La Venta del Molinillo

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Hoy ya no es aventurado cruzar el Puerto de la Mora, camino desde el levante a Granada. Merced a la autopista del 92 que vino a ensanchar hasta lo inesperable la intrincada carretera nacional que transcurría entre esos montes. Entonces, una nevada cerraba con frecuencia el dicho puerto y el tráfico derivaba por la localidad de Iznalloz –con carretera estrecha no menos, y frecuentada asimismo de las nieves y del hielo. E incluso con el puerto abierto y en estaciones más claras, la orografía producía cambios de nivel rotundos –desde el repecho y la curva que te encumbraban a lo alto del otero, hasta el valle cuyo descenso hacía llegar a la inquietud de algún hondo y al misterio de su umbría. Por allá, y emergiendo inesperada en un giro pronunciado de la vía, se veía aparecer la Venta del Molinillo –celebrada desde tiempos literarios cercanos al genio granadino que formaran Ganivet y la cofradía del avellano. Era una casa muy humilde al pie de una serranía que se decía habitar un santero –con techumbre de cañón siempre húmeda y mohosa. Y en la pared, la leyenda –Venta del Molinillo: jamón y pan casero. Con alojamiento, cuanto precisar pudiera el caminante arriesgado. Hoy, una salida de la autopista indica el lugar de esta venta. Y en saliendo, la que fuera carretera de la umbría se muestra como lugar desvelado, muy común y sin misterio. Una carretera más, o una vía de servicio. Y la casuca aquella, derruida más o menos: las paredes abatidas y, a la vista y arruinada, la que fuera intimidad de hombre y naturaleza -de historias y compartires antiguos y verdaderos en sus rústicas estancias.

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Dos místicas de un quehacer

Hay un trabajo abnegado –que se hace con minucia, con humildad, con amor. Cuya abnegación no proviene de renuncia, siendo como es sobre todo efecto de una atención esmerada y no obsesiva. Un quehacer que asociamos con personas que concentran su interés en un orbe limitado: premisa de un preciosismo en su oficio o en su arte, aplicándose moroso en el detalle y con olvido de sí. Como también hay quien persigue una obra que se pronuncie ante muchos como grande –aquella que pretende doblegar el alma de quien contempla, sin desenlace posible si no es el de una genuflexión interior. En este caso y a través de lo que hace, el autor busca plantarse en una afirmación externa y universal. Sobre ello, recuerdo a un poeta que pretendía con sus versos obligar a los lectores a postrarse ante una belleza que sólo naciera de él. No pretendo forzar a quien lee a decidir ante ambos modos del artesano o creador –aunque la distinción es apta a recordar la disputa sobre la legitimidad de un amor desinteresado sin más, donde halla plaza el argumento de que forma parte de la naturaleza del hombre buscar en cuanto hace un camino –más o menos, hacia sí.

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Los por qués de muchas cosas

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Como a todo estudiante, me sucedió encontrarme en Bachillerato por vez primera la asignatura enigmática que decían filosofía. Y no fue asunto pequeño, pues su nombre misterioso aventuraba que se abrirían para mí cosas escondidas hasta entonces –conocimientos ignotos. En la primera lección, el profesor comenzó por algo así como ser filosofía la ciencia de todas las cosas, por sus causas últimas, a la luz de la razón humana. Tan claro y firme lo dijo, que lo tuve en la memoria hasta hoy, no sabría si para siempre. Después he aprendido lo escaso de cualquier definición que pretenda dar cuenta entera del objeto que define. Pero en aquella que he dicho me sorprende la oquedad que abriría en mi pensamiento lo de por las causas últimas –pues éstas nunca me han sido dadas. Tal vez por entender sin saberlo que si llegara a encontrar sólo una, ella sería causa única –de todo y para cualquier cosa: un denominador al que todo se reconduce, o un principio autoritario.

