De la pandemia y la cárcel

Puedo suponer que hay un temor en quien ha de entrar en la cárcel: no la soledad –tan sólo y con ser tanta-, ni la libertad constreñida, sino el peligro y cercanía excesiva de los otros. Y no seguramente porque el natural de los presos diste en cualidad de otros que por ahí anden libres. Antes bien por ser la reclusión un estado de excepción en el que campan expeditos los impulsos más primarios de los hombres. Y si no, véanlo en los meses de restricción de libertad que la pandemia autoriza al impulso autoritario de nuestros gobernantes. Cuando el convivir se ve circunscrito largo tiempo al territorio más próximo –inmediato. Lo que da que hay menos que contar cada vez cuando se habla al teléfono con amigos o familia, por verse colapsado el acopio de experiencias exteriores. Y sin embargo se ve más inmediata la fealdad que otrora no se advertía por las calles de su barrio.

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Una luz en Fuenteodra

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Los males no vienen solos. Como si una lógica inexorable anudara a los unos con los otros. Aunque en ellos, la mano del hombre está llamada a encender también una chispa de su luz y su nobleza. Algo así ha sucedido con la iglesia de San Lorenzo Mártir, en la diminuta localidad burgalesa de Fuenteodra. Una población de siete habitantes que ve el final inminente de los días de lo que fue su grandioso templo, levantado en el siglo XVI en un gótico de hechuras impecables. Un emblema de la historia -en el centro natural del Geoparque Mundial declarado por la Unesco, de las Loras-, que una asociación de personas del entorno se ha propuesto salvar para tiempos venideros. En la página de la asociación Hispania Nostra, se ha impulsado estos días una campaña de microdonaciones que obtiene hasta hoy notable éxito y a la que el lector interesado accederá en este enlace. En ella, las imágenes del templo muestran el estado desolado que amenaza su ruina, como también el esplendor que pervive pese a todo entre sus muros. Algunos de sus elementos muebles trasladados al museo del retablo, en la ciudad de Burgos, donde hoy están a salvo. Para contacto, sobre la presente iniciativa, la asociación Manapites (e-correo: acmanapites@gmail.com). Es de razón de nobleza, y cuando menos de amor por nuestra historia y su arte.

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Por lo que no podemos

Para ser contundente, el poder necesita que su centro irradiador sea invisible. Es lo que a lo largo de los siglos pretendió la lejanía del príncipe, la ocultación de su persona a los ojos de la plebe. La hipóstasis del dictador, o su sacral efigie. Sólo que el capitalismo ha sofisticado el asunto hasta el extremo de dislocar los centros de decisión que usan a los gobiernos. Como lugares de poder que se esconden y que tienen su matriz en el juego del capital –circulación del dinero. Y en estas sociedades, transparentes en aspectos que son menos decisorios, los gobiernos quedan hoy en evidencia. Su carácter precario, su nervadura a la altura del pelele. Temerosos de que el rey se pueda mostrar desnudo. Sólo que se convive en el mundo con sistemas de poder más antiguos, más directos y efectivos: una regresión que amenaza al Occidente –y se infiltra en las costuras de la opinión y los pueblos.

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La feliz gobernación

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Miguel Espinosa nos mostró cómo el neto y concienzudo escritor de provincia, desprovisto de su anécdota, es por ello universal en su escritura. Lo que, por lo que a él respecta, es cosa que se advierte con claridad cuando quien lee siente el vigor con que su obra resiste a la penetración del prejuicio que se arrastra en la lectura. Como una superficie de taracea laboriosa y exacta, que repeliera por violenta cualquier lectura ideológica. Protegiendo cada palabra la significación auténtica del resto de palabras que conforman esa vigorosa red, ese trazado. Quizás por esto sus obras defraudarán cualquier pretensión militante e inmediata –incluyendo la que buscara un punto de apoyo para el análisis crítico de una situación de actualidad concreta. Como literatura que se posa metafísica sobre la realidad de las cosas de que trata, invocando la mostración de su esencia. Desde aquí leo las palabras que titulan estas líneas –ese oxímoron, si se lee sin hondura. Pues no se ve razón de felicidad en el ser gobernados, o más bien lo contrario, más allá de la necesidad sociológica que engendra a los gobiernos. O porque la felicidad no se predique de sujeto, ni el paciente ni el agente, sino de la gobernación como hecho. Para desnudar así la pretensión que consiste en dictar la felicidad de los súbditos. Un acto de falsificación del concepto por voluntad del gobierno –el que hoy nos tiene, en España.

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Cuatro cruceros fluviales

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En el cuadrante noroeste de la península ibérica hay cruceros fluviales didácticos y con mucho inexcusables. No hablo solamente del muy conocido de los Arribes del Duero, en el trecho que separa los territorios de Portugal y de España. También, en Galicia, hay un crucero que remonta por el cañón del río Sil –una profunda garganta que separa las provincias de Orense, muy agreste, y la más cultivada en el lado que da a Lugo. Allí, junto a vegetación autóctona, impresionantes viñedos en pendientes imposibles asomadas hacia el cauce. La que se ha dado en llamar como agricultura heroica, y que afirman proceder del tiempo de los romanos. Otro crucero recorre un trecho del río Miño, con paisaje menos impresionante –aunque, sobre todo, plácido y anchuroso donde cualquiera lo busque. También, en Zamora, el crucero ambiental Ribadelago –recoleto recorrido por el lago glaciar de Sanabria. Donde Unamuno inspirara el escenario para una de sus novelas. Se trata de un catamarán enteramente ecológico: propulsión con energía solar que obtiene directamente a partir de sus paneles. Y una navegación netamente silenciosa, sin aporte de oleaje que interfiera en el sistema ambiental de la laguna. El crucero cuenta con explicación científica del entorno natural desde la vegetación a los géneros de plancton. Y con un robot, batiscafo, que se sumerge y proyecta en el instante imágenes subacuáticas –incluyendo restos de la destrucción y arrastre de la vecina Ribadelago, por la rotura de la presa que en su día anegara y arruinara las haciendas y las vidas. Cuatro navegaciones para un viajero curioso, sobre todo en los días dilatados del asueto de verano.

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Sobre los hombres buenos

Hace días escribí sobre aquellos que hacen el bien, y a ello me remito también hoy. Aunque debo añadir este apunte todavía. Que no hay hombre bueno cuyo fundamento no se halle en una cierta renuncia a la eficacia primordial de sus acciones. Pues si bien los actos buenos tienden a lograr beneficios que lo sean del mismo modo, no se ha de pensar por ello que la bondad del actor provenga principalmente del resultado que pretende. Como una arqueología de los actos, por la que cabe pensar en hombres buenos que ennoblecen sus acciones con algo que a ellos mismos se anticipa, y que a ellas las precede.

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Sobre los que hacen el bien

Aprendimos que hacer el bien no es cosa de seres desencarnados. Ni de superioridad moral, ni de ver el mundo desde fuera –en lo alto de un estrado. Y que el bien –difusor de sí mismo, como decía algún clásico- necesita realizarse por los medios de los hombres. Que entremezcla su razón y su ser mismo con aquello que lo hace ingresar en la realidad del mundo. Pero manchada su ropa por el roce con la tierra, aunque en su ser siempre limpio. Como limpia pero oculta la verdad que lo engendra en el deseo los hombres que, sin afirmación de sí, son verdaderos y buenos.

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