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La política en un hoy

Hay que desconfiar de quienes usan la descalificación ajena para avalar –sin confrontación, ni valoración, ni juicio- lo arbitrario de sus actos. Sobre todo en la política, pero también en rincones diminutos de la vida cotidiana. Y esta desconfianza es de índole moral por un argumento doble: porque no hay sino añagaza o trampantojo que pretende desviar de su camino la luz de la inteligencia, como el diestro cuyo engaño tuerce la atención del toro con un pase de muleta. Inficionando, con esto, de falsedad el espacio de lo público: estrategia sin verdad y sin nobleza que se impone por conveniencia y engaño. Pero también porque ese modo de usar de los adversarios los reduce a un eslogan o un cliché, sin aguardar tan siquiera un destello de respeto y de razón para un imposible diálogo -entre iguales y entre varios.

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Los que se van, lo que esperan

Cada generación debe conocer el momento apropiado en que debe retirarse. Y ceder el lugar a otra que llega, con su modo de entender y de enfrentarse a su mundo. Aunque una cosa es lo que digo y otra muy distinta lo sería escapar en desbandada. Lo que vengo a decir porque el momento del relevo es asimismo el lugar de un juicio sobre lo que se pudo trasladar –de lo mejor de uno mismo- a quienes un día deberían sucedernos. Y si bien es verdad que los padres deberán aceptar la novedad de ese mundo que los hijos ya construyen, también lo es que al menos ha de ser mundo y regirse por valores no dogmáticos –o a lo menos, contrastados. Porque otra realidad daría lugar al espanto de una sociedad inerme ante cualquiera que llegue –con su verbo arbitrario que señala lo que se debe opinar para opinar en correcto, o con la fuerza necesaria para imponer su designio en páramos de razón, falsificación del pensar e impostación de la idea.

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¿Tiene futuro la verdad?

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La prensa nos acercó, inmediata, la noticia de que murió George Steiner. El crítico de palabra meridiana que ocupó hace años parte de mis lecturas, y que ocupa un rincón en mi propia biblioteca. A modo de un reconocimiento rescaté la edición de una serie de conferencias radiofónicas, que publicó Siruela (Nostalgia del Absoluto, 2001). Su relectura me trae el título de este post como una invocación –también, hoy, perentoria. Pues, después de haberse retirado el crédito suficiente a la teología cristiana como aglutinadora de una visión totalizadora de la moral y del mundo, no han faltado tentativas racionales –y brillantes- que aspiraran a ocupar el lugar, si bien basadas con consistencia en los mitos: psicoanálisis y marxismo, en la exposición de Steiner. Aunque sin el éxito esperado. O en la magia (leedores del tarot, horóscopo, extraterrestres…) que tanto mueve, paradójica, en el mundo. O, fuera de lo que expone este autor, en un desvío de la atención con el deseo de no ver -bien pensante, entre amoral y correcto. Pero la cuestión se mantiene perentoria: la verdad, escueta y racional –con su método y sin mitos-, ¿tiene todavía un futuro? Pues nadie garantiza que esa verdad trabaje en favor de la aspiración del hombre, ni de su necesidad ni tampoco de la angustia –si es que todavía la siente- ante el abismo de una nada por venir y un general sinsentido. En esto, no resisto traer a este lugar las palabras con las que acaba este ensayo: seguramente somos huéspedes en un universo vastísimo e incomprensiblemente poderoso cuyos hechos, cuyas relaciones, no fueron cortadas a nuestro tamaño o a la medida de nuestras necesidades. Sin embargo, pertenece a la eminente dignidad de nuestra especie ir tras la verdad de forma desinteresada. Y no hay desinterés mayor que el que arriesga y quizás sacrifica la supervivencia humana. La verdad, creo, tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante. Así concluye el ensayo. Quien pueda entender, entienda.

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Los campaneros de Utrera

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No es pequeña la amabilidad que con el extraño se gasta en los entornos de Sevilla. Como también he podido gustar en Utrera, ciudad que se vuelca en mostrar con acogimiento sus prendas al visitante. Desde el edificio consistorial, de salones decimonónicos cuyo primor recorre los estilos musulmán, indoriental, centroeuropeo y pompeyano, hasta el castillo que mira desde su loma más allá de la Iglesia de Santiago. Todo ello, atendidos por cicerones locales que ponen entusiasmo y cercanía juntamente con descripción y relato. Aunque para entusiasmo, los miembros de la asociación de campaneros del lugar que encontré fortuitos junto a la torre de la parroquia que he dicho –cuyo fin es preservar una tradición que dijeron ancestral en los toques de las iglesias de Utrera. Y no fue poco escuchar su explicación en la que fuera vivienda de la campanera, más o menos a mitad de la altura de la torre. Como después la demostración de un volteo que se detiene a mitad, por el contrapeso de quien saltó ayudado de un cordel, y se posó en la melena –posición horizontal- de la campana ya quieta. Si bien la demostración tuvo lugar en un bronce que se abría a la altura del tejado de la iglesia, se informaba de que este lance tiene lugar en los otros que se abren a la plaza –sesenta metros de altura. Lo que me dio en pensar en deportes de alto riesgo que se asumen de ordinario, porque el caso es que aquí –impresionante, sin duda- en un extremo posible el lance es a vida o muerte.

