Destacado

¿Te importa responder una encuesta?

En este ENLACE

Anuncios

Un país sin ciudadanos

Parece que no es momento para ideas en política. Una penuria quizás, a la que no le resulte ajeno el declive de la figura del ciudadano. Ese poderoso actor en la cosa pública –que impulsa, que define y autoriza el vigor de los modelos democráticos: la común gobernación donde cada cual aporta una parte de su saber y respeto, de su tensión y su fuerza. Y quizás a este respecto haya algo de razón en quien apunta hacia su sustitución por la figura del consumidor ciudadano: objeto de propaganda por parte de candidaturas, de las que reclama no participación política –mas satisfacción inmediata de necesidades, o deseos o apetencias. Con resultado de que partidos políticos devengan organismos de invención estereotipada de necesidades que suplir, mas sin propuesta común que aúne a la sociedad, la dinamice y la impulse. O peor –y no es tan sólo un posible: organizaciones más o menos doctrinarias que exigen la sumisión colectiva a paupérrimos designios que se imponen de antemano, o se dan por demostrados.

©

El Follonero

En una televisión de España, un programa –El Follonero– tuvo su figura de entrevistador juvenil –tono desenfadado y gamberro. Aunque tenía también apariencia fronteriza con el género de investigación, si bien de aquello que ven los ojos, lo que da la inmediatez, lo que mide un progresismo adoptado de antemano. Pero los años van pasando para todos, y el semblante pide roles que se avengan con la piel menos elástica y las incipientes canas. Lo que autorizaría a emplear un tono intempestivo igualmente, o provocador si cabe, pero más afirmativo: sin quedar en la valoración que se pronuncia de lejos –ofreciendo con honradez las palabras a la franca discusión, la crítica que confronta. Por valorar lo que se expone ante otros, en el sentido binario que comporta esa palabra. Pues cosas que una juventud hizo un día celebrables, bienvenidas o aceptadas… los años las declinan a los ojos de los otros con una exigencia inversa, o en sentido mucho menos complaciente –predispuesto a la aquiescencia, y sin esfuerzo otorgado.

©

Xenys: un vino joven

Etiquetas

En vinos, la denominación de Jumilla ha tenido su actualización como en tantas zonas de España. Porque esa sofisticación en la elaboración y el gusto, la enología española la ha tenido que adquirir en un pasado no tan lejos de la mano de los vecinos franceses. A distancia sideral de aquel gusto popular que veía el valor en la alta graduación –por necesaria que fuera para la conservación exitosa en barrica familiar, o en la redoma. En Jumilla, la variedad monastrell –autóctona en el sureste- ha llegado a superar un injusto menosprecio frente a otras uvas más afamadas. Hasta el punto en que hay vinos que compiten en graduación más liviana con los mejores riojas –y, más todavía, con los ribera del Duero. En torno a los 14 grados, los bodegueros de esta comarca murciana llegan a resultados que exaltan los matices sin fatigar el sentido. Lo que vengo a trasladar en este plasma, por la experiencia de un vino joven –Xenys, su marca. Martínez Verdú, la familia bodeguera. En botella de elegancia contundente, con vitola plateada y dibujo estilizado. Una elaboración con la que vine a quitarme la espina de otra marca de sabor menos feliz que, invitado, presenté en colación con amigos. Agradable en este caso su color de un rubí oscurecido, con ligereza bastante y frutalidad al gusto. Sin traicionar su valor muy monastrell –que reclama, en los finales, la aquiescencia del gustador y el deleite del instante.

