Por no reiniciar la Historia

Deberá conocerse que el franquismo no es algo que aconteció sólo a algunos territorios en España, llegándoles desde fuera o de los otros. Pues ese prejuicio, nacido de un error de perspectiva y también de una ignorancia, es apto para fundar victimismos que hacen concebir que los unos son mejores que los otros –o lo fueron. Victimismos que crean pretensiones, sobreestimas de sí mismos, desigualdades y nacionalismos en su único sentido. Antes bien, sería más cercano a la verdad entender que la guerra civil, el régimen que por ella se fundó, fue un acontecer general de un cuerpo único –como toda realidad, fundado en causas. De ahí la higiene, la honradez y hasta la urgencia, de conocer –ese valor que asienta la libertad y hace posible un futuro.

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De mesones por Castilla

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Los amantes de la mesa saben sobradamente que en materia de cordero lechal –sobresalen los fogones de Castilla. Sea el lechazo que se cocina al horno y se sirve por cuartas, en cazuela de barro y con su jugo –o el cordero lechal abrasado en brasería. También cuenta Castilla con la ternera de Ávila, pero ese es cantar magnífico por igual aunque tema diferente. Incluso en la misma provincia abulense, la ciudad de Arévalo alguien la sembró de figones y de fondas que sirven el lechazo más sabroso que tenga a mano el viajero. Por lo demás, es lugar de repostaje gastronómico para madrileños que escapan de su ciudad para fines de semana. En materia de cordero lechal a la brasa, tuve reciente experiencia impresionante en Tordesillas: donde junto a las visitas al monasterio de Santa Clara la Real, las Casas del Tratado, la iglesia barroca de San Pedro, o la plaza mayor porticada, está la comida en la brasería El Torreón –con ambiente muy elegante, entre castellano gótico y con detalle mudéjar: el secreto de su éxito no se me hace que pueda ser diferente de la calidad de las carnes y el punto del cocinero que labora en un aparte del comedor entre parrillas, azulejos de colores y las brasas. Y por no decir los postres. Igualmente, la mejor compañía del lechazo para mí tengo que es la ensalada de lechuga y de cebolla solamente. Con vino de la región –de la ribera del Duero. Aunque también los osados acompañan estas carnes con el caldo más robusto de la ciudad cercana de Toro.

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Conceptos para fecundar las cosas

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Separado de la realidad, el concepto es una hipérbole. Sentencia que debieran tener marcada en el frontispicio quienes se dedican a lo público. Pues hay quienes viven de pregonar conceptos a lo sumo –a lo menos, ni conceptos: fervorines, aun de izquierdas, y soflamas. Pero el concepto que se adentra por entre las costuras de las cosas que nos pasan y que hacemos –el que llega a las junturas del problema y encuentra su día a día-, ese concepto se moldea en la fricción con lo posible. Y entonces, atemperado y en comercio con lo real y lo vivo, es apto a propagar su virtud –y a corregir el decurso que siguieran tantas cosas.

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Dos lecciones sobre el cortejo

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No sabría señalar en este instante el lugar en que Ortega y Gasset refiere el patetismo que hay en la ceremonia del cortejo –cuando una adolescente es objeto de requiebros por un viejo sarmentoso. Escena donde cualquier relación razonable sería de distinto género. Y aquí el filósofo alude a los códigos tan diferentes que se cruzan entre ambos sin tocarse: mundos llamados a un respeto en lejanía, por no compartir las claves -las experiencias- que sostienen las edades de uno y otro. Diré que el tema no es mal objeto para disertación de filósofos –con recuerdo que ahora traigo de la escena que nos narraba el profesor de Instituto: donde el viejo Schopenhauer en un paseo por el lago y a solas en una barca, ofrecía a una doncella aquel racimo de uvas que la púber tiraba al agua con desdén y disimulo. Como gesto ineficaz, no compartido, que precipitó el deseo –o tal moneda que aleja, lanzada sobre una mesa con deseos contrapuestos o de intereses distantes.

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Para cobrar una herencia

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Viernes Santo en la mañana, la ciudad de Toro exhibe una procesión de gran solemnidad y copia de imaginería –de cofradías y pasos. Todavía no llegada la hora tercia, los nazarenos reposan con unción los tronos en la plaza del espolón –flanqueando por un lado la soberbia colegiata. Hora de aparcar los tronos y de darse un refrigerio. Entre lo uno y lo otro, jefes de las hermandades se adentran por una nave del templo –con seriedad, recogidos y hasta un tanto cejijuntos- para ofrecer ante el Monumento un franco centro de flores. En concluyendo, se anuncia la hora de reiniciar el desfile: a las once y media, que se dice en este caso. A esa voz un desfilante de edad mediana avanzada, luciendo capa española sonríe por debajo de un bigote muy adusto y -volviéndose a la puerta- responde con buena hora –añadiendo para cobrar una herencia, con un tono lo justo de irreverente y del todo castellano.

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La intelectualidad y sus bulos

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Resulta cuando menos llamativa la facilidad con que personas leídas dan pábulo a ciertos bulos. Sobre todo por las redes. Y veo que con facilidad proporcional a la sintonía ideológica con aquello que por las redes propagan. No veo inconveniente mayor que el que pudiera atañer a la reputación cibernética que por tales circunstancias sufre. De hecho en ocasiones he visto afear a intelectual conocido que en su Blog se hiciera eco de noticias claramente fraudulentas o –solapadas- burlescas. Aunque otras veces se produce la propagación del bulo afectando a la fama de terceros –lo que trae a colación la facilidad con que cunde la calumnia, sin importar a ello la cualidad intelectual de quien con fruición inmoral la propaga y la celebra.

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Las palabras de la guerra

No se estila demasiado hablar de guerra. A lo sumo, en películas de corte y escenario futurista –y en columnas y tertulias que discurren por su vertiente civilizada y política. Pero la realidad de la guerra es la guerra que se impone por sí misma. Y por ello me pareció sobremanera acertada la observación de un general reservista en programa de la tele: que nadie debiera pensar que la guerra es ejércitos en un campo de batalla –que la guerra lo es todo, una vez estalla y se rompen la bridas que sujetan la sociedad y el sistema. O dicho de otro modo, es barbarie que impone reglas que sólo son suyas –reglas bárbaras. De aquí que no se alcance a conversar sobre ella sin domesticar su connotación poderosa y asimismo su concepto –hablar como quien se afirma desde fuera del espanto, o se sienta (el salmo lo predica de Yahveh) encima del aguacero.

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