Cómo veranean los murcianos

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La ciudad ya no queda desierta en el verano. Yo la recuerdo, Murcia, con las calles exangües y vacías –mes de agosto: por la noche, con heladerías que abrían sus terrazas para nadie. La población escapaba hacia las playas –las costas de Orihuela, San Javier, Águilas o Mazarrón, donde los paseos se veían invivibles, saturados. Hormigueros con atuendo de bermudas y de chanclas mariposa. Pero Murcia no se queda ya desierta en el verano: comenzó con la estrechura de la crisis económica –la última, antes de escribirse estos renglones. Como, después, la población aprendió: a elegir tantas cosas por sí misma –a quedarse, o a viajar, veranear en la costa. Olvidando el gregarismo de tiempos de nuevos ricos –fementidos, e inclinados a lo cutre.

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Campando, los tertulianos

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Acostumbrados los televidentes de antaño a aquella cortesía –de entrevistar con finura de concepto al invitado, por lo común persona relevante del foro o con responsabilidad destacada en el quehacer y la cosa pública. Hoy tal cortesía padece de extinción en la pantalla: cuando tertulianos que entre sí no se respetan, al invitado lo avasallan o llanamente lo abroncan.

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Para leer dos veces

Como los libros tienen una lectura segunda. Cuando el tiempo de la vida transcurrido interpuso su distancia con el joven que leía. Y por eso F. confesaba su costumbre de poner una calificación a cada obra literaria que acariciaban sus ojos –para contrastar con la lectura por venir a partir de la madurez que acarrean los trabajos de la vida, o la que los años traen. Sin sospechar lo que vería como obvio: que la madurez no trae más rigor al enjuiciar –antes bien, que trae indulgencia: o un modo de redimir escudriñando el valor en el lugar donde estaba, pero el púber no advertía. Como también la memoria le traería el recuerdo de personas que pasaron por su vida –hoy con ademán más generoso, con bondad que sus ojos anteriores no veían.

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Papel de intelectuales

La intelectualidad también tiene, según modas, sus vaivenes en los roles que le aportan crédito o prestigio. A sabiendas de que, si de modas se habla, se mira en el corto plazo. Los años ochenta, y en España, vieron un crescendo del prestigio del poeta –hoy menguado y en ocasiones caduco, en parte por lo indefinido del rol y abundancia de aspirantes. Después vi llegar un ascenso reputable del filósofo: portador pretendido de un discurso que diluye los arcanos y desentraña el presente. Discurso por entonces ungido de oscuridad e impostación de belleza. Modas acompañadas por un rasgo personal –una estética de quien se siente tocado por genialidad rentable. Por lo que al discurrir filosófico atañe, hoy lo encuentro socialmente bloqueado –sin audiencia que lo acoja, y sin favor que lo aúpe. Tal si no hallara lugar –perdidos los antiguos fundamentos, confundido entre la empiria sociológica, o escondido en entresijos de lo huero estetizante.

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Ludmil Angelov

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Digno y elegante, sin asomo de arrogancia, el brazo abandonado –abrazando sin descuido una esquina del piano. Así -negro el pantalón, camisa negra- anoche recibía Ludmil Angelov la unánime ovación de un público con gratitud y entusiasta. Espectáculo, no se sabe si mayor la sonoridad romántica de Liszt y de Chopin enloqueciendo la calma de las aguas que la noche coronaba –o el suave, el enérgico, el preciso juego del teclear de los dedos, el vigor de las muñecas, la destreza acariciosa de las manos. La luna, redonda como lo es ella –y en plenitud ambarina: sobre el mar, sobre el castillo en cuyo adarve el concierto discurría. San Juan de las Águilas –esa fortaleza que arrodilla en la bahía su silueta caprichosa. Como anécdota que un siglo plantara, entre belleza tan clara y tanta.

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Free Bach 212

Traspasado el cartel anunciador de La Fura dels Baus, quienes aguardaban espectáculo de actores profesionales tuvieron que contentarse con músicos amateurs. A pesar de la leyenda del programilla de mano –donde se anuncia un entremezclamiento de flamenco y músicas electrónicas con la cantata campesina de Bach. Si teatro, inexistente. Si concierto, sin matices ni finura –apropiado para alumnos de conservatorio superior. El público estupefacto en los inicios, remontó: por ganas de salvar el espectáculo, a partir de algún momento de música popular. Al salir y por lo que respectaba a algunos, una oferta que evitar.

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Visión no existencialista

La vida, Pepe Heredia lo escribía, es tan sólo el transcurso de una vida baleada por los años que cumplimos. Como un arrastrar de escenarios diferentes que nos ponen en circunstancias cambiantes –que sin prevenirlo obligan a replantearnos el terreno de batalla, o a reinventarse en ocasiones e incluso. En un ascender y un declive de las fuerzas –mostrando en los arrabales de los tiempos concedidos, que la soledad amenaza sobre todo por la falta de vigor y lucidez: la precisión de los otros, la temida dependencia.

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