Cosas para el día de la Constitución

En la tarima que todavía ponía en altura preeminente el sillón del profesor, en el aula universitaria de aquella provincia española, se dictaba la lección de filosofía en materia de política. Allí, y mire el lector que es incorrecto decirlo, el cátedro explicaba que el Estado es estructura de poder que precede a la voluntad de aquellos individuos que bajo su constitución lo habitan. Y no veía en ello contradicción a principio democrático que de parte se alegara –pues esa estructura es el bastidor que permite que haya individuos con legitimidad de criterio político y opinable. De modo, explicaba el profesor, que resulta conveniente y en gran manera legítimo que el Estado mire a su preservación con la fuerza fáctica y legal que al Estado corresponde –condición de la igualdad para todos, y la libertad que por ella se preserva. Esto decía el profesor y entre tanto, en el fondo de la clase y por evocar una escena de la novela realista, alumnos preparaban la sartén para freír unos huevos en otra clase ulterior –que dictara profesor embebido y abstraído en materia metafísica.

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Wajdi Mouawad – Incendios

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El aprovechamiento del espacio en el patio de butacas, hace incómodos los asientos para las casi tres horas de duración de esta obra en el Teatro Romea. No obstante, la densidad y el potente dramatismo mantienen la atención y el interés del respetable, sobre todo en la parte que antecede a los minutos del descanso. Deambulando por el corredor que distribuye el acceso al patio y a los palcos laterales, y al encuentro fortuito de conocidos versados, escuché la aprobación general de la trama y los actores. Por mi parte, he encontrado un poderoso dejo que acerca este libreto a una generación de la novela francesa –la que sucedió al existencialismo, o a Marguerite Duras ‘Hirosima, mon amour’. Lo que es una definición, y la impregnación de un tono. Sea ello dicho de un autor que cuenta lo rotundo de su obra en los dos decenios últimos. La técnica literaria jugando con dos tiempos narrativos: el presente del narrador, imbricándose en el tiempo de la acción que en el presente se narra. Ello plantea al espectador una exigencia reconstructiva –una atención hermenéutica. Para la segunda parte, se advirtió una implicación menor por parte del público asistente. Por un decaer de la tensión de la trama, por la resolución en que se adentra la acción –camino de un expreso desenlace-, y también por el recurso tan central y tópico al antiguo mito edípeo. Nuria Espert, excepcional en sus recitados y en su estar majestuoso. Lo demás, una obra muy aceptable –para público que guste de estos dramas, y la intelectualidad que de este modo los urde.

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Arenga poética ante los riesgos

A los menores riesgos, más incertidumbre. Es el flanco débil de la posición conservadora. Pues el riesgo está ahí –se lo mire a la cara, o se lo ignore. Ante lo que cabe entender que sólo está al alcance elegir quién ejerce ante él la iniciativa. En ello el mundo se asemeja a las piezas de ajedrez en el tablero –imposible la quietud donde se despliega inexorable el juego lógico, que contrapone las fuerzas. O en el corazón de cada batalla, cada encuentro, cada táctica o instante, el verso de Propercio: vinceris aut vincis, haec in amore rota est.

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Nuestros animales políticos

Muchos saben que la expresión animal político no se debe a periodistas describiendo la aptitud de perdurar, sobrevivir y medrar que algunos demuestran en el ejercicio de sus cargos. Es expresión de Aristóteles –para decir que nuestra especie es animal, y el género específico el vivir en sociedad: con la abstracción que comporta en materia de valores, de jerarquía y derecho. Pero es lo cierto que el común del individuo rara vez detiene su mirada en el entorno que lo engendra o que lo hace –pendiente como está de sí, en tanto que individuo que se apoya en los otros como soporte material indispensable a su vida –o precisando de ellos, por decirlo tan escueto. Y en esto nuestros animales políticos –en sentido periodístico del término- son paradigma tantas veces en el arte de cohonestar el amor por su permanecer y carrera –sobre todo- con el hacer en que, sin anclar necesario un compromiso, cumplimentan según llegan sus tareas.

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Trueba toma café en la tele

Recuerdo a aquel conocido, censurado en las redes por publicación contraria a la pretensión 15/M –movimiento embrionario del partido español podemos. Cuando ante muchas invectivas recibidas, publicó en internet su retractación con agudeza acerada: pido perdón a todos aquellos a los que haya ofendido sin motivo… Quiero pensar, hoy y por la razón que apenas he dicho, que encierra gran necedad el insulto que no nace de un dictado de conveniencia y razón: el insulto gratuito. Una necedad, es claro, para el interés de quien así lo profiere. No digo tanto la expresión de opiniones razonadas –discordantes que ellas fueran, incluso no compartidas. Pero insultar sin más, no es un acto de razón –mas fundado en emociones que, viéndose superiores por razón de coyuntura, sojuzgan y provocan voluntarias. Cómo se perjudica así una posición que se quiera inteligente, se trasluce en las explicaciones de Fernando Trueba –en la tele, y con café de mañana: con intento de hilvanar unas razones de simpleza inverosímil, para querer convencer -donde unas palabras, arrogantes y anteriores, extendieron el fantasma no ahuyentable del descrédito.

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La invención de los modales

Los elementales actos nutritivos, y en general biológicos, tiende la sociedad a velarlos. El secreto coital, la defecación en el retrete, los ungüentos y potingues que encauzan la sudoración según la conveniencia, los modales en la mesa –un refinamiento para la actividad más salvaje que a diario realizamos. Para no molestar –o por separarnos decididos de la condición animal, lo que es lo mismo. Pues la civilización, aunque se erige sobre la razón y su comunicación con la mayor franqueza, exige también estas formas de impostura. De ahí que la sinceridad que bajo formas culturales decadentes se pregona como valor preeminente en cualquier contexto dado –es dilución de mil logros a través de los milenios: el primero, la invención fundamental de los modales.

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Del temor a los twitteros

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Oyendo a periodistas por la tele, parece que los twitteros fueran un ojo de millones de pupilas –con avidez expectante de sentirse provocados. Una informe masa agazapada por detrás de la carátula, de la que emergen y provienen marejadas de indignación por motivos de la corrección ideológica que se impone a empujones. Y ahí el temor de expresar opiniones en la radio o la pantalla –y lo digo a sabiendas de que los twitteros de inmediato van a despellejarme. Como ademán temeroso de los empellones que internet dirige con indignidad creciente sobre la fama pública, y también contra la vida privada. También con el regocijo interno de saberse –importantes y atendidos- en el centro de furores irresponsables, masivos pero no anónimos.

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