Estos tiempos de elecciones

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Los tiempos no dan para descansar nuestra razón colectiva en un algo nuestro, tan real como concreto. Esa razón menesterosa y común, vulnerable a la infectación del demagogo como puede serlo ella tan sólo. Con aquella corrupción de los principios democráticos que pervierte la voluntad soberana –si posible fuera, y la hubiera mismamente- con su sombra electoral intoxicada al arrimo del eslogan y la encuesta. Hurtando el verse cara a cara ante la realidad –lo que hay, lo que nos mira. Por no dejar que la necesidad de ser emerja, descosiendo desnuda los discursos que la ocultan con la retórica huera y el señuelo de la forma. O mejor mistificándola, cuando ante multitud de ojos ciegos para ver se la suplanta, se la desmiente y falsea.

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Hasta aquí, desde un tebeo

En relación con la entrada anterior del Blog, me ronda otra consideración que ahora traigo: la estrategia del cómic para generar una apariencia dinámica a partir de viñetas detenidas. Donde cada cual presenta una escena con su tensión interior unas veces. Aunque solicitando que el sentido del lector coadyuve a suplir lo que les falta para devenir todas ellas y entre sí la narración de una historia. Porque para trascender de la anterior a la otra subsiguiente, una viñeta cuenta con el auxilio de la palabra –narrativa, o en boca del personaje. Mas precisa la mirada de un lector -como si una exégesis sobrevolara, hilvanando, imágenes susceptibles de conformar un conjunto y un sentido. Nada que no se hallara, desde siglos inventado. Porque unos ingenios barrocos ya idearon en sus siglos el escribir por empresas: una imagen detenida y alegórica que es objeto de un comento –para destilar la enseñanza: por pasar de un concepto imaginado a un práctico concepto. Y traigo aquí, antes que al murciano Saavedra Fajardo –ay, sus empresas políticas-, a Juan de Borja hijo que fue de Francisco –el duque de Gandía, después jesuita y últimamente santo. Ese autor dio a luz en el siglo XVI y en Praga unas empresas morales donde el comentario de la imagen viene dado con brevedad, elegante y a lo claro. Una edición facsímil la publicó la Fundación Universitaria Española en 1981. Y excusando la transcripción de la imagen, traigo aquí la leyenda de esta empresa: el pedir y tomar consejo en lo que cada uno ha de hacer, es cosa muy necesaria a todos los que quisieren acertar en las acciones. Y cuanto mayor fuere el estado en que uno estuviere puesto, tanto esto será más necesario. Pero así como el que no quiere pedir ni tomar consejo con razón será tenido por temerario, de la misma manera el que en todo estuviere dependiendo de voluntades ajenas, no podrá dejar de ser tenido por tímido y de poco valor. El príncipe, o persona valerosa, que apartándose de estos dos extremos quisiere dar a entender que es amigo de consejo, y que tiene valor para gobernar y no ser gobernado, lo puede significar en esta ‘empresa’ del vaso sin asas, con la leyenda que dice NON DUCOR. Que quiere decir ‘no soy llevado’. Pues en ser vaso muestra que es capaz de recibir, y en no tener asas que no es fácil a ser gobernado ni a dejarse llevar por nadie. Para que vean a dónde nos han traído las viñetas de un tebeo.

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Cómic en la pantalla

En el cine género cómic la acción se somete a un terso esquematismo –como en una superficie perceptiva, satinada y sin relieve, donde se imprimen sucesivas las imágenes. Y pienso que, por mi modo particular de afrontarlo, ahí podría residir la incómoda inquietud que al poco de comenzar ya me causa –lejana su frialdad al meollo complicado que dignifica al vivir: como un hielo, cada imagen, al filo de lo inhumano.

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Para describir un hoy

Corren los tiempos, y algo es como antes. La vida que transcurre para todos, de uno en uno. Sin proyecto común y decidido –una mirada al futuro que congregue e ilusione. Recuerdo aquella España machadiana que duerme y que bosteza: sólo que no chapoteando ahora en su miseria –adormecida de Smartphone, de casino virtual o acaso de Nintendo. De ambición personal, e idealismos que impostan unas gentes que se gustan. Sin atención a lo que haya entre las manos –el quehacer, o la vida común como tarea de cada uno y de todos. Como un renunciamiento. Si bien con la reacción del genio y de la idea.

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Pericones y virolos

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Sabrán ustedes que visitar a una abuela es ocasión para llevarle un presente –si la ocasión de su salud lo permite, unos dulces o un confite. Y más si es de una especialidad no conocida en su entorno: esos dulces que son frecuentes y típicos en lugares alejados. Como fue la circunstancia por la que me decía una anciana que a los virolos no les veía un fuste bastante –que aunque a fuer de apetitosos, no les hallaba un brillo en el paladar o una curiosa presencia. No juzgaré sobre ello: esos hojaldres centenarios y suaves que nutren los desayunos de la jienense Baeza. Aunque para golosos más adictos a lo dulce, se encuentran los pericones –que proceden de la cercana localidad de Navas de San Juan. A pesar del aspecto inicialmente rotundo, tiernos a lo más –sabrosos: con el dejo de la harina y el aceite –cómo no, en esa zona-, de los huevos y el azúcar que a la masa la recubre tan nívea como compacta. Dos delicias, un ambiente y un lugar –andaluz a lo glasé, y llano como manchego.

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Para escribir sobre viajes

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Tengo por evidente que la literatura de viajes necesita distanciarse al infinito de las guías de monumentos. O por ser más general, de las guías de turismo. Pues si alguien –digamos que usted, por un acaso- pretendiera escribir sobre una visita a lugar monumental, necesitaría por ello atraer al lector con palabras –o con magia y embeleso. Lo que no podrá lograr con descripciones tan sólo, ni con inventariado de maravillas que pudieran conocerse. Vengo a decir con ello que quien escribe de viajes se verá forzado a hurgar en sus propias experiencias –por trasladar ese punto de interés, de emoción o novedad que subyuga a quienes leen. Aunque también diré que una cosa por necesidad se acompaña de la otra –siendo ese brillo interior el que, acariciando, exalta el verídico retrato de cada lugar o cosa.

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El decoro de los actores añosos

En España hay actrices, hay actores de teatro muy queridos por el pueblo. Hablo por decir algunos de Arturo Fernández, Concha Velasco y otros tantos que aún perduran o se fueron. Cómo se conformara la adhesión emocional con la que han sido premiados, es cuestión a buen seguro compleja –por elementos sociales, psicológicos, como también los teatrales por supuesto. En ocasiones, yo asisto a funciones de este género –donde el respetable rompe en ovaciones unísonas con la sola aparición del personaje. Y hay que decir que por lo común, incluso con el peso de la edad, su actuación salvaguarda la dignidad y el decoro que los sustenta e inviste. De aquí la precisión de acertar en los temas, en las obras, el contexto… y el momento de alejarse temporal o para siempre de las tablas. Lo que no se funda siempre en la evidencia. Y entonces, se revela como luz y se hace carne ese riesgo de la edad: el de suscitar una aprobación no acreditada y clemente -o incurrir, dígase o no, en un crudo patetismo.

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