©

Maneras de un aplaudir virtuoso

Una obra musical o de ballet es un conjunto. Como una serie de cuadros que se enlazan y se imbrican –para producir la impresión en la que fluyen el continuo del deleite, la unidad de la belleza. Tal sucedió en la versión dancística de la Carmen de Bizet, puesta en tablas por el medio del ballet de Víctor Ullate: escenas de agilidad estudiada que evoluciona en los cuerpos -sinergias con los compases que acontecen desde el foso. Y esta evolución por escenas o por cuadros tiene algo del moverse de las olas: la gestación submarina de una tensión musical, su captación en el gesto en movimiento del cuerpo, su exposición concertada, su incremento. Su paroxismo final –que concluye en lo inmóvil de una estampa, o que paulatino se desgrana y deshace para gestar un inicio diferente, en un renovado intento. De aquí el arte del aplaudir en el momento más justo: sin atronar, sin romper la armónica sucesión de la música y la danza, sin clausurar las escenas de imbricación sucesiva, y sin estorbar tampoco la percepción de la unidad del conjunto.

©

Picasso. El viaje del Guernica

La guerra es espacio de crueldad –sin reglamentación ni contornos. Y esto la humanidad lo ha sabido desde siempre. Lo que no le ha ahorrado padecer los horrores más crueles. Entre ellos, el siglo XX tuvo la palma en la producción casi industrial de exterminios y masacres. También en España tuvimos nuestra parte –entre ellas, y como emblema, el bombardeo y destrucción de Guernica. Hechos que caerían sin duda en lo que años después se legislará como crímenes de guerra. Un concepto del derecho internacional engendrado tras los ismos que han asolado parte a parte a toda Europa. Con sus tribunales constituidos recientes para enjuiciar al efecto. Una exposición itinerante organizada al alimón por el Museo Reina Sofía y por La Caixa se denomina estos días de este modo: Picasso. El viaje del Guernica. Porque nuestra masacre emblemática tuvo su notario universal en el lienzo que se dice. La exposición es mucho más que correcta en contenido y concepto. Incluso para mostrar la imbricación histórica con la legitimación del discurso republicano –no exento de maniqueísmo, tal si el repudio del crimen exigiera que se acepte si más, o bendiga, el statu quo anterior a la masacre. Tonalidad de guerra civil inseparable de los hechos que la exposición exhibe –y que da para pensar la actualidad del discurso en sectores actuales, tal si la España de hoy no hubiera escrito otras líneas muy distintas de su historia.

©

De nuestros bares de pueblo

No hay lugar acogedor, en toda la calle, como el bar de la esquina. Una forma de hablar, por darle un calor de proximidad y un afecto de barrio. Fíjense –que hasta un ciego vendedor de cupones de iguales, hace años lo bastante numerosos palpaba el ambiente de lluvia al decir que no hay como ver lloviznar una tarde en un bar, tras una puerta de madera y de cristales. E incluso diré que el bar de la esquina tiene su lugar asimismo en el centro de Madrid –con toda su capitalidad pueblerina, y su ser villa y corte. Pues no he visto barra popular como en la calle arenal, con paisanos que –agolpados y a voz- ya gustaban de antemano e inminentes el bocadillo por llegar de calamares. Y más todavía: que no he vivido lugar en los lugares de España, que no identifique con una barra de pueblo: un sístole de la memoria que trae la evocación en racimo de sucesos y de personas que fueron. Un lazo que convoca al corazón, una guirnalda anudando los veneros del recuerdo.

©

Un régimen de aparceros

Cuando se hizo la Constitución vigente hoy en España, hubo asuntos que encajar –con eufemismos que soportara el votante. Y esos eufemismos perduraron y perduran en los discursos que imperan. Uno de ellos –la bondad de la parcelación del país por autonomías. Hasta el punto de que opinar contra la organización vigente atrae miradas agudas y suspicaces, entreviendo o sospechando de postura ultramontana. El argumento –la prioridad de valor que se da a los localismos, y la supuesta cercanía del poder al ciudadano. Sin reparar en los costes en relación con los logros: el estado insostenible de las cuentas, y la apropiación del poder de las regiones por partidos que las rigen en régimen de aparceros. Hasta la sinrazón estridente, multiplicada al escándalo, del uso de un órgano del Estado para subvertirlo –agravando y agraviando al resto de ciudadanos de cualquier lugar de España. Tal sucede en Cataluña.

©