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Un hijo furtivo, un verso

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Los estudiantes designaban la zona granadina de nocturnidad y copas con este nombre: el territorio comanche. La calle Pedro Antonio de Alarcón, en primer plano. Donde las farolas escasamente alumbraban multitud de veinteañeros –abarrotando las puertas de locales de reunión y de bebida: gintonics, ron con cola, o cubatas entre otros. Un fenómeno casi de masas, que podría en futura ocasión sugerir otro post sobre psicología colectiva: agrupaciones movedizas como informes, locales exentos y con música estruendosa para usarlos sólo en pie –prolongándose a la acera y al asfalto. Relajado el autocontrol, desinhibidos un tanto como etílicos -uno a uno y en su dimensión de masa. Decía entonces el amigo FV que de ello sólo quedaría algún hijo furtivo, junto con algún buen verso: concreciones del valor, hacia la luz, a partir del oscuro pulular de la enajenación y el difusivo deseo.

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Divagación sobre el límite

La enfermedad –un estado vacilante. Una falta de firmeza, que así lo dice en su origen la palabra: in-firmitas, con prefijo que sustrae o negativo. Sólo que la explicación no resulta si se plantea a la inversa, pues no es enfermedad todo estado vacilante que se piense o sobrevenga. Aunque lo más inquietante es la experiencia que se sitúa en el límite: aquella realidad o experiencia ambivalente. Esa menesterosidad impropia, por ejemplo, que pretende su firmeza en una grey de cualquier género –entre adultos, y juzgando en derredor como un modo de demanda de adhesión, de censura en otro caso y de reclamo obsesivo.

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Lo que presenció el trascoro

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El trascoro de la catedral de Murcia hoy ha dejado un espacio bastante para obrar como sala de concierto. Con dos grupos corales, al alimón y enfrentados: la Schola Gregoriana de Murcia y el Ensemble Ecos de Sierra Espuña. Y también, en el centro el organista Luis Cantó gobernando un instrumento portátil. Este bellísimo espacio fue agrandado en una parte al derribar la fachada medieval, para edificar más afuera -y a expensas del espacio de la plaza- la actual impresionante que Jaime Bort levantara en el XVIII. Preservando en el trascoro la capilla de la Inmaculada erigida en el siglo anterior por el obispo Trejo con rico estilo barroco. En ese altar se ha situado la Schola, y el Ensemble frente a frente junto a la cara posterior de la puerta monumental que clausura el pórtico del perdón, o del obispo. El programa –polifonías de Palestrina, melodías gregorianas de claustro o de cabildo, un Pange Lingua y algún himno de Tomás Luis de Victoria. Todo ello tomado de los archivos de la catedral que digo, y conformando una misa –ejecución primorosa, recogida y estudiada. Si bien el final, Exultet caelum laudibus de Victoria, ensayó la alternancia de música polifónica y de canto gregoriano –con éxito discutible a los ojos de quien escribe. Lo que ha tenido lugar en presencia de esa talla de la Inmaculada –siglo XVII, de las primeras de España y anterior al dogma que le da nombre- con indumentaria rígida propia de la moda española de la época. Instantes portadores de un placer al umbral de los sentidos –a la vista, al oído y sus sinergias. Y el recogimiento que el entorno propicia y sus músicas extienden.

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Porque Teruel se despuebla

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En Mora de Rubielos –provincia de Teruel- el bar El Escalón pone mesas en terraza en las noches que hace bueno. En la plaza de la iglesia, flanqueado por su pórtico abocinado –arquivoltas apuntadas, de aire gótico. Apoyado en la puerta, el camarero con aire desocupado traba conversación con clientes de una mesa –un matrimonio de edad todavía no avanzada- tomando respectivos su pacharán a dos. Allí escucho comentar la incomodidad de la vida rural en esta provincia, por escasez de servicios esenciales y diarios. Apostillaba el camarero al matrimonio –que decía residir en Sueca- que esa localidad valenciana de al menos veinticinco mil almas ya supondría por sí sola una quinta parte de la población total de la provincia de Teruel. Unos ciento treinta y cinco mil habitantes, según dijo y he tenido curiosidad de cotejar en la página web del Instituto Nacional de Estadística. Porque es muy claro que Aragón –sobre todo Teruel- se despuebla. Aunque no es la única región que lo hace en el interior de España –desvertebración territorial, con pobreza y desarraigo. Otra noche y en el bar Fuenjamón –al amor de unas patatas bravas y una ración de pernil- pido una copa de vino: ¿Ribera del Duero, Rioja o Somontano?  Respondo que del lugar. Una ocasión que me dio a conocer un buen caldo cuyo nombre ya rebasa el límite de la provincia –de la vecina localidad de Rubielos, a unos doce kilómetros de allí. Quercus Rubus, de la bodega de Jesús Romero. Uvas Sirah y Garnacha –cinco meses en roble francés. Lo veo una buena iniciativa, por el caldo y por la empresa. Aunque no se enmendará este drama si no recibe un amparo a lo grande la iniciativa particular.

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Una empresa de política

De mi padre aprendí que las cosas siempre acaban por un hecho: un comparecer de algo que no nos mira ni pretende de nosotros cosa alguna. Porque no nos necesita, aunque nos tiene y pisa en nuestros escombros. Como la muerte es un hecho. Pero también lo es el poder –no de éste ni de aquél, sino el que nos tiene a todos. O digamos que el poder en sí, o sin concreción alguna. Donde acaban tantas cosas, como iniciativas tantas. Razón por la que no he estimado ser de gran inteligencia enjuiciar a quienes a él aspiran por lo que debieran ser. Mas por el precio que pagan por llegar –cuando los años desvelan que no hay lugar de llegada. Teatrillo en el que son guiñoles todos los comediantes –salvo quien entiende ese lugar como una escueta labor, aunque con ataque ciego de copia de figurantes.

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No sabían ser ciudadanos

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No veo mal que un grupo numeroso presione para algo y con medida a partido y gobernante, aunque no al funcionario ni a las cortes ni tampoco a la justicia. No lo veo mal –siempre que el motivo también pueda defenderse en argumento sosegado, con razones y con datos y con técnica. Porque el exabrupto sin más no es libertad tan sólo -de expresión en este caso-, sino afán emocional e impositivo. Por afirmar la reivindicación que se basa en la razón y es democrática. No así ese pisotón que se organiza y clama.

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Un dejo murciano en la Alhambra

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En el siglo XIV el patio de los arrayanes puso un refinamiento nazarita, y a lo grande, en el que Ibn Mardanis –el rey lobo, dos siglos antes- disfrutara en el Alcázar Seguir de la capital murciana. Por lo demás en el siglo en que esa obra se erigía en el seno de la Alhambra, ya se levantaba en Murcia el convento real de Santa Clara sobre lo que fue el alcázar –pasando el patio palaciego a ser solaz de clausura. Hoy se puede visitar en el museo de Las Claras, junto a restos musulmanes de la ornamentación y su fábrica –y también junto a una muestra del patrimonio religioso que la congregación atesora. En el patio, una alberca central –que en tiempos alimentaban las aguas de la Aljufia, una de las dos acequias grandes de la huerta- con celosías laterales separadas del estanque por arriates de arrayanes. Y pórticos que flanquean los extremos –modelados por un torneado gótico en los vanos que da un aire de otra historia. Como un corazón diminuto que aún late y que nos trae lo que fue –un respeto de los siglos, y una palabra discreta a nuestro tiempo presente.

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