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Los campaneros de Utrera

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No es pequeña la amabilidad que con el extraño se gasta en los entornos de Sevilla. Como también he podido gustar en Utrera, ciudad que se vuelca en mostrar con acogimiento sus prendas al visitante. Desde el edificio consistorial, de salones decimonónicos cuyo primor recorre los estilos musulmán, indoriental, centroeuropeo y pompeyano, hasta el castillo que mira desde su loma más allá de la Iglesia de Santiago. Todo ello, atendidos por cicerones locales que ponen entusiasmo y cercanía juntamente con descripción y relato. Aunque para entusiasmo, los miembros de la asociación de campaneros del lugar que encontré fortuitos junto a la torre de la parroquia que he dicho –cuyo fin es preservar una tradición que dijeron ancestral en los toques de las iglesias de Utrera. Y no fue poco escuchar su explicación en la que fuera vivienda de la campanera, más o menos a mitad de la altura de la torre. Como después la demostración de un volteo que se detiene a mitad, por el contrapeso de quien saltó ayudado de un cordel, y se posó en la melena –posición horizontal- de la campana ya quieta. Si bien la demostración tuvo lugar en un bronce que se abría a la altura del tejado de la iglesia, se informaba de que este lance tiene lugar en los otros que se abren a la plaza –sesenta metros de altura. Lo que me dio en pensar en deportes de alto riesgo que se asumen de ordinario, porque el caso es que aquí –impresionante, sin duda- en un extremo posible el lance es a vida o muerte.

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La razón imponderable -Copenhague

La obra teatral Copenhague, de Michael Frayn, se anuncia en tantos lugares como un planteamiento del papel de dos físicos –Niels Bohr y Werner Heisenberg- en el contexto de la guerra mundial. El papel político de la física en la invención y lanzamiento de la bomba nuclear por las potencias mundiales. Un planteamiento moral que enhebra el diálogo incesante entre ambos personajes a lo largo de esta obra. Aunque tengo para mí que el meollo teatral, y lo que la hace altamente seductora, es la aplicación del principio de indeterminación en el campo de la ética. Ese principio según el que no resulta posible determinar a la vez la posición y velocidad de una partícula. Aplicado a la situación política del creador de tal principio en el contexto de la Alemania nazi –una posición invisible tanto para el propio investigador, como para aquellos que enjuician el valor de su actuación y su fracaso en el proyecto nuclear que le hubo encargado Hitler. Una obra subyugante por su invención, su ejecución, su contexto. Y la inigualable interpretación de Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba –en nuestra escena española. Un estar y un declamar de una generación de actores que ya se nos va perdiendo –con su hacer y dignidad, detrás de las candilejas. Con su maestría, su convicción y –por qué no, también- con el quehacer de su escuela, su peso y su señorío.

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El hallazgo de Begastri

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La articulación tribal y política del sureste de España afinca sus raíces incluso en periodos ibéricos –homogeneidad arqueológica de restos que delatan en los siglos una sociedad organizada y uniforme en rasgos muy esenciales en todo ese territorio. De entonces son los restos más antiguos conocidos de la ciudad que fuera Begastri –por Cehegín, en la provincia de Murcia. También municipio romano, obispado originario y capital visigótica de la región a la par de Cartagena, hasta la época de la ocupación musulmana. Lo que traigo a este lugar por llamar la atención sobre ese yacimiento, apenas excavado todavía. A pesar de que esa ciudad documentada, pero perdida en los siglos, fue nuevamente situada en los mapas en el siglo XIX –cuando unas lluvias tormentosas descubrieron a la luz un ara jupiterina con inscripción indudable. Estos restos hoy se integran en un patrimonio arqueológico inigualable, como lo es el que la Región de Murcia ora esconde y ora muestra. Parte de lo hallado en la escasa excavación de este lugar puede ser visitado en el museo arqueológico de la vecina Cehegín –en la casa del concejo y en el contiguo palacio de los Fajardo. Una visita a concertar sin dudarlo. Y comer en la terraza del Bar Sol de esa ciudad –apenas a los pies de la plaza del castillo.

