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Pasaba por aquí

Como lugar de paso transitorio, indiferente –sin nada sustancial que lo vincule con el punto de partida ni tampoco al de llegada. Ese lugar que no obedeció a necesidad ni a deseo. Donde se halló por capricho, cuando no por negligencia o descuido irreflexivo. Aunque a veces, lugar también de una singularidad insospechable cuando se inició el camino –y es entonces cuando marca la ocasión el instante desdeñoso de una gracia: el pasaba por aquí sin pensar ni pretenderlo. O el momento distanciado y sorprendido para un quién me lo dijera.

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En un museo de Murcia

Entre quienes lo visitan recorriendo las obras sin demora por las salas y paredes, y esos otros que se ven tanto en tanto detenidos o sentados ante un lienzo –he venido en decantarme por estotros de manera decidida. Y no lo digo porque me haya poseído en vez alguna la liviandad de quien recorre sin ser observador –ni tan siquiera curioso. E incluso diré que lo hago sin que sea confundida mi actitud con la de un observador cualquiera –pues, en primer lugar, escojo una sala y una época. Y comienzo a recorrer escrutando lienzo a lienzo hasta que un motivo me detiene ante un cuadro. Y ahí me planto hasta el final –observador- y no avanzo. Tanto tiempo como sea necesario hasta hallarme en saciedad de observación y detalle. Aunque es claro que esta actitud es posible sólo en museos que se tienen a la mano –al menos durante un tiempo. Y también es actitud que provee de detalles sorpresivos –milagros a la percepción, como los llamara alguien. Sin más y recientemente, una Inmaculada de Maella –en el MUBAM, de la matizada Murcia. Este lienzo, entre ángeles y amorcillos, enmarca como se suele la figura principal –con un ángel delimitando la nube, casi peana, en posición poco menos que imposible a fuer de verse forzada. Y en la base, un retrato –miniatura- de rostro en un amorcillo de un primor y perfección que ni el tema principal alcanza. Allí he pensado el lugar de donde el lienzo provenga –seguramente en los registros técnicos que custodiara el museo. Por ver de conocer la posible identidad –de familia de donante o de pintor. O en cualquier caso, por divertir a un lector –su inteligencia curiosa- incitándolo a buscar el origen y razón de esa belleza, que todavía no se alcanza.

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La locura de un cualquiera

La frontera que nos tiene más acá de la locura es tan lábil como lo es la del sueño. Aunque sean de realidad heterogénea, inmiscible –pues no es posible predicar la locura en el interior de los sueños, ni la razón tiene en ellos su patria ni su morada. Aunque sucede que a veces la frontera de la sinrazón se rebasa sin sentirlo en las horas de vigilia –como en el Enrique IV, aquel drama de Pirandello cuando un loco se ve arrastrado sin quererlo a la cordura: para desde allí sentir que ya no hay lugar seguro si no lo es el regreso a la luz que lo tuvo en espejismo de sí y en sombra de su quimera. Como rasgo que, de un modo, le pertenece a quien duerme: para verse, sin locura y sin razón, en un territorio exento de realidad –o en un espacio intangible.

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Escritor de prosa o verso

Desconozco cuántos convendrán en que, aunque hay multitud es escritores, muy pocos logran resultado meritorio -o aceptable, cuando menos. E incluso que, dada la facilidad de difusión que hoy ofrece la industria cibernética, el espacio se ha poblado de inflación de propuestas que hacen dificultoso el hallazgo de alguna gema escondida. Y es que hay premisas importantes a la hora de escribir, que no se cumplen en todos. Por ejemplo, la cultura que el escritor atesore. Y también la selección de temas, y la técnica para el desarrollo. Como también el género en que se expresa: pues hay quien, por ejemplo, presupone que es el verso lugar idóneo para ripiar convenciones emocionales –siendo así, por lo contrario, que este género se justifica ante todo por su obsesiva precisión en elegir las palabras, la luz, los ritmos, la puntuación y el silencio. Un proceder inhábil para la expresión de ideas o de pensamientos, de discursos, o narración de emociones o de historias como sucede en la prosa. De aquí que tenga por cosa acreditada que quien escribe en poesía pone su tino en palabras que se buscan a sí mismas, y se aman tal palabras.

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Elecciones andaluzas

La campaña que despliegan los partidos con vistas a elecciones regionales escandaliza no poco si se mira desde fuera del ámbito en que se juegan. Pues exhibe sin rubor lo ya sabido: que no hay otra cosa a tablero que la ocupación de escaques en la medida en que sea. Un juego posibilista –sin alma ni convicción- que una estrategia organiza en fatuidad de eslóganes contrahechos y de alcance irrelevante, pretendiendo vincular al elector extramuros de los asuntos que ocupan. Y, aunque esto resulta perceptible para el votante con carácter general, visto en ámbito reducido declara hasta un ridículo los gestos convencionales, la importación de argumentos genéricos o falaces, las palabras sin proporción entre sí. Un discurso inaceptable sin verdad: sin diálogo que lo oriente, sin hechos a que responda.

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Quien mejor calla

Seguramente porque es callar una acción que tiene diversos modos. O sea, no una mera retirada o abstención ante una palabra posible, sino un acto que se afirma por sí mismo -positividad y hasta firmeza. Sólo así se puede concebir que haya un callar mejor o peor según como alguien lo ejecute. Como hecho que plantea nuestro obrar en medio de nuestro mundo: una acción muy omisiva, y un elocuente silencio. De aquí la frase calderoniana que alguien hoy parafrasea por la internet: cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla. Lo que viene sobremanera como anillo al parloteo en el que se siente una autoridad cualquiera –ante el que el silencio actuante es delación o denuncia, oposición moral por renuencia a implicarse en el embrollo, o distancia de la razón que plantea un punto fijo donde apoyar su censura.

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Perspectivas de un amigo

Una amistad, con FV, de trato muy frecuente cuando la misma ciudad a entrambos nos acogía. Después la distancia fue espaciando los tiempos en que podíamos compartir una conversación, una caña y un encuentro. Una amistad de la que tanto aprendí en la presencia –como después igualmente en la distancia. Aunque el trato muy espaciado produce un efecto –diría que de perspectiva: pues no se percibe la transformación paulatina de la persona que fue, en el contexto de la transformación de su mundo. Ni las transformaciones del contexto son iguales para ambos. De modo que lo que así se advierte sobreviene sin continuidad, o como a saltos. Tal viñetas que de cuando en cuando irrumpen, percibidas sin embargo en el continuum no alterado del afecto originario.

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