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La razón imponderable -Copenhague

La obra teatral Copenhague, de Michael Frayn, se anuncia en tantos lugares como un planteamiento del papel de dos físicos –Niels Bohr y Werner Heisenberg- en el contexto de la guerra mundial. El papel político de la física en la invención y lanzamiento de la bomba nuclear por las potencias mundiales. Un planteamiento moral que enhebra el diálogo incesante entre ambos personajes a lo largo de esta obra. Aunque tengo para mí que el meollo teatral, y lo que la hace altamente seductora, es la aplicación del principio de indeterminación en el campo de la ética. Ese principio según el que no resulta posible determinar a la vez la posición y velocidad de una partícula. Aplicado a la situación política del creador de tal principio en el contexto de la Alemania nazi –una posición invisible tanto para el propio investigador, como para aquellos que enjuician el valor de su actuación y su fracaso en el proyecto nuclear que le hubo encargado Hitler. Una obra subyugante por su invención, su ejecución, su contexto. Y la inigualable interpretación de Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba –en nuestra escena española. Un estar y un declamar de una generación de actores que ya se nos va perdiendo –con su hacer y dignidad, detrás de las candilejas. Con su maestría, su convicción y –por qué no, también- con el quehacer de su escuela, su peso y su señorío.

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El hallazgo de Begastri

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La articulación tribal y política del sureste de España afinca sus raíces incluso en periodos ibéricos –homogeneidad arqueológica de restos que delatan en los siglos una sociedad organizada y uniforme en rasgos muy esenciales en todo ese territorio. De entonces son los restos más antiguos conocidos de la ciudad que fuera Begastri –por Cehegín, en la provincia de Murcia. También municipio romano, obispado originario y capital visigótica de la región a la par de Cartagena, hasta la época de la ocupación musulmana. Lo que traigo a este lugar por llamar la atención sobre ese yacimiento, apenas excavado todavía. A pesar de que esa ciudad documentada, pero perdida en los siglos, fue nuevamente situada en los mapas en el siglo XIX –cuando unas lluvias tormentosas descubrieron a la luz un ara jupiterina con inscripción indudable. Estos restos hoy se integran en un patrimonio arqueológico inigualable, como lo es el que la Región de Murcia ora esconde y ora muestra. Parte de lo hallado en la escasa excavación de este lugar puede ser visitado en el museo arqueológico de la vecina Cehegín –en la casa del concejo y en el contiguo palacio de los Fajardo. Una visita a concertar sin dudarlo. Y comer en la terraza del Bar Sol de esa ciudad –apenas a los pies de la plaza del castillo.

Los que llegan…, lo que valen

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La salud de la vida democrática se mide, y no poco, por la madurez y altura de quienes han sido elegidos para la gestión de instituciones. Lo que, contrastado con la realidad que nos envuelve, descorazona hasta un límite que muchos ya compartimos. Sobre todo cuando poco se espera de una generación de políticos recién incorporada –pagada de narcisismo (la ambición se presupone) y dogmática en lugares donde nunca se debiera. Pues la generación anterior –recientemente ida, y ya casi pasado- supo construir y conocer entre todos el interés general en coyuntura mucho más difícil o imposible. Y tengo para mí que algo hay en esto de cooptación del Estado en el seno de los partidos políticos, donde de facto unos pocos y pacientes allegados deciden cabeceras de las listas de carteles principales, y reparten los lugares decisorios del país desde su ignara e interesada ignorancia. Con selección de cuadros no fundada en capacidad y mérito, y sí en bajas fidelidades –agostando el terreno por el ascenso excluyente de una clase disciplinada y mediocre, obediente e iletrada. Lo que es tanto decir que, en general, los partidos inficionan el país y corrompen lo que un día quiso ser su democracia. De aquí que se comience a intuir un vahído de defección que se extiende –por hastío, por decepción inquietante, también por un civismo que reclama dignidad donde se planta esa mediocre cizaña.

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