‘Sueño’

Resulta imaginable que el teatro evidenciara el drama más angustioso que pueda figurarse. O la tragedia más ciega –deudores ambos géneros de un arte y un quehacer: de una preceptiva propia. Aunque hay que añadir lo impropio de confundirlos con la construcción hiriente de la escena: un inicio, por ejemplo, de decrepitud reforzada con decorado lúgubre de hospital o de geriátrico. Y un viejo, cercano a moribundo, con pañal de senectud y andares imposibles e inseguros. Escenas grisientas, que agotan en sí mismas su poso de tristeza. Pues no consigue el autor hilvanar un sentido más allá de instrumental con los actos sucesivos: como marco general para incorporar viñetas separadas de una historia reiterativa y confusa. Un hombre casquivano, bebedor y derrotado. Ni siquiera un retrato que la obra consiga perfilar en su medida. Y sin más espectáculo que la derrota que se conoce desde el compás del inicio: una pintura estática usurpando cualquier evolución del dramatismo que busca. De ahí la impresión inmóvil de la obra, la asfixia de su tiempo, su monotonía aplastante. Un texto inapetente de Andrés Lima, que dice producirse a partir de la obra de Shakespeare –inspirada en la vida misma y en el mundo de Shakespeare. Producción del Teatro de la Ciudad, llegado de Madrid –con tedio del respetable.

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Premio ‘Princesa de Asturias’

La entrega de los premios Princesa de Asturias siempre tiene un aire protocolario que impregnan cercanía y desenfado. Incluso hoy, cuando el acto –por el asunto que acontece en Cataluña- ha mostrado sin bambalinas su contenido político. Con las palabras más claras –el monarca, en este caso. Y también con un apoyo europeo que resulta desigual según la persona o cargo que en su caso lo pronuncie. Una realidad que aporta zozobra o drama –razón de un apoyo popular en las puertas y el interior de la gala. Como el punto del humor que un Luthier ha pretendido, no encontrando su camino –ni en el tono ni el contexto. Se tratará de un error, o que no estaba quizás para ese humor el respetable presente. También estaría por ver una gala sin preeminencia en la música y atuendos –escaparate de exaltación regional, o grupos archisabidos con sus coros y sus danzas.

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…y eran sólo inteligentes

No es tan fácil distinguir a quienes tienen cultura, de quienes sólo poseen una clara inteligencia. Y conozco la provocación que alberga lo anterior para una clase de hombres que tildo de biempensantes. Pues parece para muchos que la cultura está ahí, como depósito inerte al alcance de quien quiera. Pero la inteligencia… se tiene por inconquistable don de la naturaleza –que a los genios, ab origine, los distingue de la plebe. Algo como Mozart, en Amadeus –la película que ha un tiempo popularizó la admiración del genio gratuito y sin esfuerzo. Pero la cultura… diré que no es algo tan aleatorio. Que se conquista con humildad, con tesón y con esfuerzo –y sobrepuja, cuando no remedia la escasez del don natural que he dicho. Por más que algún inteligente haya usado de ese don para fingir una inmanencia en el genio, o un saber –provocando intencionada confusión entre cultura, y lo que es su principio: memoria o conocimiento.

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Confirmación de asistencia

Puedo comprender la incomodidad de algunos en comidas de sociedad –más o menos. Seguramente por lo que de pública exposición hay en ellas, o también porque son contexto para un rol que no siempre es divertido -sí en ocasiones forzado. Entre ellas, las de jubilación de un compañero me parecen llevaderas –por la conciencia grupal con la que comensales se disponen en las mesas. Un ambiente cuando menos de franqueza. Aunque también sobrevuela en el trasfondo la finitud de nosotros, y de las cosas vividas. Luego, el tiempo continuará su transcurso e irá obrando el desarraigo. Entre tanto, los brindis del superior o del jefe –las risas y los discursos, los regalos… Ceremonia de unas sombras fugitivas, recurrentes, en aquello que subyace impronunciado: la institución que persiste -la continuidad de empresa.

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Qué hay de los escritores

Un escritor siempre escribe de sí mismo. De ahí que no quepa por completo mantener la intimidad –que ni posea un valor pretender anonimato. Incluso en quien usara de heterónimos, como lo hiciera por un ejemplo Pessoa. Pues siempre hay una puesta de sí mismo en la selección del tema, la inventio de la ficción, la organización del argumento, la construcción de la trama. Aunque también encuentro claridad en esta afirmación que surge correlativa: que un texto siempre busca entrelazarse y conectar con algún interés de quien quiera que lo lea. Pues sin ello no hay encuentro, no hay lectura. Y así este texto, como otro texto cibernético cualquiera, es un código vital que circula por las redes infinitas –y el lector, un cualquiera que lo acoge en el seno de su propia peripecia. Intimidad que se desprende, y que fluye sin precisión de autoría –como alma que la técnica destila, inmanente y sin embargo incorpórea. Sin llamada que señale a un más allá. Sin trascendencia.

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El colchón de Robert Schumann

El día 22 del mes, se cumplen quinientos cincuenta años de la consagración de la Catedral de Murcia. Ocasión por la que el cabildo ha elaborado un programa de actos que entremezclan elementos religiosos y asimismo culturales. Anoche, un concierto en el órgano Merklin a cargo de Izumi Kando –organista titular de la Iglesia Evangélica Alemana, de Barcelona. Las piezas sucesivas, jalonadas por declamación de textos debidos al Director Técnico del Museo Catedralicio, acompañados de proyección de imágenes pictóricas de la mejor tradición del arte religioso. Por lo que hace a la música, no es preciso anotar la cualidad de este instrumento –verdadera riqueza cultural en el conjunto de España. En antepenúltimo lugar del repertorio, una obra –Batalla 2002– compuesta por la organista antedicha: construcción de comienzo muy convencional que deriva paulatino hacia hechuras que imitan con cierto esfuerzo los gustos de un dodecafonismo moderno. Seguramente una composición que no lograría escapar de la servidumbre del órgano ibérico –echándose en falta en ocasiones la trompetería horizontal que es tantas veces su emblema. Lo que confirma que, siendo el órgano instrumento musical versátil por excelencia, hay límites que circunscriben su aptitud para ciertas composiciones. En penúltimo lugar, el Canon II en la menor –de Schumann: pieza que consideré la mejor y mejor interpretada. Con evolución de los sones en cadencia persuasiva y melodiosa, tal cayendo y rebotando con blandura en el suelo acolchonado que le propician los bajos.

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La mística de un vecino

Habitó la ciudad como aquel que, siendo familiar para tantos convecinos, en gran medida era un conocido lejano. Ausente de la vida cotidiana y común del día a día –los encuentros de amigos de infancia, la pandilla cuarentona, el bar habitual de sábado y barriada. Y era apreciado en gran medida –por aprecio de los tiempos compartidos, pero aún y en buena parte por sentirlo uno más de todos pero con tonalidad distinta. Como si algo del común, en él hubiera alcanzado un grado de verdad –de lealtad no expresada con lo que fuera el origen que entre todos compartían. Una verdad de todos que, por su limpidez lo mantenía alejado –en una clara distancia. Intuiciones que nunca llegaron a explicitar su concepto, si bien prestaban su unción al considerar común, a la opinión y a la estima, al saludo con pausa al cruzarse de camino por la calle.

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