El Monasterio de la Oliva

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En el reino antiguo de Navarra y a mitad de camino entre Sigüenza y Olite, se levanta el Monasterio de la Oliva. En el término de Carcastillo, cuyos habitantes doy en pensar que reconocen y estiman el valor de su presencia. Un conjunto monumental para el alma cisterciense –con origen en el siglo XII, bajo el rey García Ramírez, el Restaurador. Y también con la ruina que a su mucho esplendor acarreó la desamortización que sobre sus bienes se cernió en el XIX –y la restauración para su fin religioso en el año 1927. La visita permite los accesos al antiguo claustro, con la cocina y bodega. Espacios erosionado, destruido, restaurado –con carácter respectivo. Y la sala capitular progótica, prodigio del que se dice ser quizás la primera que conoció España. Desde allí, se accede a la iglesia –partes gótica, y románica: robusta, austera y monumental como muy propia del cister. El coro de los monjes suena a verdad y a pobreza –aunando llaneza y recogimiento. Sin afectación ni prosecución de fama, y sin procurar lugar al lucimiento del canto. Al finalizar la hora sexta, los monjes van concurriendo camino del refectorio. Salvo uno, rezagado según orden –que desde el crucero del templo pulsa la soga que hace sonar repetida la campana. En los silencios monacales del recinto, y hacia la extensión de los campos que más allá lo circundan. Sin pretensión de renombre la existencia de estos monjes, tal quien pone en altas manos su propia supervivencia.

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La verdad de esta hora -Barcelona

Mientras en Cambrils y Barcelona –y en general en España- se evacuan los rituales mediáticos y sociales con los que se conjura la inseguridad que acarrean los recientes atentados, leo una columna tensa en el diario El Mundo. Seguramente a no perder su lectura, sobre todo por el sentir estampado en el cristal hecho añicos de un engaño de sí propios. Un engaño mantenido entre todos largo tiempo. Aunque tal vez no sea la imagen idealizada de esa ciudad española la única que se estrella ante la verdad demostrada en esta hora. Sobre todo, a buen seguro, el creerse tan neutrales que la guerra y sus horrores siempre fueran cosa que les sucediera a otros –a fuer de bellos, exentos de la precisión de tomar partido ante un mundo que se nos vuelve apremiante. O ante la disyuntiva tantas veces soslayada: atreverse a ser adultos como sociedad consciente, o ceder el campo a otros.

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La calle de la novia

En algunas poblaciones, suelen rotularse calles antiguas con nombres que sorprenden. Seguramente, por aludir a mitologías muy antiguas –tal sucede en Granada, que titula una de ellas con el llamativo niños luchando. También por allá, la cuesta de las arremangadas, o la calle del beso. Son sólo unos ejemplos. Pero podría recorrerse la geografía por completo. Y así, en una de mis visitas por pueblecicos de España, conocí que hubo antiguamente una calle de la novia –que dicen que procedía de señora casada y bien casada que allí se trasladó, mimada y arrumada por los mimos del marido. Hasta el punto en que a todos parecía mismamente ser objeto de cumplidos que de ordinario se dispensan transitorios a las novias. Y fue hasta tanto grado, según dice la leyenda, que se poseyó de sí a un límite y extremo –mirando autoritaria en derredor, y sojuzgando a marido, a familiares y a hijos. Requiriendo de todos vasallaje a la arrogancia, menestrales de comodidad, de altivez, y de pereza. Con esa intransigencia que dio nombre al que desde alguna centuria proclama su letrero: no calle de la novia –que no era ya ni pretenderlo quisiera, mas con sonoro decir, el temible o estresante callejón de la reinanta.

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El miedo ante el totalitarismo

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Debo comenzar reconociendo que el título de este post, lo tomo de un enervado artículo de E. Calvet –hoy en la prensa de internet. Se trata de un conjunto de premisas hilvanadas –que habrían conducido, en la realidad de España, hasta un acantilado desde el que se reclama con urgencia una posición política moral. En todo ello, lo que entiendo inexpresado y destacable es el planteamiento retrospectivo: las actitudes declinantes que condujeron al inquietante lugar. Se habla, como va quedando claro, de la coacción nacionalista inveterada sobre la política del país. Y del correlato colaborativo indispensable: la aquiescencia soberana, el mercadeo gubernativo y la asfixiante inoculación hasta la pasividad social. Por el interés correspondiente de partidos y de grupos, y también por ese factor intangible: el miedo que conduce a claudicar. Será por lo que se constata nuevamente que las democracias que gozamos son el hilo más sutil e inconsistente, el sistema menos fácil que resulte defender.

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Manual para viajeros

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Que el mundo todavía es grande para un hombre, y conserva multitud de lugares para el hallazgo y sorpresa. Al menos hay quien lo ve de este modo –y antepone ese criterio a la hora de proyectar algún viaje. Son viajeros de kilometraje largo, y también de un exotismo primitivista o moderno. También he conocido a quien siente que lo esencial se encontrará en cualquier sitio –desprovisto de la anécdota que lo recubre y lo expresa. Amante como lo es de rincones familiares y pequeños: frecuente visitador de las aldeas de España. Donde la novedad se demuestra en su argumento más nimio –el carácter que se oculta y que se muestra sin contravenir lo habitual. Sin reiteración ni estridencia.

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La enfermedad de una iglesia

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Las ocasiones en que pasé de camino por Rubielos de Mora, encontré en la iglesia del pueblo un anciano indefectible –inasequible al más crudo abatimiento. El desaliento que a muchos les causaría el estado de la fábrica del templo –que, con lenguaje callado, anuncia la enfermedad que convoca a la ruina a piedra y a monumento. Pues se asientan sus sillares sobre un caudal que atraviesa la población –desde muralla a muralla. Y es el agua, la corriente cotidiana en el subsuelo y la que arroja torrencial a sus cimientos la tormenta, el mal que trasluce la tristeza de un monumento que muere. Lo que pregona sin pausa el anciano, quien resiste y que pretende ganar la voluntad del que llega. En el centro de ese pueblo aragonés y medieval –que conserva y acrecienta en tantas cosas su extraordinaria belleza.

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A ver, ilústreme

Es probable que a cualquiera de ustedes le haya sobrevenido escuchar el imperativo –de parte de un contrincante cuya posición dialéctica quedó sin recursos, o tocada en el debate. Y también puede ser que acompañado del gesto fugitivo de un mentón que se eleva y unos ojos que pretenden y no aciertan a lanzarle un muy franco desafío –por lo inseguro, tal vez, del argumento fallido que zozobra y ya sucumbe. Como quien descalifica de antemano cualquier razón que, en su caso, se ofreciera –pretensión de que la carga de argumento recaiga tan sólo sobre los hombros del otro, privando del respeto de antemano y sin embargo a las palabras que diga.

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