Sobre una enseñanza de Cristo

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Atesorar es retener junto a sí realidades a las que uno confiere valor. Sean materiales, monetarias, objetivas o morales. Y en esto, parece claro que el objeto del deseo no exime de la ambición. Pues no los hay solamente que buscan abultar su cuenta bancaria, sino también quienes ambicionan el renombre o fatuidad de la fama, o los signos exteriores de la posición social, o aquellos que –más del lado coleccionista- atesoran antigüedades, o codiciados volúmenes en su amplia biblioteca. Y también he conocido muy soberbios bien pagados de un acopio de virtud en lo moral. Modos todos ellos de la afirmación de uno mismo, a través de un amor interesado o una varia posesión. Aunque para poseer de este modo es preciso gozar de una confianza en sí –en la pervivencia del yo, y la propia integridad. Porque a algunos sabios les sucede que el transcurso de los años los conduce paulatino a un desapego –consciente de que ningún bien permanece de valor inalterable cuando se atenúa o aleja la suficiencia del yo. Sea porque la enfermedad o los años van poniendo cada cosa en su lugar y valor, o porque la experiencia ha ido enseñando a mirar y ponderar. Y quizás no sea referible solamente al instante de la muerte esa enseñanza de Cristo dirigida al insensato: esta noche, tu alma te la van a arrebatar.

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Palmeros por entre redes

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Se extendió la denominación de palmeros, peyorativa, como un comodín para designar a quien defiende vehemente los criterios o la postura de otro –sin poner ninguno propio. Por interés –aunque torpe-, o ingenuidad en cantidad de ocasiones. Tal sucede en el flamenco, donde las palmas jalean a quien baila o a quien canta. Aunque también hay que decir que el palmero tiene su oficio y función en ese arte antiquísimo. Que tiene un carácter propio, sin ser tan sólo comparsa. Como en política, hoy mismo, los palmeros tampoco son siempre iguales. Pues los hay inteligentes –que marcan terreno suyo. Otros tan sólo bots con sus nombres verdaderos replicando ajenas simplezas –o argumentos de partido- por entre redes sociales. Otros, incluso, ficticios –pero estos no arriesgan nada.

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Loa de la plaza de abastos

La plaza de abastos de este barrio es, sobre todo, pequeña. Un puesto del pescado, un puesto de la fruta, otro de carnicería, chacinas y algún queso. Una breve droguería y otro, más diminuto, de salazón y encurtidos. Pero con selección importante en los géneros que ofrecen. Yo, estos días confinados, he visto a los placeros estar al pie del cañón –solícitos, y enteros, incluso cuando en los principios el miedo hacía apretar los dientes. Después, con sus mascarillas. Y en el puesto de la fruta, intentando que no hubiera más de dos compradores en el orbe de su reducido espacio abierto. Pero todos han estado, y de qué modo. Como un modo de la vecindad de siempre y, ahora podemos decirlo, leales como ellos mismos.

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Apología y petición -hoy, y España

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La conciencia duele cuando es capacidad de percatarnos de la suciedad que acecha. Que acecha, o se agazapa sin principios, como quien está presente. Y la capacidad de dolerse, en cualquier ser viviente tiene relación –y de qué modo- con la memoria. Esa potencia del alma, sin apellido ni histórica para no limitarse a ideología o consigna. Una memoria del hoy. Pues recordar es también resistir, y de qué modo. Decidir no olvidar como medio necesario con que poder defendernos, como también a los nuestros. Lucidez y recuerdo –para poner en lugar la mendacidad tal se debe y asimismo cuando llegue su momento: la demanda de verdad (o democracia) por el pueblo soberano. Pues el olvido no es así sino negligencia grave –fatal y por venir, según hoy apuntaban algunos pesimistas.

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Alarma de sociedad, miedo de Estado

El miedo del contagio, que aleja a los hombres de los hombres. Como en una comunidad de presuntos apestados, donde todos son no digamos que culpables. Algo peor: sospechosos. Y así, la señora que recrimina en la plaza de abastos a quien no sigue los dictados que su inseguridad ordena. O el vecino que traslada al edificio entero una recomendación que sólo a él lo asegura. Y el Gobierno… una sospecha. Cuando no se entiende a qué pudiera venir un abusar tan claro de este estado de alarma. Una sospecha terrible. Porque esta ecuanimidad tendría que exigir que la información fluyera como fluye el agua limpia: por saber el por qué, el quién y por qué lo dice. La autoridad en que la bota del poder hoy se funda. Aunque quizás no sea ocupación de nadie y ahora en nuestra España. Esta España que querría normalidad en cuanto fuera posible. Ni nueva normalidad, ni el conocimiento que el Estado hoy atesora sobre la aptitud para tolerar el poder y sus excesos. Lo que el pueblo no sabe, o sabiéndolo lo ignora. O lo guarda como se guardan las cosas que no quisiéramos ver en nuestro mundo cercano.

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…para no ser juzgados

No cabe menospreciar a nuestros semejantes por causa de no verlos a la altura moral que para ellos deseamos. Pues la realidad de los hombres es educación, y paciencia, y ejercicio del respeto. No juzgando, como la escritura relata sobre Dios que regatea por el número de justos. Pues hay juicios posibles solamente a partir de una conciencia absoluta. Que no son de este mundo. O más todavía, si esta terrenal hipérbole nos fuera permitida: porque nadie sería justo según la medida que se aplicara a ese efecto. Y porque hay experiencia dolorosa del juicio de los hombres sobre hombres, y su horrible consecuencia, a partir de una idea dominante. Bástenos con pensar que el mundo de los hombres, o avanza de consuno o vuelve hacia lo incierto. Que no hay atajos que la humanidad transite, ni tampoco una quietud que por inmóvil nos salve.

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Viéndolo desde el teatro

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La cuatro, emisora televisiva para quien no me lee desde España, ha ofrecido Van Helsing (2004) en horario de la siesta. Un film en forma de cómic que se ve sin gran esfuerzo. Correctos los decorados –virtuales en muchos casos-, y los personajes simples: un cazador de monstruos –con su chica, también brava pero en lugar subalterno- que se da cita con la pléyade de conocidos de todos: desde Drácula al licántropo, pasando por un Frankenstein convencionalmente bueno. Y este rato entre pantalla y sopor, me ha llevado a pensar que el cómic no difiere tanto de otro cine actual en cuanto a la elaboración del personaje. Pues, incluso en directores muy conocidos, el personaje en pantalla se define por trazos simples y holgados, nunca más allá de una tipología sin la hondura poliédrica de la personalidad humana. Claro está que hay excepciones: un buen cine italiano y español –con su Visconti, con su Buñuel y Berlanga. Pero también es cierto que últimamente en el cine no se ha seguido esta traza. A este propósito quisiera traer aquí la profundidad psicológica de cualquier personaje central de una tragedia de Sófocles, donde el personaje es real esencialmente –sin efectos especiales. Tangible por concepción de su autor y un modo de estar presente, no sólo por su presencia física en el retablo. Cierto que el teatro en vivo también simplifica a veces y según fuera su género. Pero hay algo que aquí os dejo: incluso para estos casos, es concreto y es teatro.

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