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No más poesía

Por su definición la poesía es un estado transitorio, aunque a algunos les perdura de por vida. Y lo escribo incluso viendo a un lector afear esas palabras, como si fueran una pobre estratagema: justificar el aserto llevándolo a un lugar indemostrable –el final de la poesía en una vida imaginaria, más allá de los años concedidos. Pero que la poesía sea algo transitorio viene dado en su concepto –pues la poesía es la muerte: una irrealidad que nos hurta de las cosas que nos hacen pervivir –las de la necesidad primaria. Y por ello, incluso en los periodos más poéticos de una biografía cualquiera, la poesía es lugar del que se viene y que va –de donde se regresa a lo ordinario la mayor parte del día. Por mi parte, diré que ha ya tiempo que reputo la poesía actividad completada. Aunque los hay también que se empeñan en mantener su apariencia –imitando el quehacer de versos que otros hicieran, o imitándose a sí pasado. Con flojedad de un estro que en otro instante existiera, o cansino como estilo que decae o que se allana.

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El meollo del mal

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Hubo ya quien escribió que la banalidad es el meollo del mal. Una afirmación que una tradición muy católica recibiría con sospecha –pues durante siglos lo personificó en una esencialidad diablesca, y lo concretaba en actos que los hombres perpetraran: lo visible del pecado. Pero esta banalidad constitutiva de la que hablo ofrece una visión distinta: como constituyéndose el mal en la ausencia de significados y sentido. Cuando todo tiende a una homogeneidad sin coste y al alcance de cualquiera –y por tanto irrelevante. Tal si se vaciara el mundo que hasta ahora conocíamos –su consistencia diluida y evacuada en un modo de atanor o de desagüe. Lo que se ve con alguna claridad en internet –este medio. Cuando cualquiera tiene a su alcance ser cualquier cosa, sin precio alguno: escritor, artista plástico, intérprete musical, crítico de literatura, vulgarizador científico… y añádase cualquier cosa que aquí mi imaginación no alcance. O mejor, sólo a este precio: la supresión del valor, lo equiparable sin esencia ni contorno. Y todavía a otro precio hacia afuera de este plasma: el saqueo de la producción auténtica. Un vacío aspirando todo valor hacia lo insustancial del espacio cibernético, o la internet: la irrealidad invasora de un afuera.

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De mi diccionario: ‘filólogo’

Quien profesa un amor por las palabras –realidad material de ondas sonoras, de trazos que la vista desentraña. Pero material no sólo, pues transporta un orbe de sentido que se extiende y desenvuelve en suelo humano. Amante de los sonidos, de la escritura y sus signos, de la corrección casi aritmética que sostiene el edificio de la lengua. Y amante asimismo de lo que el lenguaje encierra –ese juego infinito de las cosas que fluctúan, universo que se inventa y se reinventa en cada inicio, caleidoscopio de sí y desconocido abismo.

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CuotArt

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Al aire libre y ayer, en un recinto civil mitad monumental mitad solemne, cada uno de los asistentes al concierto imaginó su motivo de acudir. Era la segunda edición de un ciclo estival que se dedica a la música clásica –bajo el nombre de MurciArt. El programa para esta velada obedeció a un concepto anunciado previamente: la mujer compositora. Obras de Fanny Mendelssohn, Clara Schumann y Laura Valborg Eulin. Planteamiento que se me hizo ya sesgado de antemano, toda vez que de un concierto no cabe esperar en primer término sino una calidad en contenido y, en criterio, una preferencia musical. Y debo decir que en ninguna de ambas expectativas satisfizo el repertorio –unas composiciones dudosas en virtuosismo y carentes de carácter, alguna frase acertada y algún juego rítmico alguna vez. Al margen del interés en la ejecución. Como una selección fundada en criterio muy de género, y no tanto musical. Lo que no da para más que satisfacer alguna que otra curiosidad divertida –pero no para evitar con solvencia el abandono paulatino de las sillas entre el público, el tedio recalando tanto en tanto, y el entusiasmo endeble ante el mérito voluntarioso de instrumentos y músicos. Eso sí –pudo asistirse en instantes al pulsar decidido del piano, a manos del gran Ludmil Angelov.

Teología fundamental

El cristianismo ha querido siempre fundarse en el sustrato natural de cada hombre. Y no por entender que la revelación que porta sea realidad terrenal, sino experiencia a partir de cuanto los hombres son –como terreno de arraigo, y tal lugar de intercambio y respuesta. Y de ello es signo evidente que en los estudios teológicos haya asignatura que así se denomina: teología fundamental, la que busca cimentar todo constructo ulterior en la razón natural –que así la llaman, tal si pudiera haber otra. Pues bien, si he traído este exordio es porque –tras lo que llevo leído, madurado y recorrido en los años de experiencia que ya tengo- me veo en situación de ofrecer este aporte. Y lo diré de antemano: que el cristiano está sólo en situación de afirmarlo cabalmente y dar razón de su experiencia desde una atalaya madura. Lo que no viene necesariamente con el cumplir de los años. Y lo afirmo por entender que sólo una madurez nos permite aceptar que la verdad –noción inseparable de la fe de que hablo- aquí tiene este solo sentido: lo que estamos dispuestos a aceptar serenamente. O como diría Pascal, una apuesta –no arriesgada, no dramática, sino tal cayendo a plomo: la única que ese creyente acoge porque ofrece una luz de congruencia, y porque ello es lo que en su adentro desea. Sin otra demostración, y con sólo una refutación posible: quien conlleva su vivir –sin una apuesta global, y con valor circunscrito a cada experiencia y cosa.

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Lo exacto de una mirada

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Una simple mirada con descuido, en un entorno, busca un orden sin saberlo. Como queriendo los ojos ofrecer al pensamiento una serie inteligible de impresiones –en lo que ya hay un acto de inteligencia, pero aún no la abstracción que conduce a las teorías. Algo que opera de manera muy visible en una pinacoteca –donde las obras se ordenaron con criterios muy teóricos: la cronología y el autor, digamos por un ejemplo. Pero estos meros criterios hablan sólo al pensamiento sin que intermedie el sentido –aunque es cierto que produce ese criterio una homogeneidad, como un aire de familia. Sin embargo una pintura obedece a otra razón más inmediata: el lugar de observación con la mejor perspectiva. Con lo que he visto acaecer la tiranía de las fechas ubicando un Sorolla juvenil –por traer un caso- en el peor lugar y el peor punto de vista. Una impresión que percibe inmediata y sin fortuna la mirada. Obrando así ese lienzo como si un verso fallido, o una mala disonancia.

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Por un deseo de escribir

Hay una prueba de que escribir no es acción instrumental en cualquier caso, subordinada a otra finalidad diferente de la escritura misma. Y esta prueba consiste en la dificultad, a veces, a la hora de encontrar el tema –porque hay un deseo de sentarse ante el teclado, de expresarse, de degustar la emoción de la belleza que adviene. Ese deseo para el que un tema bueno, rotundo y acertado, es la ocasión feliz de otra cosa que importa más allá y que lo precede. Y esta prueba no es tan sólo un argumento psicológico, sino más allá un apetito natural –como lo es el de amar, o de ingerir alimento. E incluso testimonio de un algo que se encuentre en la otra orilla: lo inacabado de un ser, en busca de completud y anudado a un inconcluso deseo.

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