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Unos hombres que se van

He visto hombres como varales conmovidos en un ínfimo recodo de sus días. Porque –como sabrás si eres joven, o la vida ya te hizo- hay sinsabor para todos. Y no hay en ello un privilegio de nadie, ni tampoco desventaja. Pero advierto que una generación se está yendo –o no se va, sino la arrebata el tiempo, y que reputa un valor el mantener su entereza. Los mismos que, ya cediendo su vigor a la humillación con que lo afrentan los años, temen ante la oquedad del porvenir que todavía les resta. Y los veo sonreír –con la tirantez de un gesto: el que retira de la alegría su liviandad juvenil, para mirar lo que viene con escueta dignidad –o por venir, o postrera.

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Obsolescencia programada

Lo escucho como esos conceptos que suenan al ritmo inquietante de las modas. Y no digo que sea porque exista falsedad en la denuncia de estas prácticas de empresa sordamente fraudulentas. Aunque no resulta claro que se trate de un proceder novedoso, que no existiera de antes –el por qué de la insistencia actual en un asunto ya antiguo. Su martilleo percutiendo con insistencia obsesiva. Sobre todo cuando nuestra obsolescencia propia la inscribieron los genomas en los cuerpos de los hombres –de donde resulta el dolor de la conciencia: el conocimiento previsible de lo caduco del cuerpo –esa premisa de todo. O será porque en los objetos degenerables a antojo se advierte algo más que un menoscabo económico –el suicidio programado, la decrepitud rentable.

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La inspección educativa

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Por continuar con la educación, diré que no siempre se acierta a señalar su destacada relevancia política. En parte por un desconocimiento muy cateto u ordinario del objeto –viéndose como el trasiego cotidiano y conveniente de los niños por la mañana hacia el cole. Pero también por una adulteración de la conciencia civil de la polis: aquella que lleva a considerar la política como lugar de la transacción interesada que desnaturaliza cuantas realidades toca. Por ello vengo a defender que es tanto lo que se juega el Estado –y con él nuestro ser futurizo y venidero- que no debe descuidar la verdad y lo esencial de esta tarea. Con su visión general y su efectiva tutela. De aquí lo conveniente de que las leyes sean justas y adecuadas. Y de aquí lo sospechoso en aquellos –administraciones autonómicas, o grupos de interés contravenido- que pretendan limitar la inspección de cuantas cosas con los infantes se practican, se perpetran o se hacen.

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Para ser educadores

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Hay problema en la educación –si la gente de un país anda con consignas inducidas, y no sabe a ciencia cierta la verdad de lo que quiere. Pues educar también es algo así como trasladar la convicción de un legado –un quehacer comunitario a no confundir con la indoctrinación, ni tampoco con el adanismo de un educar rousseauniano. Porque al joven es preciso enfrentarlo con la decisión de lo que es y la aptitud para reconocer con verdad lo que seremos y somos –decisión recayendo en lo moral, como lealtad entre quien adviene al mundo y quienes alcanzaron a construir sobre él la morada provisoria de una verdad en lo abierto, y en lo interior de un misterio.

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El secreto de Uncastillo

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El auricular trasladaba una voz de varón, imperiosa como afable –nada, nada… procuren estar por la mañana, a las nueve, en la iglesia de San Martín. Les aseguro actividad y turismo hasta la hora de la comida. Era Pedro –así decía: encargado de la oficina de turismo de Uncastillo –en la comarca de las cinco villas: Tauste, Ejea de los Caballeros, Sádaba, Sos del Rey Católico y la que al principio he dicho. Provincia de Zaragoza. Y será de justicia añadir que el plan se cumplió con creces. Desde la de San Martín –en lo más alto del pueblo, sólo menos que el castillo: con su claustro y su nave de iglesia musealizada con no poco contenido. Y después, tras la visita al castillo, un recorrido parco hasta los restos de la sinagoga en el barrio verde –la judería que declinaba hacia el puente. Vuelta a San Martín, y un callejeo que terminó en el increíble románico de la de Santa María. Todo ello acompañados por un guía popular y campechano, con satisfacción de promocionar un patrimonio local meritorio y escondido. Comida en Casa Fortún –en la calle Mediavilla.

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El oso Ted (2012 y 2015)

El oso Ted tuvo su segunda parte en la pantalla. La primera, cuyo rodaje se inició en 2011 trajo al cine algo así como la ruptura de nivel de la que –para el poema- hablaba Carlos Bousoño. Cuando el contexto genera una expectativa de sentido –que después se ve quebrada de repente mediante la incisión o injerto de un sentido nuevo que todo lo modifica. Y vino a ser así en este caso: cuando el niño John Bennett pide como deseo navideño que su oso de peluche cobre vida para ser su más cercano amigo. Ese inicio que bien pudiera cuadrar en la ingenuidad de una postal de fin de año –o un anuncio comercial de coca-cola. La ruptura del sentido viene pronto en la historia –cuando el oso no responde a la convención mullida y facilona de un previsible buenismo: revelándose un amigo de lealtad contrastada, mas de lenguaje y carácter con impronta muy marcada y muy canalla. Y por ahí desenvuelve la historia sus anécdotas: con momentos que destacan la humanidad de una relación tan única, a la vez que poniendo ante la vista la vulnerabilidad de ambos y la ternura que engendran. Tanto éxito, que tuvo que venir la segunda –y no sólo prescindible- en 2015, pero ya respondiendo a lo más vulgar del tópico generado. El peluche malhablado y ordinario que es tomado como tema de un mal gusto. Con anécdotas que no alcanzan a la imagen de otras ya conocidas, y sin contexto que produzca al espectador -por su fricción- un sentido.

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