Un por qué de tantos blogs

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Habrá quien busque notoriedad al escribir en la red –pudiera ser un motivo cuando tantos acuden en los grupos, comunidades y páginas publicitando enlaces a su último magín. Aunque esa pretensión sin auxilio de otros medios es frustrada de antemano, como quien plantara puesto en plaza con multitud de parlantes y pretendiera entre ellos que por sí misma su voz no fuera tan sólo una más. También habrá quien afirme que lo hace por un placer solipsista –el de escribir para sí. Aunque entonces, no se advierte qué los lleve a publicar. En otro sentido, no creo que haya muchos que pretendan por este medio dar a sus textos una opción de perdurar. Con lo que este post encalla en un punto ciego –sobre todo cuando su lectura a buen seguro será frecuentada por escritores de blogs. Aunque también es ocasión para entender que internet haya llevado a una visibilidad democrática el sinsentido de la literatura, como una orientación de filósofos siglo XX ha venido a postular. Por mi parte, entre todo cuando he dicho, cuenta que la palabra ociosa no acontezca –salvo como placebo que haga tolerable aquello que disimula: el sinsentido de la seriedad mayor.

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En un breve desafío

Es fácil imaginarnos como siendo enteramente descreídos. Incluso con convicción, cuando el orgullo de sí mismos se vio herido por el dardo proveniente de algún otro. Entonces, la mirada en derredor puede incurrir en el desvarío del desdén o en el error del desprecio –un modo para afirmar la imagen de nosotros que creemos contrariada. Pero todo ello no es sino un modo de mirarnos, pues la realidad es otra: que no podríamos subsistir sin otorgar algún crédito esencial a quienes nos caen de alguna manera cercanos. De ahí que siempre permanezca abierto el flanco vulnerable de la decepción, o el saberse traicionados. Un riesgo que rodea, como tantos, los momentos que se abren cada día –y que acaece, un instante, amenazando la integridad del imprescindible suelo. Como un fugaz desafío que se cumple, cuando la precisión de vivir fuerza a restañar la integridad de su poderoso instinto.

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Celosías para ser comentadores

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GCF es lectora del blog a través de los ciberespacios infinitos. Como también presencia que acontece tanto en cuanto, por las redes. Para comentar en la mayor parte de casos, cuando la publicación de un post da al comentador la ocasión de traslucir inteligencia distante y un concordante gracejo. Artes no sencillas de lograr en la escritura, a lo lejos –donde el lenguaje se produce sin apoyo de expresiones gestuales o habla sin ser de nadie, como Sócrates dijera. Y también cuando quien escribe juega a esconderse en medio de las palabras, o tras un desmerecimiento que aparenta de sí propio –celosía para ver y no ser visto, sin afectación de humildad ni reclamo de modestia mismamente.

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Una velada en la ópera

La Ópera Nacional de Moldavia ha traído hace días la Norma, de Bellini. Y no está mal pues tengo convicción de que la oferta de espectáculos operísticos, siendo como es esfuerzo de ensamblaje y concurrencia de factores tan complejos, constituye de por sí acontecimiento destacable en lugares cualesquiera. Por lo que hace a la escenificación que digo, encontré una ejecución correcta en la música del foso y desiguales las voces, con mérito dispar y con logro diferente. Como también percibí en el coro, en los duetos y en los solos, una dificultad en lograr la sensación de llenado de la escena –lo que adviene, cuando llega, como un don de las artes conjuntando en una impresión los matices del vestido, de la música, del cuerpo que se planta o se desplaza, de los concordantes gestos. Con todo, la evolución de la obra satisfizo al respetable. Incluso en las costuras del libreto, donde los personajes encuentran dificultad en lograr la unidad psicológica del carácter –sujetos a unos afectos mudables en ocasiones, sin madura proporción y sin causa ponderable.

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Desde Picasso a Sorolla

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En pintura han coincido en Murcia dos buenas, muy buenas exposiciones: la muestra Destacados, colección de Telefónica en el palacio Almudí, y una galería de un no muy común Sorolla –Tierra Adentro, en el Museo de Bellas Artes (MUBAM). Dos secuencias de pulsos muy divergentes: Telefónica aporta el vigor de las vanguardias –donde el atrevimiento del estilo es trazo vigoroso y decidido en Tàpies, en Picasso, en Juan Gris, en Chillida y también en algún otro. En Sorolla, por su parte, se contempla un recorrido en los adentros de la geografía de España, donde paisajes declaran la desnudez de la roca, lo bermejo de la tierra, el ensayo de color con motivos vegetales, la variación en los blancos de la nieve según las horas del día… El personaje, siempre diminuta anécdota diseminada en la estampa –la ocasión en que acaece. La proximidad urbana de ambas exposiciones, en lugares de entorno tan diferente, produce la sensación de una mano que pasa súbita de agua gélida a templada. No por la cualidad del frío mas por su tersura todavía no metálica, por su exigencia formal, el avanzar de la arista. Lo templado de Sorolla –pese al motivo invernal en algunos de los lienzos- lo postulo por la complicidad emocional que persigue y con persuasión alcanza. Sin provocación a los ojos circunstantes -como una propuesta familiar: novedosa a un espíritu no moderno todavía, pero abierto par en par a un paisaje siglo XX.

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Los vientos de una discordia

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Buena parte de las discordias, tengo para mí que provienen de un olvido o menosprecio de los hechos. Esos datos que no son tozudos tan sólo, sino también elocuentes. Y es prueba de lo que digo el empeño por amontonar sobre ellos toneladas de emociones y falacias –por desfigurarlos, cuando no por reducirlos a invisibles. O el frenesí con que se tuerce su verdad con batería de sofismas. Cuando lo serio y lo adulto será siempre reconocer la realidad, su presencia y su principio –los que se imponen por la razón solamente de su fuerza. Un positivismo ineludible que tendrá como premisa la honradez sin subterfugio, sin ánimo impositivo.

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Como se miran los niños

Los escasos años de la vida de un infante, son para él su entera perspectiva. El universo en el que cada momento de su presente se integra. La referencia global de todo su conocer, y de cualquiera sentido. Cosa de la que el adulto se olvida fácilmente. Sobre esto, un juez de menores me comentaba un día –acerca de la gravedad que comporta una condena de internamiento de meses: lo que supone en el peso completo de la vida que ese menor ha vivido. La cuña descomunal que el tiempo de reclusión encaja como un golpe en su experiencia. Como también, en asunto menos grave, anoche oí comentar en un programa cómo para los ojos de un niño Halloween es una fiesta indistinguible de las que existen entre nosotros desde siglos, o de siempre. Lo que traigo por no olvidar que la vida es también, en tantas cosas, un hecho de perspectiva. Yo recuerdo sobre ello, que la vida transcurrida entre los seis y los doce años contenía para mí experiencias y acaeceres en magnitud superior a los de periodos más extensos del tiempo que ha seguido hasta la fecha. Y sin embargo, esa vida posterior en nada anuló ni corrigió la perspectiva que para sí contenían aquellos años. Ni la voluntad de ser otro que mi tiempo iba afianzando, ni la mirada distante con la que mira un adulto.

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