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De mi diccionario: ‘parteaguas’

Lugar donde se parten las aguas pluviales. Hay parteaguas en lomeras de techumbres –dando lugar a tejados a dos, a tres, a cuatro o incluso a más aguas. Como en los montes se afianzan esas pendientes que decantan hacia una cuenca u otra sus propias escorrentías. Y también esos lugares dan ocasión a fronteras que la historia, sin capricho, trazara entre dos naciones. Nótese que la palabra se conjuga en voz activa: tal si el vértice de la tierra actuara sobre la nube y su agua, como partiendo el telón natural del unánime aguacero. Aunque la definición que ofrezco pone la iniciativa en el agua: con uso de una pasiva refleja que indica quién lleva a cabo la acción –son las aguas quienes, llegando, se parten. Repárese asimismo en el uso del plural, de manera que el nombre mire a las aguas una vez ya divididas –y no al agua que precede.

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Escena jeroglífica en barriada

No hubo invención en la historia –aquella mujer añosa caminando por la acera, con el frío de la mañana y en su barrio. Muy cargada de los hombros, estatura ya menguada, aspecto de haber sido pizpireta y dominante en otro tiempo. Llenos de dificultad sus pasos, si bien con el apoyo de un andador metálico. Y allí que devolvió una mirada fugitiva entre desdén e ignorancia cuando, por una deferencia, al cruzarnos le cedía la baldosa. Nuevamente, y pasado un cierto rato, la reencuentro al entrar en una cafetería –esta vez acompañada por mujer de edad ligeramente inferior, pero con autoridad notoria y con vigor más entero. La primera queda en la barra ventanera donde se sirve a la calle, la segunda entra al bar y así pide: para ella, una fanta de limón –las nueve de la mañana. Yo me pido media tostada y café. Ella su café con leche. Las veo tomar su consumición mirándose de reojo. Al momento, hace aparición en el bar un varón de edad mucho más que mediana y señas evidentes de deficiencia mental –uno de los varios que habitan en la barriada. Aparece por detrás, y dice a la del café: ¿ves que vengo duchaito? ¿ves qué limpio? La mujer enerva un gesto y rebufido, con manifiesta ignorancia del que recién aparece. Y él se dirige a otro extremo de la barra. El camarero ya sabe lo que deberá servir. La mujer pide la cuenta, de la fanta y el café. Después, y ya al portal, regresa para poner otras monedas en la barra: para cobrarte de lo de ése –se dirige al camarero. Y saliendo, ahora sí, coge del brazo a la que lleva andador. Venga, y ya vámonos, le conmina, y así se alejan y siguen.

Por la ley de unos revólveres

Las películas del Oeste, donde los hombres caían como vainas abatidas por el albur de un revólver. Y además, exhibiendo la simplicidad heroica del varón americano: impasible, inexpresivo, con su indiferencia que expande en torno –lo aleatorio e insustancial de la muerte. Un mundo solamente masculino, que divide al personaje entre duros y malvados, con su coro también de varones anodinos porque buenos. Y muy escasas mujeres, tal comparsa de una acción que ni les compete ni en ella pueden. El esquema, tan clásico como simple: la aparición de un pistolero enigmático –emblema de su frialdad decidida-, la faena dirimiendo la situación por extinción de los malos, y la figura final del héroe que se aleja por el páramo, a caballo y contraluz de atardecer y horizonte.

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El joven que no quería serlo

Tan joven era, inseguro y con tanta suficiencia, que confiaba en cifrar la verdad sobre sí mismo en las frases que inventaba. Y así, después de cavilaciones diversas concluía decidido y con brillo en la mirada: somos las decisiones que tomamos, como si alumbrara para sí un definitivo hallazgo. Otros logros de su inquietud sonarían de esta manera: nuestros actos sucesivos nos determinan conforme pasan los años, paulatinos hasta dejar nuestra vida configurada y ya hecha, o igualmente –llamamos libertad a la ignorancia de las causas que nos constriñen, sean ocultas o a lo lejos. Y no cabía dudar de que el mancebo apuntaba maneras de profundidad y temple –como ocultando su realidad juvenil tras la máscara de adulto. Por no dar a su futuro el azar que aunque no se quiera adviene. Poniendo sobre el tablero tales lances previsibles, por intentar ignorar esa ruleta arbitraria –la que reclama en un punto imprevisible, un inesperable inicio.

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