Desde la mediocridad al cine

La televisión tiene, entre otros artefactos, el efecto de aproximarnos las cosas –y con ello contribuye a traer los cielos de las élites al barro cotidiano donde andamos en pantuflas. Otra razón –no diré que mayor en relevancia- por la que ya no nos cueste tutearnos con lo que otrora resultaba tan distante. Pues, por ejemplo, hoy no es regla el rubor de quienes ha un tiempo se sabían incapaces de leer el valor artístico en obra reconocida –lo que no dice en sí nada, si no fuera por la general desenvoltura de exhibirse con aspecto de catetos. Ni tampoco se concede un valor a la oratoria –en aquellos que, por su dedicación, debieran tenerla por instrumento valioso. Incluso –parafraseando un concepto del marxismo- se ha logrado abajar a ras del suelo profesiones que se tenían por sagradas. Hoy, sin más, el tedio de profesora de corte universitario cuyo discurso se percibe inapetente como en otros –con el tono que se suele, monocorde y bachillero. Al zapear, el brillo por contraste del oeste americano –con imagen satisfecha y consabida de John Wayne.

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Pasar por Aguilafuente

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Los caminos que atraviesan la provincia de Segovia podrían conducir, por un acaso, al municipio que se llama Aguilafuente. Y también por un acaso, pudo el transeúnte descubrir la exposición temática y temporal que se ubicaba en el templo: medio guía, medio portero, un argentino pródigo en la atención y de eficaz cometido. Tratase en ella del primer libro, que se sepa de momento, que se imprimiera en la lengua castellana: el Sinodal de Aguilafuente –las actas sinodales del que el obispo Juan Arias Dávila convocara en la localidad en 1472, para la reforma del clero diocesano y que imprimiera Juan Parix. En el templo, se significa también el límpido ábside en el estilo mudéjar. En la antigua iglesia de San Juan, merecen contemplarse los restos de mosaicos romanos encontrados en los restos de una villa, y restos también visigodos. Por lo demás, un municipio de unas seiscientas almas. No lejos, el castillo de Turégano: que fue del obispo que más arriba se nombra, donde reposó Fernando el Católico de camino hacia Segovia –por trazar una concordia- tras la coronación de su esposa como Reina de Castilla.

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Cuando yo era un lector fácil

La juventud tiene un efecto moral, como lo tiene la holgura económica –que se gasta con muy fácil desenfado. Y no es que el joven o clase media desconozcan la finitud de sus días, la limitación de su fortuna. Pero la curiosidad o el capricho del deseo no se ponderan en aquello en que se trata: un elegir momentáneo en el que nuestro bien se invierte, con exclusión de tantos objetos –o mismamente quereres- que pudieran haber sido motivo de ese intercambio. Ello vino a ser cuando yo era lector que, exigente sin dudarlo, no llevaba esa exigencia hasta el límite que a un culto exigirá la brevedad de los días: ocupar los minutos y las horas en aquello que se escribe con verdad muy esencial, serenidad y entusiasmo. Por evitar el oropel de los libros que pasan por una vida sin arraigo o sedimento.

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El aprendiz de prosista

Escribía como hablaba, el aprendiz de prosista. Ignorante tal vez de que la prosa se aprende –que no basta con abolir la censura del registro coloquial e improvisado, donde la literatura nace. Porque desconocía también esa realidad que no niegan los más sabios: que se habla también en verso, con ritmos y con cadencias. Como el corazón que late sin pretensión de afirmar ni de negar la cultura: aunque se lo escucha –no bello, ni coloquial- como quien escribe un verso.

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Leganés… ¡de donde el monstruo!

Así era la humorada de hace años, relatando una conversación ficticia entre un oriundo de Madrid y contertulio con bastante despistado. Que me viene a la memoria cuando leo en internet una narración curiosa –y rayana en lo fantástico. La del hallazgo, mediante robot submarino, del monstruo del lago Ness. Claro, que el prototipo originario construido para el rodaje de ‘la vida privada de Sherlock Holmes’ (1969), film que dirigió Billy Wilder contando con Robert Stephens y Christopher Lee. Un prototipo construido con un cuello y dos jorobas –cámaras de aire para facilitar su flotabilidad. Pese a las advertencias, el director prefirió suprimir las jorobas, lo que causó su hundimiento en las profundidades lacustres donde el robot lo habría de encontrar. Así como su sustitución por un nuevo monstruo de cabeza y cuello sólo, cuyo rodaje se circunscribió a un tanque de agua en estudio provisto para la ocasión. Una curiosidad –fantástica en su aspecto, al menos- con fotografías para consultar aquí.

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Los huérfanos de los dioses

Aquella juventud, cuando un libro bajo el brazo aportaba por sí mismo un aura intelectual -y, difusamente, una apariencia de izquierdas. Cuando se reconocía un valor al intelectual superior a los demás, porque apartado. Como una versión admisible y secular del clérigo, mudando vocación en fingida militancia. Porque en el fondo, no tantos paseantes con el libro alcanzaban a creer ni profesar lo que con su aparentar buscaban, pues con unción se aceptaba lo ingenuo de esa impostura –de la que se rentaba poco, salvo casos singulares amparados en el viejo proceder de una recomendación que se obtuviera de parte. Después, se derrumbó todo ese mundo y su mito –con menosprecio del cielo en cuya fe se fundaba. Y entonces se alumbró esta luz crepuscular donde los huérfanos de los dioses sobreviven desnortados.

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Cómo va el astro de Arnold

El amigo IMG ha escrito en su facebook a propósito de mi post anterior –referido a Schwarzenegger. Para decir que su astro fue decreciente, acabado. No argumenta como lo haría el común, tomando distancia del género fílmico menor que su trayectoria encarna, más aceptando el género para dibujar en su interior la trayectoria menguante. La desenvoltura de su comentario en red, muy propia de quien es conservador a fuerza de liberal y de culto. Y con la ausencia de dogmas que conviene, por derecho, a un buen católico.