Películas americanas

El héroe de un film americano suele ser alguien llamado a salvar el universo. Sea de una catástrofe que la naturaleza acerca, sea de una organización o grupo de poderosos malvados. Con un valor añadido: que suele confluir en ese personaje la figura del héroe, y la del antihéroe juntamente. Con esa separación de planos que a veces se solapan: el superhombre que actúa con vistosidad y aparato, y el cotidiano hombrecillo de costumbres muy modestas y de vida reducida. Y también hay en el cine americano genios que elevan este juego a una genialidad que alcanza a todas partes. Woody Allen –por ejemplo. Aunque abundan las películas de baja concepción, actores muy mediocres y muy bajo presupuesto: entonces todo desenvuelve una invención convencional y roma: historias prescindibles con acción inverosímil, aburridas y sin trama policiaca tan siquiera:

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Escribiendo en el trabajo

A veces uno se sienta a escribir en el trabajo. Escribir interminable, por horas que se prolongan. Y siente el aguijón que lo lleva y que lo incita –cada línea, cada punto reclamando en el siguiente su coherencia. Uno escribe en el trabajo ese texto que parece interminable –dando cuenta de los hechos, uno a uno. Y al hilo, la disección minuciosa que se opera sobre ellos –describir y contrastar, y enjuiciar conjuntamente. Mientras en el monitor se van tejiendo esas letras –una urdimbre con lugar apropiado a cada trazo: donde las palabras acontecen cayendo con levedad, como a plomo. Al final, un lienzo inmaculado que perfilan las palabras. Y sufre el escribidor de incertidumbre, de tensión y de belleza. La que se esconde en la convicción, delectación y enseñanza que ameriza en ocasiones en las aguas de un informe.

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De mi diccionario: ‘zurzibulle’

Ocasiones en que el mundo en derredor se vincula, como un centro, a mi mirada. Con atención ausente que me reencuentra conmigo –tal si precisara sentirme con sentido inquebrantable, en soledad donde todo se me da, y que gira en torno mío. Ese sentir que una sensibilidad años cuarenta asociaba al acariciar del humo del cigarrillo. Con esta distonía ocasional: el chaval, o aquel joven dispersado –quienes vienen y van con actos diminutos, sucesivos, ejecutados con prisa. Sin atención ni esmero. Como un moscardón que envuelve y atosiga la atención de quien medita, con el ir y venir de un runruneo insustancial e incansable –sin verdad y sin ser: intrascendente.

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Oh Júpiter, oh tú, mil veces tú

Es posible que el lector conozca aquel soneto fúnebre, pero de tonalidad burlesca, con el que Góngora alude a la muerte de Miguel de Guzmán –hijo del Duque de Medina Sidonia- fulminado por un rayo. Un prodigio de arquitectura verbal, de buen gusto socarrón, de culteranismo extremo, de maestría en el soneto. Donde Júpiter lanzador de rayos es increpado desde los primeros versos: Tonante monseñor, ¿de cuándo acá fulminas jovinetos? Yo no sé / cuánta pluma ensillaste para el que / sirviéndote la copa aun hoy está. Un increpar afeando juntamente la conducta de esa divinidad: pues no sería apropiado a un dios serio raptar con el águila al garzón de Frigia –tildado de belleza- para que le sirviera la copa, y que al frágil heredero del Duque –de delicadeza y de gloria superior- lo fulmine sin piedad. Así: el garzón frigio, a quien de bello da / tanto la humanidad, besara el pie / al que mucho de España esplendor fue / y poca, mas fatal, ceniza es ya. Y aquí es donde el poeta socarrón entra a comparar los ministros que Júpiter enviara a ambos jovinetos –ese uso italianizante del vocablo, tan acorde con el tratamiento de monseñor aplicado a la divinidad: el ministro casi águila que usara con el garzón frigio, y el que desde la herrería de Júpiter se forjó tan brillante como el oro –el duro rayo para fulminar: ministro no grifaño, duro sí, / que en Líparis Estérope forjó / piedra digo bezar de otro Pirú, / las hojas inflamó de un alhelí / y los Acroceraunios montes no. Una desproporción, arrojar la flecha del rayo contra un desvalido alhelí, cuando sólo la cima de los montes Ceraunios resiste la cólera jupiterina. Desde donde Góngora lanza su última imprecación: oh Júpiter, oh tú, mil veces tú. Habrá reparado el lector en la caprichosa rima sucesiva en las vocales a, e, i, o, u.

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El fantasma en el Congreso

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Una disposición tan clásica en política: que la oposición, si quiere gobernar, debe dar razón de su razón de estado. En los momentos graves cuando menos –sobre todo. Por dar fiabilidad al país a cuyo gobierno aspira –por mostrar consistencia en lo esencial, cuando la circunstancia apremia. Que no es connivencia con quien ejerce el mando, ni renuncia a ocupar su lugar dialéctico en la bancada de enfrente. Salvo inmadurez que se trasluce en el mohín de un rictus, en la negativa de afirmarse, por temor pudibundo de ser confundido o de mostrarse juntos. Una distancia que requiere un cálculo de precisión política –imposible de alcanzar cuando la realidad ya no admite componendas. Evidencia hoy de inmadurez en el Congreso, cuando no de incompetencia –con orfandad en uno de los goznes que mantienen equilibrio en el poder y su sistema. Cosas, dicen unos, del sempiterno Sánchez.

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Los que se ponían a la izquierda

Qué fácil distinguir a quienes son de izquierdas, de los que se ponen simplemente –mayoría- a la siniestra. Pues lo último es propio de quienes se hacen la foto. Quienes posan, pues de ello se obtendría una aceptación –una imagen, unos votos o aquel lucro. Porque ser y no ponerse meramente –me lo decía un hombre, ni de izquierda ni derecha- es una manera de enjuiciar rectamente, de contrastar los principios, en juego y con compromiso. Por lo que toca a mis experiencias, he conocido a quienes de la integridad hicieron su militancia de izquierda. Personas de raigambre y no de modas. Y en esto los he conocido de menos actualidad que quienes dicen ser conservadores y a derechas: talantes más inclinados al cambio y la novedad que el tiempo nos acerca y el evento nos depara. Un contraste fotográfico apto para deslindar de lo que uno es –la imagen que un populismo decora.

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La emboscada de la fuerza

A otro respecto, ayer advertía el gobernante acerca del error que consiste en adoptar en cualquier cosa una postura de fuerza. Lo que retuve en medio de las razones políticas que decía con ademán convincente. Y no fue poco que en el seno de un discurso concebido para el caso, una sentencia moral se abriera paso con lealtad que proviene de sí misma. Pues esa postura deja encima del tablero, tan sólo la afirmación clausurada y suficiente de sí misma –que captura a quien la ejerce, y le ciega –en horizonte de soledad o derrota- el retroceso e igualmente la salida.

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