El embrujo de los ojos moros

Los romanos del imperio dieron en llamarlos mauros por el color de la piel –de donde la región de Mauritania. Población bereber, de genoma tribal que se fue paulatinamente estableciendo. Y esos mauros fueron frontera no pacífica con los restos del reino visigótico de Hispania, hasta su derrota final más allá de las columnas del Estrecho. La unanimidad biempensante que se extiende da en evitar llamarlos moros, esquivando el sustantivo denostado con un salto que lleva al disparate cultural de denominarlos árabes –por compartir, tan sólo, religión que en otro orbe entrelaza y unifica. En los países árabes –los verdaderos- consta que esa confusión cultural no se ve ni de grado se comparte.

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Pablo Iglesias

El iconoclasta que de su iconoclastia hace el reclamo más eficaz sobre sí mismo –o el que principalmente pretende-, debe de confiar con fe ciega en la perduración de aquello que con tanto ahínco ataca. Pues destruido ese eídolon, sucumbiría al unísono el trompeteo de publicidad y chanza. O caso de que así no fuera, ese iconoclasta precisaría de una aptitud de traer a primer plano otros ídolos que asediar como imagen sustituta. Como quien no confía en el razonar sereno y el agudo exponer del argumento, o como quien dispara pretencioso y con fin no expresamente declarado en turno de tiro al plato.

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Una mujer despechada

En La Mentira –Florian Zeller- las primeras escenas que se juegan en las tablas, las hallé exasperantes. Amén de que la acción durante esos minutos tan largos no progresa, es que muestran un prodigio de incomunicación en pareja con causa en unos ademanes teatrales de carácter femenino. Sobre todo por la imposibilidad de encontrar un lugar racional para el encuentro, cuando lo que del diálogo espera cada personaje es realidad divergente. Después el desenvolvimiento de la acción en busca del desenlace, mostrará a posteriori que lo que mueve esas primeras escenas tiene causa en un despecho –el que desata el círculo del enredo, para poner en la escena la verdad más común y más secreta de los cuatro personajes. La verdad que se conoce, pero que no se pronuncia o lo hace bajo máscara –y la sinceridad reducida al borrado de esa verdad que un consenso dulcifica y una voluntad esconde.

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Toreando con la punta de un silencio

Cualquier profesor de retórica conoce el valor y la estrategia de administrar los silencios. En primer lugar, por lo que hace a la cualidad poética del discurso –donde el callar y reiniciar marca ritmos y cadencias. Pero también, y aquí me detengo, por la autoridad y la fuerza persuasiva. Por aquello de que en el callar se engendra la posición de dominio –sobre todo en la dialéctica: cuando quien administra enfrenta el discurso contrario como toreando con la punta del capote. Sin entrar a confrontar, sin buscar la faena en que humille la testuz el contrapuesto argumento –antes bien componiendo la figura, citando a la acometida y hurtándose al mismo tiempo: como quien se afirma sin decir, en la danza sigilosa de su música callada.

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Elogio del agua en vaso

El deseo de escribir este elogio me ha venido en ocasión de un concierto de cámara en sala muy elegante de museo: con lienzos de borbones, con paisajes, con alguna Inmaculada. Allí, en alfombra que hacía veces de escenario improvisado, un conjunto de cuerda –viola de gamba, violín juntamente con tiorba. Y una brillante mezzosoprano, alternando sus arias con otras piezas de instrumento solamente. Entre tanto, y por humedecer los órganos fonadores, empinaba una botella de plástico con agua de manantial, o supongo. Y he pensado cómo sería, en un contexto tan culto, suplir tal menester mediante límpido vaso de cristal y contenido de agua –pues se lograría un tono más pictórico, de belleza más acorde al espacio donde sonaba la música. Como también, en cualquier lugar reducido o recoleto, el vaso tiene efecto de evitar el ruido gutural de fregadero –del agua que se derrama a gollete de la botella al galillo, con posición que la mandíbula obtura entreabierta y mirando con los ojos entornados a las altas musarañas.

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Hablando entre buenas personas

En los actos de comunicación hay un presupuesto que los filósofos llaman pragmático: la voluntad de comunicar –de proferir y entender. Lo que no es poco decir, sobre todo por las exigencias que de tal presupuesto dimanan: la primera, la veracidad que emisor y receptor pretenden y presuponen en sus actos locutivos. Pues sin esa voluntad compartida de decir la verdad y de confiar en quien de ese modo la dice, no es posible entender que exista el comunicar que se pretende: antes bien la confusión de algún modo intencionada, o la claridad que aparenta la retórica por la que el demagogo prevalece y tiraniza. También puede ser el caso de que sólo uno de quienes hablan cumpla con el dicho requisito: entonces hay quien dice verdad y se encuentra con un suspicaz que desvirtúa infundado su voluntad y relato, o con mentiroso eficaz que sorprende en una buena voluntad a quien –más o menos candoroso- lo escucha. También cabe que los hablantes puedan coincidir en honradez: lo que para muchos es rareza en la realidad común –o evidencia de que hablar presupone un universo donde haya buenas personas.

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