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Ante un pisto gigante

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Hay circunstancias que nos fuerzan a poner nuestro cuerpo en un lugar dado de antemano y entre otros. Ponerlo de manera estática, o en orden preestablecido. Piense el lector, por un ejemplo, la convivencia de acompañantes desconocidos en habitación doble cama de hospital cabe los respetivos enfermos. O cuando hacemos cola por guardar un orden ante algo que se ofrece, o un servicio que se presta. Son a veces ocasión para una charla con desconocidos próximos. Afable nuestro hablar, cordiales nuestras maneras. Donde se hacen amistades que perduran por lo común el tiempo estricto del trato. Y más si así acontece en ambiente muy de pueblo o campechano. Como en Villanueva de los Infantes hace unas pocas semanas: donde se cocina un pisto descomunal –con un record de los Guinness. Dicen que unas diez mil raciones, en un perol gigantesco donde se vierten a capazos los pimientos, los tomates… todo removido al punto con azadones con estil de varios metros. Y un fuego del que después una grúa apartará la perola. Allí, una fila aguarda puntual una ración que no escasea: ocasión de conversar, incluso el no lugareño, sobre temas que tal vienen como van con muy grande ligereza. Seguramente un modo elemental de sociedad que subyace a nuestros rasgos urbanos, y que aguarda su ocasión de poseernos como un tú, o como un yo, de perfil convencional –intrascendentes en nuestro hablar, no tanto que insustanciales.

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Dos modos de la distancia

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Hay un género de sabio que anda por el mundo manteniendo una distancia. Entre escéptico y estoico. Aunque hay que añadir que no faltan diletantes que muestran distanciamiento solamente como pose. Son aquellos que de la indiferencia hacia todo hacen un reclamar la atención de los otros –y evidencian la precisión narcisista que padecen de ser vistos. Como en todo, se distinguen unos y otros por la aptitud para dar una razón de la actitud que profesan. Pues los hay –así Montaigne- que hicieron de su viaje un modo de desvelar la mudable experiencia que en cada instante le ofrecía cada cosa. Sin verdad que lo apresara -o detuviera la atención que prodigaba en su entorno. Como faros que señalan para otros la verdad provisoria que acaricia en cada instante cada cosa. Los primeros sin embargo nada enseñan, nada miran, salvo si una obra los eleva a personaje –máscara exterior que reclama un puesto central en cierta literatura.

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Y… Jorge Pardo en Infantes

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Estuvo muy bien el concierto de Jorge Pardo en Villanueva de los Infantes, en trío con Paquete a la guitarra y con José Bandolero –percusión, y sobre todo la caja. Esa fusión de jazz y flamenco, y versionando obras grandes –entre ellas el bolero de Ravel, o fragmento del amor brujo de Falla. Maestría en un doble salto que palpaba el respetable, mas también en la escena y también el instrumento –travesera de madera, con su sonido tan propio como asaz inigualable. Músicas y deleite que merecieron ese espléndido contexto con la brisa de la noche: una de las fachadas –renacentista, quizás plateresca un tanto- de la iglesia de San Andrés. Ese templo que cualquiera debiera haber visitado, con la ciudad que lo acoge. Y después y en compañía de un posadero muy amante del lugar y de conversar ameno, cabe la plaza mayor –la cerveza, las croquetas de chipirón o jamón, y la carne de pincho: esa sabrosa ración como un dejo de su adobo y sus especias.

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Las crisis de una oratoria

El cristianismo porta en sí un núcleo sacrificial que le hace conceder un valor al sufrimiento. Aunque no como fin a perseguir, ni tampoco como realidad por sí misma salvífica. Cosa que no se escucha siempre de este modo en palabras de los clérigos. Y esto quizás sea por lo sutil del concepto –pues resulta más sencilla la afirmación absoluta que el matiz, la trivialización que el discurso. Y tal vez ahí la razón del decaer la vieja oratoria sacra: asociada a una magra formación, ejemplificando cómo nos cuesta aceptar –en predicador novicio- compartir ventilador, permanecer sin vacación en agosto, o no poderse mover como lo hacen con soltura las caderas de Shakyra.