Los que llegan…, lo que valen

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La salud de la vida democrática se mide, y no poco, por la madurez y altura de quienes han sido elegidos para la gestión de instituciones. Lo que, contrastado con la realidad que nos envuelve, descorazona hasta un límite que muchos ya compartimos. Sobre todo cuando poco se espera de una generación de políticos recién incorporada –pagada de narcisismo (la ambición se presupone) y dogmática en lugares donde nunca se debiera. Pues la generación anterior –recientemente ida, y ya casi pasado- supo construir y conocer entre todos el interés general en coyuntura mucho más difícil o imposible. Y tengo para mí que algo hay en esto de cooptación del Estado en el seno de los partidos políticos, donde de facto unos pocos y pacientes allegados deciden cabeceras de las listas de carteles principales, y reparten los lugares decisorios del país desde su ignara e interesada ignorancia. Con selección de cuadros no fundada en capacidad y mérito, y sí en bajas fidelidades –agostando el terreno por el ascenso excluyente de una clase disciplinada y mediocre, obediente e iletrada. Lo que es tanto decir que, en general, los partidos inficionan el país y corrompen lo que un día quiso ser su democracia. De aquí que se comience a intuir un vahído de defección que se extiende –por hastío, por decepción inquietante, también por un civismo que reclama dignidad donde se planta esa mediocre cizaña.

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Antonio León: el teatro

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Entre los actores que componen la Compañía del Corral de Comedias, en Almagro, Antonio León tuvo el detalle grande de mostrarme las entrañas o entresijos del teatro. Lo que el público no ve desde las gradas laterales, desde el patio, desde lo que al fondo resta aún del público gineceo que llamaban otros tiempos la cazuela. Y no fue tanto el visitar esos lugares que permanecen ocultos, cuanto el placer de recorrer los balcones y las puertas tantas veces practicadas a lo largo de la función -que forman el escenario. Y sobre todo la explicación tan fecunda de saber y de detalles. Para mostrar el corral como un ente delicioso que ha vivido –que ha sufrido su evolución por estratos, añadidos, truncamientos… a lo largo de unos siglos. Un lugar que ha sido excavado, acotado y estudiado. Y que esta compañía mantiene con la inusual vitalidad de sus veinticinco años de apogeo e influencia –representación semanal durante largas temporadas. Y un público que acude con presteza hasta agotar la taquilla. Le encarecí lo mucho que esta compañía lleva hecho por Almagro y su provincia… y él me respondió que sobre todo por la vigencia de esa sorpresa que, aún hoy y para siempre, sigue viviendo: el teatro.

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Ante un pisto gigante

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Hay circunstancias que nos fuerzan a poner nuestro cuerpo en un lugar dado de antemano y entre otros. Ponerlo de manera estática, o en orden preestablecido. Piense el lector, por un ejemplo, la convivencia de acompañantes desconocidos en habitación doble cama de hospital cabe los respetivos enfermos. O cuando hacemos cola por guardar un orden ante algo que se ofrece, o un servicio que se presta. Son a veces ocasión para una charla con desconocidos próximos. Afable nuestro hablar, cordiales nuestras maneras. Donde se hacen amistades que perduran por lo común el tiempo estricto del trato. Y más si así acontece en ambiente muy de pueblo o campechano. Como en Villanueva de los Infantes hace unas pocas semanas: donde se cocina un pisto descomunal –con un record de los Guinness. Dicen que unas diez mil raciones, en un perol gigantesco donde se vierten a capazos los pimientos, los tomates… todo removido al punto con azadones con estil de varios metros. Y un fuego del que después una grúa apartará la perola. Allí, una fila aguarda puntual una ración que no escasea: ocasión de conversar, incluso el no lugareño, sobre temas que tal vienen como van con muy grande ligereza. Seguramente un modo elemental de sociedad que subyace a nuestros rasgos urbanos, y que aguarda su ocasión de poseernos como un tú, o como un yo, de perfil convencional –intrascendentes en nuestro hablar, no tanto que insustanciales.

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Dos modos de la distancia

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Hay un género de sabio que anda por el mundo manteniendo una distancia. Entre escéptico y estoico. Aunque hay que añadir que no faltan diletantes que muestran distanciamiento solamente como pose. Son aquellos que de la indiferencia hacia todo hacen un reclamar la atención de los otros –y evidencian la precisión narcisista que padecen de ser vistos. Como en todo, se distinguen unos y otros por la aptitud para dar una razón de la actitud que profesan. Pues los hay –así Montaigne- que hicieron de su viaje un modo de desvelar la mudable experiencia que en cada instante le ofrecía cada cosa. Sin verdad que lo apresara -o detuviera la atención que prodigaba en su entorno. Como faros que señalan para otros la verdad provisoria que acaricia en cada instante cada cosa. Los primeros sin embargo nada enseñan, nada miran, salvo si una obra los eleva a personaje –máscara exterior que reclama un puesto central en cierta literatura.

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