La de Ferraz

A cara de perro la batalla en el comité federal de este partido. Para mostrar que, en el núcleo central donde se disputa la posesión del poder –poco importa lo demás, o el resto es desinencia. Sólo que esta vez, sin la reserva que invistió de una apariencia de sacralidad, de nobleza o altruismo la misma pretensión en siglos anteriores. Como en más recientes lustros, o en años -y en meses mismamente.

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La expectación de una espera

La dulzura con que hablan los hombres que por amor maduraron –por un amor de la luz, del sosiego y el saber, por un amor demorando su trabajo sobre sí. Quienes portan ese aire aquietado en el cristal de un respeto: la expectación de una espera, sin afirmación rostro a rostro ni poder en las palabras que se cruzan. Una aquiescencia que invita a penetrar en su mundo: provocando el sinfondo abisal y compartido de su propia comunión.

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Con impunidad divina

El cura del lugar, al atardecer y en la plaza de la iglesia, en un banco conversaba con un par de inmigrantes musulmanes. Quienes denegaban las palabras con que el clérigo buscaba persuadir del perdón venidero de toda acción inicua. Tal si Dios asumiera la maldad, en una pacificación final de iniquidad o violencia que unos ejercieran sobre sí o sobre los otros. Y no aceptaban tal los antes dichos musulmanes –por si ello supusiera consagrar la impunidad en el mundo que tenemos, y en el otro. Como una obturación de la conducta responsable en el transcurso de los siglos  -por los siglos, y en los siglos de los siglos.

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Un pueblo, o un potosí

A Luisillo Pasoslargos los vecinos lo veían caminando con frecuencia y paso raudo por la calle mayor de aquel pueblo de mediana población –entre villa populosa, y ciudad casi o apenas. De inteligencia mediana, era célebre por su cabeza inclinada mirando a las baldosas entre tanto caminaba priesamente –por su convicción inveterada de que habría por el suelo menudas monedillas, en ocasiones billetes que algún transeúnte extraviara en su descuido. Luisillo siempre aguardaba con secreto la ocasión venturosa del hallazgo. Decíase que incluso con fortuna, pues de tanto en tanto se lo oía proclamar al ritmo de sus pasos: cinco euros, dos euros, dos céntimos a la buchaca. Y era tan frecuente el oírlo, que muchos reputaban insólita la suerte de su vecino. Hasta el punto en que algún cuerdo se ceñía con disimulo a su rutina y su paso: por si la ventura le deparaba anticiparse en algún menudo hallazgo. Incluso hubo día en que una mujer rozagante, cargada con dos bolsas de la compra en ambas manos, lo adelantaba por la acera –y regresaba con paso aturdido y ávido para pisar posesiva un billete que se veía en el suelo. Una vez la usucapión se hubo consumado, explicaba a los otros transeúntes: pues ayer, poco más adelante, encontré otros treinta euros en el suelo –entre gentes que en su entorno conversaban sin saberlo. Un pueblo, o un potosí. Cada vez con más y más paseantes brujuleando en la prisa de sus pasos.

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El lector que ya no era

Verás, lector sin libros tantos años, que el ocio de las horas cuando el trabajo te ocupa tu corazón y la mente… ese ocio sin libros –sin ausencia de lectura, por su olvido- empequeñece tu mundo en las paredes desconchadas y estrechas de las cosas ya sabidas. Sin que brille la transgresión que acecha más allá del pensamiento –estéril, infecundo a fuerza de no pulsar su límite: imaginación y ambiente que se envuelve en su polvo, o se encierra sin ventanas en su anhelo.

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Los tiempos del periódico

Las primeras veces que frecuentaba la redacción del periódico –buscando la alegría de que fuera publicada la columna, el artículo que escribí con escrúpulo infrecuente entre autores juveniles. El jefe de opinión amable siempre, acogedor y distante como juez que dirimiera el entusiasmo que las letras consignadas ocultaban. Y al siguiente día, y al posterior –y al otro, incluso al otro en algunas ocasiones-, la visita a la barra del bar, al tenderete del kiosko por ver si la palabra entregada por escrito oliera a rotativo, a pasta de papel y a tinta reimprimida. Hoy, con un click de ordenador la publicación se expande universal por los plasmas –con la satisfacción inmediata del contador que, transitorias y efímeras, registra una a una las visitas.

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