Fábula moral desde el aire

Lo que va del trinar del pájaro al zumbido del insecto. La alegría gutural de tantas aves al atardecer de los días en primavera –cuando se pueblan los aires con acordes afinados, diferenciados y etéreos. Y entonces –en el oído- la impresión de brisa fresca, vegetal, acariciosa, ingrávida y envolvente, de agilidad volandera. No así la tozudez del zumbido –el tábano, el moscardón, el abejorro, la abeja. Los que llegan con sofoco como de hora de la siesta. Un batir amenazante de los élitros, de pulsaciones menudas y de irritante presencia –invasión territorial de nuestro espacio seguro. Por señalar lo que va de la alegría cantarina de las aves en su aire y su distancia, al tostón de quien acude impositivo y obtuso. Impertinente y ajeno.

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Una historia que la música renueva

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Pasó un tiempo en que los pueblos dispersados por la geografía de España vivían en un grande olvido del patrimonio, de la historia y la cultura que con frecuencia poseen. Un desprecio, casi incluso, asentado en pobreza e ignorancia. Fue cuando los monumentos padecían desgranados, se enajenaban los bienes que los tiempos nos legaran, e incluso en algunos años se incendiaba todo archivo, todo mueble y todo arte que tuviera un sentido religioso. Con sus héroes, sin embargo. Por traer un caso, hace mucho que me relataba un médico de Santomera -población de la vega baja, río Segura- que fue su intervención la que salvó de las llamas el órgano parroquial amenazado por piquetes ignorantes al final de la República. Ese instrumento musical, datado en los inicios del siglo que se nos ha ido, lo conocí en estado de inservible. Incluso en momentos en que se intentaba confeccionar un catálogo de órganos de la Región de Murcia, lo visitó Enrique Máximo –un amante apasionado y entendido de la música. Sin embargo, no eran tiempos de abundancia suficiente para emprender su recuperación por entonces, sobre todo habida cuenta de que el órgano de la Catedral permanecía todavía asimismo impracticable. Hoy, el amigo Carlos Rafael Pérez me comenta el concierto que brindó hace días con el instrumento restaurado y mejorado en medida: con aportación mecánica que remedia la lentitud del órgano original –que lo hacía difícil para el concierto-, e incluso con la adición de registros que le confieren versatilidad y alcance. Y con la iglesia al pleno, me decía –lo que revela asimismo una olvidada conciencia del arte y el patrimonio.

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Nada

Escuchar esa palabra, ajena a cualquier contexto. Cayendo como caería un vacío en el seno del vacío: sin gravedad, sin inercia, sin peso y sin relevancia. Una nada pronunciándose en el seno de una nada. Pues el proferirla no deniega la existencia de las cosas, sino que clausura un orbe –el mundo, y sus referencias. Y por eso fue dicha en el afuera del decir y del lenguaje. Significando, rotunda, el vacío –no de esto ni de aquello, ni tampoco de palabras, ni de deseos, ni pensamientos ni nada.

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Acertadamente buenos

Hay modos diferentes de ser, lo que se dice, buenos. Y depende cada cual de la idiosincrasia del sujeto de quien eso se predica. Pero quizás el más torpe es aquel que hace de la bondad disposición habitual de sí mismo, y posterga día a día su conveniencia propia. No porque haga dispendios desmesurados de su persona o sus bienes, mas por los muchos detalles cotidianos en que sacrifica diminutos intereses por favorecer el bienestar de otros. Y hay en ello un enorme desacierto –pues no siendo advertida esa actitud de parte, se convierte en débito imperceptible que los demás suponen tal se presume para respirar el aire. Y entonces la bondad llega a ser un abnegado heroísmo para resultado escaso –la comodidad ajena degradada en exigencia indebida y onerosa. Otra cosa será quien reserva su bondad para casos no mayores pero mucho más precisos, a demanda consciente, voluntaria y expresada. Aunque retirando en un modesto repliegue la liberalidad en que su don consiste –y que manifiesta por sí sola su grandeza.

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Homenaje a un lector americano

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¿Imaginan un lector que sobreviniera, frecuente, desde un país alejado? Como que de vez en vez recorriera unos cuantos de los post –más de mil seiscientos en el día de la fecha. Y sin nunca mostrarse ni dar cuenta de quién tenga ese interés, ni el motivo de que acuda a esa lectura. Lo que traigo por imaginar tan sólo –por pensar una distante amistad que las letras no intermedian. Anónima y aquietada.

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Un músico francés, por España

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Hay historias que se escuchan, pero que todavía no se encuentran si se buscan en la red. Como la que un miembro de asociación musical refería sobre el origen del órgano del convento en la población de Liétor –un instrumento a la venta en una iglesia francesa, que adquirió para este lugar de España el gran Francis Chapelet. Y la posterior suscripción popular para sufragar el importe de este modo adelantado. Lo que supuso un motivo más para el disfrute de asistir hace días a un concierto en dicho órgano –y a cargo del maestro precitado. Allí, un repertorio deliberado aglutinando piezas para ejecutar a órgano pleno –insuflado por entero el corazón del instrumento. También sabrá el lector que Francis Chapelet ha hecho méritos enormes en orden a preservar la cultura y la afición en estas músicas por los lugares de esta nación nuestra, tan notoria a estos respectos. Entre otros, su impulso en la recuperación del de la iglesia de Torre de Juan Abad –comienzos del XVIII, y original en casi todas sus piezas. La Fundación Chapelet, en Tierra de Campos, cuenta también con un órgano a sus expensas –sometido asimismo a popular sufragio, y que reproduce en su fachada el órgano de Covarrubias, primero que el músico visitó en su inicial periplo juvenil por nuestra España.

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Sino sólo por ser sol

Se hace por otros, por altruismo o afecto, lo que el alma nos pide que así hagamos. Y no por una espera de ser recompensados –aunque la imaginación escoja con frecuencia un escenario donde recibir el don del aprecio recíproco y ajeno. Pero la vida es tan larga en tan largas ocasiones, que nuestros hechos se diluyen en el tiempo y el olvido. Y cuando no es tan larga, el calor de aquellos que recibieron un bien de nuestra parte nunca llega tal como lo hubiéramos esperado. Porque al fin nuestro actuar no es otra cosa que una efusión de nosotros –como se agita el sol en su centro y periferia, no por dar calor ni más luz. Sino sólo por ser sol –como un amor que se busca, por su intimidad externa.

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