivencia del yo, y la propia integridad. Porque a algunos sabios les sucede que el transcurso de los años los conduce paulatino a un desapego –consciente de que ningún bien permanece de valor inalterable cuando se atenúa o aleja la suficiencia del yo. Sea porque la enfermedad o los años van poniendo cada cosa en su lugar y valor, o porque la experiencia ha ido enseñando a mirar y ponderar. Y quizás no sea referible solamente al instante de la muerte esa enseñanza de Cristo dirigida al insensato: esta noche, tu alma te la van a arrebatar.

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Palmeros por entre redes

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Se extendió la denominación de palmeros, peyorativa, como un comodín para designar a quien defiende vehemente los criterios o la postura de otro –sin poner ninguno propio. Por interés –aunque torpe-, o ingenuidad en cantidad de ocasiones. Tal sucede en el flamenco, donde las palmas jalean a quien baila o a quien canta. Aunque también hay que decir que el palmero tiene su oficio y función en ese arte antiquísimo. Que tiene un carácter propio, sin ser tan sólo comparsa. Como en política, hoy mismo, los palmeros tampoco son siempre iguales. Pues los hay inteligentes –que marcan terreno suyo. Otros tan sólo bots con sus nombres verdaderos replicando ajenas simplezas –o argumentos de partido- por entre redes sociales. Otros, incluso, ficticios –pero estos no arriesgan nada.

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Loa de la plaza de abastos

La plaza de abastos de este barrio es, sobre todo, pequeña. Un puesto del pescado, un puesto de la fruta, otro de carnicería, chacinas y algún queso. Una breve droguería y otro, más diminuto, de salazón y encurtidos. Pero con selección importante en los géneros que ofrecen. Yo, estos días confinados, he visto a los placeros estar al pie del cañón –solícitos, y enteros, incluso cuando en los principios el miedo hacía apretar los dientes. Después, con sus mascarillas. Y en el puesto de la fruta, intentando que no hubiera más de dos compradores en el orbe de su reducido espacio abierto. Pero todos han estado, y de qué modo. Como un modo de la vecindad de siempre y, ahora podemos decirlo, leales como ellos mismos.

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