Perspectivas sobre el odio

El moralista se esforzaba en evitar lo doctrinario. En su enseñanza, y en la exhortación también cuando procuraba aplicar en lo concreto los preceptos que defendía y brindaba. Y para ello no hallaba más eficaz artificio que reducir toda reglamentación de los actos de los hombres al denominador de una naturaleza común, universal y benéfica. Como si una armonía, previamente establecida, conjuntara en perfección el orden de los preceptos con el de la sociedad y el orbe más personal –interior y propio de cada uno. Y así, dentro de esa vulgarización y empiria que usaba de fundamento para dictar su enseñanza, afirmaba que el odio une a dos personas con vínculo más fuerte que el forjara el amor –obteniendo aprobación de los oyentes, que aceptaban reconocer por unión la que inventa un odiador con su cadena de hierro.

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Un apunte sobre España

Ramón Menéndez Pidal, el muy erudito, ya afirmaba que el desastre peor que la ocupación islámica dejara para el futuro de España –no fue sino la fragmentación de la unidad preexistente de los tiempos visigóticos. Sobre todo con la emergencia de reinos occidentales y orientales al tiempo que se hacía la reconquista. Y no digo que no, aunque veo la explicación sobremanera simple. Porque, para ser corrosiva, esa fragmentación precisaría el posterior surgimiento del concepto de nación como realidad sentimental de tribu. Y después unas burguesías nuevos ricos apropiándose el sentimiento para forjar identidades que se inventan -contrahechas. Entre tanto, la unificación política fue empeño renacentista de vocación moderna. Como el centralismo borbónico cuando Felipe V -aportación, la mayor si no entre las solas de la dinastía francesa. Una voluntad de afirmarse y de ser que hicieron moderna a España –frente al suicida austracismo que erige en ideales los cantones.

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De fiestas en Calasparra

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Una visita a la localidad murciana de Calasparra me ha movido –por motivo que insinuaré- a consultar en internet la evolución de su censo. Según datos, y ponderando evolución y contexto regional, una localidad de una población estable -aunque manteniendo en el conjunto un ya largo estancamiento. Lo que vengo a referir por la impresión que el ambiente del lugar ofrece a quienes llegan de fuera: como un pueblo circunscrito en lo social donde todos –con un tratarse ancestral- entre ellos desde antiguo se conocen. Algo así vine a advertir en el ambiente por los bares y terrazas de la noche, en el día de la fiesta: animación bulliciosa, pero como quien se sabe entre los suyos y en casa. O quien desde su amplio recibidor reconoce al forastero. Una nítida impresión que tuve por grata y acogedora –por la hospitalidad que con ínfimos pretextos delataba el trato recibido de cualquiera en ocasión ordinaria.

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De sillón y democracia

Parece que no resulta hoy correcto decir que la democracia deba ser tomada en sus justas dimensiones. Y que tiene sus excesos y medidas, tal sucede con el resto de las cosas. Pues de Sócrates acá resulta claro que la razón no se mide por el cómputo acumulativo de diversas opiniones. Como también que cualquiera no es piloto apropiado para conducir la nave. De donde resulta que el eslogan de políticos que de la cosa viven es capcioso en ocasiones, cuando prometen lograr más democracia cualquiera sea el punto de partida. Pues la democracia puede morir de sí misma –cuando el principio de la valía o del mérito queda en el rincón de las cosas evitables. De ahí la convicción de que partidos habituados a obrar con principios diferentes, prestarían un servicio democrático si llegaran a ser los filtros verdaderos para acceder a lo público desde la capacidad y el mérito sobre todo –instrumentos políticos para encauzar la voluntad popular, haciendo imposible la deriva demagógica. Un ideal inasequible hoy por hoy en partidos colocados en sillones confortables, y gestores de aquejadas democracias.

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Un recorrido por Lorca

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Cualquier localidad busca hoy señalar una historia que mostrar y un patrimonio. Bien se sabe que de eso no se vive solamente, aunque ayuda a situar el lugar entre los otros del mapa. Pero hay lugares que por sí mismos destacan –conjuntamente con el esfuerzo de recuperación empleado mucho tiempo. Merece la ocasión mencionar a Lorca –la ciudad que reemerge después de reiterados terremotos cada mucho entre los siglos. Allí, una visita guiada y muy somera por las calles y unas plazas es suficiente a mostrar el interés de regresar con atención más pausada. Entre el grupo visitante –gentes de interés muy popular, para nada culterano-, el surgir de un gusto desusado y verdadero por lo que la historia trajo.

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La sorpresa de las siete

De las siete de la tarde. Esa sólita hora en que la sorpresa acaecía cada día, al final de la jornada. Con su recurrente acontecer, imponiendo su monótona cadencia en cada fracción de tiempo que habitara el calendario. Un jalón que organizaba en su eje el resto de aconteceres –el ánimo con que K. afrontaba su experiencia una a una, y el todo de sus tareas. Un más allá o más acá de las horas y en los días –tal sucede con un faro orientando para nada los pasos que no se dan, en la arena intransitable que pronuncian los desiertos.

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Miradas de este bloguero

Siendo de naturaleza curiosa, como me dicen a veces, recorro la experiencia ordinaria de las cosas atento a ciertos detalles que se muestran a la vista para todos –pero que una atención descuidada no percibe de común en muchos que por ahí pasan. Me refiero, por ejemplo, al gesto de una madre regañando inusual e hilarante a su niño en medio de multitud que por allí se arracima, o a la tendera castiza que regresa del fondo de su tahona secándose en el mandil las manos mientras se escucha por el fondo el agua de una cisterna, o el gesto orbicular de las cuencas de los ojos en aquella cultiprogre jovencita mientras habla de sí misma… Detalles que hacen de la experiencia un mosaico de relieves que se muestran y caducan. Supongo que, desde aquí, se leerá con mayor ilustración el subtítulo del Blog: anotaciones de un paseante. Efectos de quien se mezcla entre las cosas y gentes, mas conserva una distancia. Y así, vengo en recordar los años universitarios cuando trataba con jóvenes militantes de una bancada o la otra –los menos pues los más sólo vivían aunque, como la moda imponía, decían que militaban. Entre aquella multitud aprecié con no pequeña frecuencia un gusto en hablar de sí en militantes de izquierda: sobre sí o de sus ideas, como precisión de proclamar ante todo y ante todos que en lo público y moral se ocupa el lugar correcto.

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