Cuando el canto gregoriano sea

Cantar gregoriano en el seno de una schola es ambición que presupone una larga disciplina. Porque lo tengo por canto de los más dificultosos de nuestra tradición europea –por la modulación, el sentido musical que así requiere, y la exigencia de sonar cada haz tal si una voz solamente se escuchara. No sé si serán razones suficientes a explicar la situación esforzada de este canto en medio del virtuosismo profesional que se hoy escucha en lugares de recital o concierto. Aunque en claustros de monacato se logra con razonable frecuencia un resonar gregoriano de elevación y belleza –ignoro si por la dedicación musical que el monasterio supone, o quizás por el vigor del sentido religioso que lo anima. Razones para celebrar la ocasión en que el canto se produce con dulzura a partir de interior y de maestría, y razón asimismo para indulgencia –cada vez que el caso, inteligente, lo requiera o así sea.

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Lugares de la Murcia musulmana

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El gentío que visitaba nocturno el museo murciano de las Claras parecía intromisión o irrupción en espacios muy cerrados de la historia. Irrupción o intromisión hermosas y deseables. Porque los espacios que digo, incorporados salvo en horas en lo recoleto del convento de clausura, son alcázar antiquísimo del rey musulmán de Murcia. El alcázar Seguir que, calle Trapería por medio, miraba hasta la actual catedral y otrora mezquita aljama y –más allá y pegado a la muralla- el alcázar Nasir sobre el que se levantan el Seminario de San Fulgencio y la iglesia de San Juan de Dios –propiedades que hoy son civiles. El primero de los alcázares que digo tiene un patio con alberca y arriates que la flanquean –un trazado a lo acogedor y huertano, similar al patio de los arrayanes de la Alhambra granadina. Sólo que el trazado murciano es anterior a la construcción del patio nazarita. El alcázar Nasir –por otro lado… tiene un pequeño rincón visitable en el subsuelo de la iglesia que he citado: resto de un diminuto arco de insinuación califal –con decoración inaudita y deliciosa- que da acceso al mirhab que el Rey Lobo levantó en su aposento privado –con restos de muralla y enterramientos. También las columnas de la iglesia primitiva que el rey Alfonso X levantara sobre lo que fueran mirhab y jardines. Lugares para asomarse a los espacios en que una historia se encierra, y en que esa historia se excava.

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La noche de los museos

Dice el diccionario de la lengua que la palabra museo proviene del latín museum –“lugar consagrado a las musas”. A lo que un etimologista podría responder ponderando si se trataría más bien de un “lugar donde se aloja la producción de las musas”, o el étimo más forzado “lugar donde las musas obran”. Cualquiera sea la significación que se admita, es lo cierto que la palabra antes dicha no aceptaría connotación de lugar con espacios desiertos, carente de actividad y ungido de luz inerte. Lo que viene a recordar esa iniciativa entre divertida y noble –la noche de los museos– cuando las sugerencias nocturnas y el alumbrar de la luna organizan una acción, un hechizo y el bullicio de un ambiente.

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Un arlequín en política

Un principio de urbanidad, de maneras elegantes, incluso de respeto hacia los otros –siempre ha sido evitar el hablar sobre uno mismo. Y puestos a indagar la razón de este principio, diría que lo impertinente de forzar a los demás a fijar en nosotros exclusivos su mirada. Sobre todo cuando el conocimiento que se tiene sobre sí nos dice que no hay causa para tanto. Otra cosa es cuando se pone un figurante ante una colectividad –televisión o masa. Como quien pretende atraer por interés perentorio, y no confía en lo que ofrece: feriante, farándula o mitinero. Este último –en un líder socialista derrocado lo hemos visto por España- con propensión a gustarse y sobre todo a gustar: coherencia de su desnuda ambición -sin realidad, sin saber, sin programa y sin idea.

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Las lenguas (para entendernos)

Paseaba hace poco por población española con lengua de alcance regional –además del castellano. Y fue de ver el contraste de la realidad –gentes que hablaban entre sí con registros indistintos, y los monumentos abundantes con carteles explicativos en las fachadas de acceso escritos en la lengua regional sin más aviso. Daba yo en pensar, en esta circunstancia, en el ánimo displicente de tales administraciones para con el visitante de otras latitudes del país –o del mundo mismamente. Tal si con él no rigiera la cortesía que se debe al que llega de otros lugares, y el respeto del derecho en el uso de la lengua común que le asiste todavía. Y pensaba de manera equiparable que el rótulo en lengua de alcance universal denotaría no poca inteligencia –cuando no un cosmopolitismo largamente saludable. Lo contrario, un afán romo e imposible que propicia un militante arribismo -o que un resentimiento erige, constituye, castra y dicta.

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Por las barras y tabernas

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Uno de los rasgos visibles de lo social, en España, es la relación que se tiene con los bares. Los de tapas, sobre todo. Asunto que daría para finísimos estudios etológicos, de psicología y de carácter. Incluso cabría, dentro de la definición que he dicho, una taxonomía que mostrara la infinita variedad de matices dentro de concepto que –de fuera- se percibe como unívoco. Tarea a la que animo a cualquier visitador de los rincones de España –siempre que ese visitador reúna gusto, sensibilidad e inteligencia. Por apuntar un indicio, diré que el amigo FV me comentaba hace años que suelen ser tabernas solventes las que tienen nombre del dueño que fundó o que mantiene el establecimiento. Como ejemplo de ello, traigo aquí el Bar Camilo –en el maestrazgo turolense. Donde las raciones de chipirón a la plancha o de sepia con alcachofas se aderezan de un carácter aragonés en el trato al otro lado de la barra –escuchando atentamente sin que se exprese atención, con solicitud de hechos que rehúye la ceremonia, y con método cartesiano en la atención que al respetable se prodiga y hasta dispensa.

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De músicas que envejecen

Si algo acusa los cristales amarillos de lo pasado de moda, eso son las canciones de verano. Melodías tan simples y pegadizas –que ha decenios recorrían los secarrales de España, que después se escuchaban por las playas con transistor y cassettes domingueras, que atronaban desde dentro de utilitarios que la juventud usufructuaba para ligar por las noches… Porque esas melodías me parecieron siempre un fenómeno rural, de país piel curtida y en vías de desarrollo. Ni música popular siquiera –como las de eurovisión que multitud decreciente escucha sin fe y sin pizca, y por el gusto de disputar tan sin sabor y tan solos.

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