Matrimonios de conveniencia

La Iglesia siempre tuvo un modo sublimado de referirse a las cosas. Así al clérigo célibe por decisión vitalicia desde sus años más tiernos, se refería con un amar a Dios con corazón indiviso. O los modos de citar a la obediencia como una renuncia santa. También se hablaba del obispo como de quien contraía un místico matrimonio con la grey encomendada. Y no vería yo mal este asunto, pues ese matrimonio indisoluble supondría que se ocupa un cargo a las maduras y duras. Y que no cabe escapar, por ascenso o por traslado, de la gestión que se hizo –dejándole el pastel a la grey perjudicada. Lo que no vendría mal tampoco en el mundo secular de gobernantes políticos –aunque en este caso y por no condenar al país a sufrirlos vitalicios, mejor una ley de responsabilidad por las pifias que cada cual perpetrata.

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Confesiones de un escritor casi añoso

Me dijo que con la edad se perdía un idealismo. No por desengaño tan sólo –que también, algunas veces. Y añadía que este efecto se origina en un regusto creciente por las cosas que son prácticas, a la vez que relevantes. De modo que esos años transcurridos y crecientes nos pondrían ante la urgencia de afirmar nuestra actuación –despreciando la hojarasca y las palabras. E incluso me afirmaba que quien cultiva las palabras, o hace de la escritura un designio, también pone esta pasión al servicio de su afirmación y también de un incremento -universal y concreto.

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Partidos que no quieren militantes

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Los ojos de la inteligencia y los afectos, también saben distinguir en una multitud los individuos singulares que la integran. Y no es ello un efecto menor del respeto que a cada cual le debemos. Pues la radio, por ejemplo, tiene audiencia: un conjunto indistinto que se define por un rasgo tan sólo –el de escuchar un programa. Pero el buen locutor sabe que, más allá de la audiencia, sobre todo tiene oyentes: personas singulares con sus gustos, sus ideas, su opinión, sus necesidades, complejos… Y que todos comparten el escuchar sus locuciones radiofónicas –pero cada cual desde un punto de vista muy propio e irrepetible. Afirmo que el buen locutor lo sabe, pues el comercial mediocre a fuerza de ignorar a las personas poco a poco pierde audiencia. Asunto que me viene a las mientes por el abuso actual que algunos partidos perpetran con el término la militancia –entendida tal conjunto indistinto definido por el rasgo exclusivo que la palabra contiene. Y supongo que no es casual este hecho, pues conviene al aparato un militar indistinto, de sujeto intercambiable –que se expresa aritméticamente por la adhesión interior de su voto. Pero un partido que tuviera militantes –y así lo reconociera en su acción y en la honradez del discurso-, sería organización exigiendo la participación –a partir de la singularidad, de la lealtad y el respeto. Una opción tan racional, tan adulta, tan culta y tan democrática –que resultaría impensable en las maquinas de consigna y cooptación que son hoy en día los partidos.

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La votación de hoy, en Francia

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La votación de hoy en Francia es signo de la situación inquietante de la democracia en los países de Europa. Una renuncia parcial que viene acarreada por el hundimiento o los muy graves problemas de viabilidad de los partidos de izquierda. Seguramente porque estos partidos llevan decenios dedicados a inventar un espacio político de algún modo contrahecho –defender como principal objeto de su acción las aspiraciones más o menos legítimas de diversas minorías. Con olvido de la razón de ser, desde siempre, de la izquierda en el viejo continente. Tal vez por la dificultad de hallar ese espacio de actuación –a partir del bienestar derivado de los logros de la misma socialdemocracia. Tal vez también, y no de modo alternativo, por la precisión de hallar un espacio de reivindicación suficiente a justificar la existencia del mismísimo partido. Tal vez incluso por un modo de halagar el narcisismo moral de un sector social izquierdoso, acomodado y biempensante. Pero es cierto que lo que hoy significa en Francia el partido de Le Pen, con la base electoral que lo aúpa, demuestra que los motivos de ser por los que nació la izquierda siguen existiendo en barriadas, poblaciones y sectores. Y que tras los decenios que he dicho, su vía de expresión política cuestiona lo que significó la izquierda y el modo de representación de su interés en el juego democrático –cercanos a la indignación, la ruptura y populismo. Piense el lector español si, sobre consideración semejante, no sería urgente un diagnóstico de sí mismos sobre partidos que se precipitan desnortados, divididos y en declive acelerado.

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Tan jóvenes como si nada

Tiene la juventud su perspectiva propia –en medio de unas horas cuya luz nos envuelve o arrebata. Días de horizontes que no saben todavía de la finitud y lo breve –de alegre desenfado, de compañeros que todavía son amigos casi venidos de nuestra infancia cercana. Y tienen sus goces un algo de inconsciente o de divino –los dioses que gozan como si el tiempo para nada transcurriera, como si nada pasara. Tiene la juventud esa alegría de la sangre que se renueva al instante –a veces con la gota de finitud que en un segundo se mezcla, con su hiel como pizca de un saber que es por venir, y que el alma lo anticipa o lo pregusta.

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Ya todo lo he leído

Nuestro trato con los pensamientos que tenemos, con la emoción que sentimos, con las personas y cosas… siempre cuenta de algún modo con la estructura binaria: el sí-no, la verdad y falsedad, lo real y lo irreal… Modos por los que nuestros sentidos –exteriores o interiores- nos permiten percibir, también por los que alcanzamos la aptitud de ponderar y juzgar. Lo que vengo a decir por la evocación de una cita de mis lecturas de joven –tomada de Mallarmé: la chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres. Lamento por el que se muestran inasequibles dos puertos –distantes, como en extremos- donde evitar naufragar.

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El valor de la igualdad

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Quien piensa como moderno no entiende los particularismos, nacionalismos, los egoísmos tribales. Sobre el asunto recuerdo a Vargas Llosa, que afirmaba que son los nacionalismos un mal que se habría de combatir con lo más noble de las fuerzas. Lo que me viene a las mientes hoy, que el gobierno español llega a un acuerdo con partido nacionalista regional para aprobar los presupuestos generales del Estado. Con generoso riego de dineros a región con privilegio fiscal de su cupo. Lo que lleva a pensar que la desigualdad conduce a desigualdad mayor –y a la rotura del sentido común de las cosas que son públicas. De aquí la precisión de modernizar reclamando la igualdad de ciudadanos –con denegación de la condición de sujeto de derecho a lo que otros denominan territorios.

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