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El hombre no es la persona

Ese afán del lenguaje inclusivo en reducir al varón el sentido de la palabra hombre, digo que no lo entiendo –o lo entiendo demasiado, en sus últimos propósitos. Sobre todo cuando el homo no es cosa distinta de aquél que percibimos como siendo un semejante: un sujeto investido de la dignidad de ser como nosotros. Y por tanto –y ya pasados muchos siglos y avatares de la historia- exigiendo en lo esencial unos derechos y deberes correlativos e idénticos. No tanto así la persona: el papel que desempeña cada cual en un contexto. El prósopon griego, o la máscara que encubre a quien representa una función en el teatro o –digamos- en la vida. Lo que diferencia el rol de unos hombres con respecto al de los otros. Incluso la mirada sobre el hombre que le dirige el Estado, pudiendo ser concebida como física o jurídica. De modo que es la humanidad el sustrato que subyace a la persona, y la mujer una especialidad que la semántica obliga a distinguir dentro del concepto hombre. Salvo que el dogma que hoy busca imponerse e imponernos ande esclavo de la doctrina de género –y su pugna por sustituirlo por persona, un femenino que resulta menos proscribible y que se ve más moderno. O también -y de modo más sencillo- que se pretenda reducirnos a una dimensión tan sólo, o rentar la división y la pugna que se induce entre nosotros.

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Aseveración y daño de sí

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El nacionalismo –esa mística que aúna la exclusión, el egoísmo y la secta- todavía goza en España de un dejo de inmunidad a la razón y a la crítica. Como un prestigio sin merecimiento alguno –salvo la exhibición victimista de relatos construidos, un oportunismo político que el sistema le tolera medio siglo cuando menos, y hasta hoy una preocupante tolerancia en el tejido social. Pero hay que decir que en estos decenios ha logrado inocular de manera imperceptible sus principios en lugares impensados y en la mentalidad común. Y ello no tuvo por qué resultar difícil toda vez que ha contado a su favor con el poder del halago de las regiones o tribus, la exacerbación de blasones inventados y orgullos irreflexivos, y la culpabilización ajena de cualquier limitación dimanante de la propia realidad. Lo que traigo como aviso a navegantes, por si de ello resultara para España la negación ad futurum de su historia –de su proyección, y de su modo de comprenderse y de ser.

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Támara de Campos: belleza e imprecación

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El pasado día 21, Monserrat Torrent ofreció un concierto en el órgano de la iglesia de San Hipólito –ese templo, cuasi catedral en la población palentina de Támara de Campos. Esta localidad tiene historia jalonada por ser lugar de la unión definitiva de los reinos de León y de Castilla, y también por la paz que lleva su nombre –siglo XII- acordada por los reyes Alfonso VII de Castilla y León, y Alfonso el Batallador –el primero de Aragón. El año pasado, 71 habitantes según el censo de España. Su iglesia sitúa el órgano ibérico en una plataforma que, junto al coro, reposa -tal capitel tan barroco como enorme- en una sola columna que desciende hasta el suelo unida a la escalera que se eleva hasta el espacio coral. Una estampa, este instrumento, única en el mundo entero y que merece la pena curiosear por aquí. El concierto, quién sabe si una despedida casi de esta organista excepcional que nació en 1926 –arrancando los aplausos prolongados, entusiastas, desde abajo hasta la baranda altísima desde la que saludaba, milagrosa, con su elegante cordialidad. Ocasión para recordar la mala salud del instrumento que pese a todo se gobernó con maestría indudable y esperada. También un momento para poner en la mesa el mal decoro de una parte del público concurrente –espatarrado al revés en los bancos de la iglesia, vuelta la espalda al retablo y apoyados en los respaldos como en pupitre o en bar.

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