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Como en terminando la jornada

Escribir un diario, un blog, una cosa día a día… tiene, junto a otras, esta virtualidad –casi una prueba del nueve: si al finalizar la jornada se halla algo en la experiencia recorrida que se pueda trasladar en unas líneas. Que pueda ser curiosidad o interés para algún otro. O si el día fue pasando sin ese merecimiento –pues unas veces transcurren con interés en los asuntos que van llenando las horas, con amenidad incluso. Sin que por ello su quehacer y la atención que hemos puesto lleguen a trascender a otro día venidero, o merezcan la atención de quien los vea desde fuera.

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Arroz con calamar y ajos tiernos

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La búsqueda en internet me llevó a elegir un lugar donde comer en el día de visita a Cartagena. Una página del diario ABC señalaba el restaurante El Barrio de San Roque. El salón comedor, en el espacio inferior de un caserón barrio antiguo. Establecimiento en el centro de una Cartagena asimismo muy antigua y remozada –ciudad más que milenaria con su agua y con su luz, y cada día más de visita de cruceros. Delicia desde un centro peatonal y de paseo, con su puerto, su abolengo militar y su sol mediterráneo. La página periodística recomendaba pedir el arroz con calamares y ajos tiernos. Una propuesta que me sonaba muy bien, aunque después la misma internet me ha mostrado esa receta desde otros puntos de España. Lo cierto es que el aspecto de este arroz tiene un dejo próximo al caldero que es plato de pescadores –tradición en la comarca. Un arroz muy nutritivo que se cocina a partir de un caldo que se hace con pescado –nada que ver con la ligereza del arroz en las zonas de Valencia, o de la cercana Murcia. En este enlace selecciono para el lector una receta del arroz del que aquí hablo, y que hallo elocuente al respecto: el caldo susodicho que se cocina sobre una base de aceite, dientes de ajo y de ñoras todo rehogado, amén del tomate y de la pimienta en grano. Para allí verter después el pescado con el agua –y el hervor por una hora. Unos prolegómenos con aires cartageneros, que imprimirán un carácter de sabor a calamares y arroz –y que preceden al ritual posterior de paellera y de fogones.

Mayorga ya está en el M

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Me alegra que Juan Mayorga haya ocupado sillón en la Real de la Lengua. Yo lo tengo por escritor y dramaturgo de veras –oficio que precisa un amor, un respeto, y por lo tanto un dominio sobre sí por parte de las palabras. El dictum que cae a plomo en medio del escenario por una necesidad que el autor sólo obedece, como el solo –por demás- que es capaz de esa obediencia. A buen seguro que muchos escribidores ocuparían un lugar con dignidad en sillones tan notorios –quien escribe, por ejemplo, y no es boutade este inciso. Pero la vida actual, y la acción de la Academia, convierten este nombramiento en razón para entender que la Real pueda poner pié en pared de resistencia. Por reclamar su valor al empuje de un nivel irreflexivo que se ejerce desde afuera, y que desde fuera arrasa la hondura de las palabras.

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Políticos, mientras rule

Es difícil discutir que la ambición es un móvil del político. Al menos en tantos casos –ambición no execrable en todas las ocasiones, y cuyos objetos no son sólo materiales. Pero también me resulta innegable la existencia de aquellos que han hecho de la política un modo de mantenerse, o de tener un estatus que no alcanzarían de otro modo -en un ámbito más exigente en relación con el mérito. Y esto es más visible cuanto menor y más provinciano es el lugar de ejercicio. Lo que se ve en las regiones, colmadas de cohortes de políticos menguados –funcionando como estados pretendidos, con el gigantismo de su administración hipertrófica. Algo que da a entender un motivo de tensión territorial entre regiones y con el todo de la nación que las conforma e integra –pues ahí hay granjería más a la mano y más fácil. Halagando en lo posible –y cuánto pueden- los sentimientos tribales. Para crear estructuras sociológicas que aúpen y legitimen. Al menos mientras que rule y rule, o el país odiado aguante.

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Con libertad, y a otra cosa

No es más libre quien sólo puede determinar lo material de sus actos. Quien puede imponer su voluntad espontánea, quien tiene capacidad de realizar su deseo, quien puede compeler a los prójimos a obrar en sentido de su arbitrio. Pues esta libertad –concebida y alcanzada de este modo- nada construye en su entorno. Antes bien, es pulsión afirmativa desprovista de horizonte que oriente hacia algún lugar las acciones que realiza. Lo que viene a propiciar esta razón y principio: que, siendo de los bienes más preciados, la libertad no podría ser finalidad de ella misma –ni se justifica si no nace de una actitud anterior y que lleva hacia otro bien que a su vez la presupone. Como hacia otra libertad y, a su través, a otra cosa.

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Ni tan adultos, ni buenos

Hay niños que viven en la creencia de que es posible relacionarse con otros bajo la suposición del bien. Y digo que los hay porque los he conocido así. Aunque también es verdad que la cosa suena más irreal cuando es el adulto quien vive en esa ficción. Y creo asimismo, incluso, que esa conformidad no tiene más fundamento que la busca de un amparo no evidente y subjetivo –precisamente en el lugar más sujeto a zozobra, como es la relación con los demás. Pero en ello no puedo hallar sino engaño de sí mismo, o impostura ante quien nos llegara a ver. De hecho no he hallado un lugar en que el buenismo se imponga, que no traiga consigo catástrofes más o menos inmediatas -que no esté también animado por interés subterráneo que se teme traer a la luz, o que se evita expresar. De donde la conveniencia de asumir la exigencia del adulto: la aceptación del carácter dialéctico del espacio que compartimos con otros. Con las reglas de la moral y el derecho –lo que la civilización añade a la naturaleza para enmendarla o negarla, para constreñir lo que espontánea no da.

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Al amor de lo olvidado

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La romanización de España nos legó yacimientos de ciudades importantes que los siglos olvidaron. Muchos de ellos en proceso de excavación que se promete laborioso y prolongado –aunque algunos obedecen a un primor en el hacer arqueológico: Segóbriga, Clunia Sulpicia señalaría entre otros. También los hay destruidos a medias, tal sucede con Complutum –yacimiento que el barrio de expansión de Alcalá de Henares socavó en parte más que notable. También las hay que mantienen muy intacto el legado subterráneo, pero menos afortunadas en cuanto a medios materiales y número de personal dedicado. Hoy quiero traer al Blog el caso de Valeria, en la Serranía de Cuenca, fundada probablemente por el procónsul Cayo Valerio Flaco entre los siglos segundo y primero antes de nuestra era. Se trata de una visita cuyo deleite se enmarca en el goce sensorial de la vista del paisaje: el que configuran serranías surcadas por las Hoces de los ríos Zahorra y Gritos. Todo ello desde los no despreciables novecientos metros de altitud a cielo abierto. La actual Valera, a los pies del yacimiento, alcanza una población efectiva de unos treinta o cuarenta habitantes –entre los que se cuenta una muy docta guía que acompaña al visitante. El recorrido aúna a la amenidad del lugar el placer del conocer –y el divertimento de un imaginar reconstructivo y muy culto.

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