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Cómic en la pantalla

En el cine género cómic la acción se somete a un terso esquematismo –como en una superficie perceptiva, satinada y sin relieve, donde se imprimen sucesivas las imágenes. Y pienso que, por mi modo particular de afrontarlo, ahí podría residir la incómoda inquietud que al poco de comenzar ya me causa –lejana su frialdad al meollo complicado que dignifica al vivir: como un hielo, cada imagen, al filo de lo inhumano.

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Para describir un hoy

Corren los tiempos, y algo es como antes. La vida que transcurre para todos, de uno en uno. Sin proyecto común y decidido –una mirada al futuro que congregue e ilusione. Recuerdo aquella España machadiana que duerme y que bosteza: sólo que no chapoteando ahora en su miseria –adormecida de Smartphone, de casino virtual o acaso de Nintendo. De ambición personal, e idealismos que impostan unas gentes que se gustan. Sin atención a lo que haya entre las manos –el quehacer, o la vida común como tarea de cada uno y de todos. Como un renunciamiento. Si bien con la reacción del genio y de la idea.

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Pericones y virolos

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Sabrán ustedes que visitar a una abuela es ocasión para llevarle un presente –si la ocasión de su salud lo permite, unos dulces o un confite. Y más si es de una especialidad no conocida en su entorno: esos dulces que son frecuentes y típicos en lugares alejados. Como fue la circunstancia por la que me decía una anciana que a los virolos no les veía un fuste bastante –que aunque a fuer de apetitosos, no les hallaba un brillo en el paladar o una curiosa presencia. No juzgaré sobre ello: esos hojaldres centenarios y suaves que nutren los desayunos de la jienense Baeza. Aunque para golosos más adictos a lo dulce, se encuentran los pericones –que proceden de la cercana localidad de Navas de San Juan. A pesar del aspecto inicialmente rotundo, tiernos a lo más –sabrosos: con el dejo de la harina y el aceite –cómo no, en esa zona-, de los huevos y el azúcar que a la masa la recubre tan nívea como compacta. Dos delicias, un ambiente y un lugar –andaluz a lo glasé, y llano como manchego.

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Para escribir sobre viajes

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Tengo por evidente que la literatura de viajes necesita distanciarse al infinito de las guías de monumentos. O por ser más general, de las guías de turismo. Pues si alguien –digamos que usted, por un acaso- pretendiera escribir sobre una visita a lugar monumental, necesitaría por ello atraer al lector con palabras –o con magia y embeleso. Lo que no podrá lograr con descripciones tan sólo, ni con inventariado de maravillas que pudieran conocerse. Vengo a decir con ello que quien escribe de viajes se verá forzado a hurgar en sus propias experiencias –por trasladar ese punto de interés, de emoción o novedad que subyuga a quienes leen. Aunque también diré que una cosa por necesidad se acompaña de la otra –siendo ese brillo interior el que, acariciando, exalta el verídico retrato de cada lugar o cosa.

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El decoro de los actores añosos

En España hay actrices, hay actores de teatro muy queridos por el pueblo. Hablo por decir algunos de Arturo Fernández, Concha Velasco y otros tantos que aún perduran o se fueron. Cómo se conformara la adhesión emocional con la que han sido premiados, es cuestión a buen seguro compleja –por elementos sociales, psicológicos, como también los teatrales por supuesto. En ocasiones, yo asisto a funciones de este género –donde el respetable rompe en ovaciones unísonas con la sola aparición del personaje. Y hay que decir que por lo común, incluso con el peso de la edad, su actuación salvaguarda la dignidad y el decoro que los sustenta e inviste. De aquí la precisión de acertar en los temas, en las obras, el contexto… y el momento de alejarse temporal o para siempre de las tablas. Lo que no se funda siempre en la evidencia. Y entonces, se revela como luz y se hace carne ese riesgo de la edad: el de suscitar una aprobación no acreditada y clemente -o incurrir, dígase o no, en un crudo patetismo.

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Hablar en redes sociales

Muchos también se agregan en las redes sociales para publicitar sus cosas. Como bien se conoce: compartir los versos o relatos que más o menos pergeña, poner ante otros esa frase que considera ocurrente o meritoria –con su fondo de colores, mariposas, corazones, u otros ornatos distintos. O publicitar esta entrada de mi blog, por un caso mismamente. Pero es verdad asimismo que, aunque muchos concurren con sus obras o sus cosas bajo el brazo, poco se comparte –interactúa o dialoga. Y no digo que haya de ser de muy distinta manera. Pues es cierto que al obrar nos movemos por un impulso legítimo de hacer valer lo que hacemos, y más aún lo que somos –el reconocimiento: ese pan cuya ausencia nos desmerece ante otros y cuestiona la conciencia de uno mismo. Pero también es verdad que sin diálogo todo deviene un spam multiplicado –no por fuerza ese diálogo socrático que se ahonda y más se ahonda, mas una atención elemental y cortés que se ofrece en la palabras.

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Hay palabras y hay palabras

Hay una sabiduría que se adquiere bajo forma de experiencia –ese haber vivido, que desdeñan muchos otros que comienzan su andadura (tantas veces sólo vale la experiencia que se graba en carne propia). Pero entre esas consejas recibidas que se asumen con presteza se halla esta: que, una vez hayan sido proferidas, nadie es dueño de las palabras que dijo. Como una piedra lanzada, cuyo daño previsible ya no se halla en nuestras manos. Aunque es preciso añadir que hay palabras y hay palabras. Sobre todo –en las hirientes, destructivas- las que obran como hechos. Las que dirigen su acero a los puentes intangibles del respeto. Pues la sola pretensión es bastante a devastar cualquiera suelo ulterior en lo común y posible.

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