El aprendiz de prosista

Escribía como hablaba, el aprendiz de prosista. Ignorante tal vez de que la prosa se aprende –que no basta con abolir la censura del registro coloquial e improvisado, donde la literatura nace. Porque desconocía también esa realidad que no niegan los más sabios: que se habla también en verso, con ritmos y con cadencias. Como el corazón que late sin pretensión de afirmar ni de negar la cultura: aunque se lo escucha –no bello, ni coloquial- como quien escribe un verso.

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Leganés… ¡de donde el monstruo!

Así era la humorada de hace años, relatando una conversación ficticia entre un oriundo de Madrid y contertulio con bastante despistado. Que me viene a la memoria cuando leo en internet una narración curiosa –y rayana en lo fantástico. La del hallazgo, mediante robot submarino, del monstruo del lago Ness. Claro, que el prototipo originario construido para el rodaje de ‘la vida privada de Sherlock Holmes’ (1969), film que dirigió Billy Wilder contando con Robert Stephens y Christopher Lee. Un prototipo construido con un cuello y dos jorobas –cámaras de aire para facilitar su flotabilidad. Pese a las advertencias, el director prefirió suprimir las jorobas, lo que causó su hundimiento en las profundidades lacustres donde el robot lo habría de encontrar. Así como su sustitución por un nuevo monstruo de cabeza y cuello sólo, cuyo rodaje se circunscribió a un tanque de agua en estudio provisto para la ocasión. Una curiosidad –fantástica en su aspecto, al menos- con fotografías para consultar aquí.

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Los huérfanos de los dioses

Aquella juventud, cuando un libro bajo el brazo aportaba por sí mismo un aura intelectual -y, difusamente, una apariencia de izquierdas. Cuando se reconocía un valor al intelectual superior a los demás, porque apartado. Como una versión admisible y secular del clérigo, mudando vocación en fingida militancia. Porque en el fondo, no tantos paseantes con el libro alcanzaban a creer ni profesar lo que con su aparentar buscaban, pues con unción se aceptaba lo ingenuo de esa impostura –de la que se rentaba poco, salvo casos singulares amparados en el viejo proceder de una recomendación que se obtuviera de parte. Después, se derrumbó todo ese mundo y su mito –con menosprecio del cielo en cuya fe se fundaba. Y entonces se alumbró esta luz crepuscular donde los huérfanos de los dioses sobreviven desnortados.

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Cómo va el astro de Arnold

El amigo IMG ha escrito en su facebook a propósito de mi post anterior –referido a Schwarzenegger. Para decir que su astro fue decreciente, acabado. No argumenta como lo haría el común, tomando distancia del género fílmico menor que su trayectoria encarna, más aceptando el género para dibujar en su interior la trayectoria menguante. La desenvoltura de su comentario en red, muy propia de quien es conservador a fuerza de liberal y de culto. Y con la ausencia de dogmas que conviene, por derecho, a un buen católico.

 

Arnold Schwarzenegger

En los films de Schwarzenegger las cosas suelen ser claras. El lugar donde está el bien, y el combate contra el mal. Y en ello y como rasgos heroicos: la decisión en el rostro y en el gesto de quien no mira ni a su derecha ni a izquierdas, la fuerza y el semblante soberano de la imperturbabilidad. Así, adentrarse en sus películas tiene de tranquilizador el conocer de antemano que siempre habrá un buen final. Todos los ingredientes para producir –film a film- el tedio ante la pantalla, si no fuera por los efectos que se sitúan más acá del límite de lo posible, y la identificación con un mundo resolutivo que –sin denegar su conflicto- se entrega al espectador como una razón total.

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En un secarral de España

Con casi cuarenta grados, en el coche y por un secarral de España. Una afirmación que, hoy, bien pudiera suscribir prácticamente cualquiera. Sin duda con la certidumbre de veranos cada año más frecuentes, que delatan la tendencia que unos creen acelerada. Hasta el punto de que hay una impresión de que, al menos en fechas, la temperatura tórrida no respeta ni distingue la variedad de climas y de regiones que adornaran otros tiempos nuestra extensa geografía. Por traer aquí un acaso, el verano que pasó recuerdo una o dos noches –de paso por Valdepeñas- donde la calor plomiza denegaba hasta el resuello: no la fresca claridad de los relentes manchegos, mas un calor muy más propio de lugares alejados como Sevilla, o tal Murcia, como Córdoba o en Écija.

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Por el amor de lo simple

Piensa uno que la vida debería ser como cosa algo más simple. Y no digo yo que más fácil. Entendiendo que es simpleza que lo que resulta odioso o noble se presente como solamente es –sin la complicación sentimental de un silogismo barocco. Y, por eso, considero que hay belleza en los saberes aquellos que, de la realidad, muestran tan sólo un esquema: matemáticas o lógica, derecho -o leyes de la armonía. Sólo que esta consideración suele advenir con el paso de los años –cuando el barroquismo sensorial de una juventud que se desnuda y arrolla cedió su pretensión a la quietud del cálculo desnudado, y del nítido concepto.

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