Gerard Piqué

No gozan los funambulistas del aplauso que recae en jugadores de fútbol en la cumbre de su gloria. Aunque no sería inconcebible que así fuera en un mundo diferente. Como sucedió –salvando las diferencias- con los gladiadores más mortíferos, según refieren películas ambientadas en la antigüedad de Roma. Casi divinidades a quienes cualquier cosa les sería tolerada. Con la complacencia de una plebe asistiendo al descenso de los héroes  -esa superioridad sagrada que destila una pizca transgresora de su libertad altiva. Aunque en ello hay sus clases: quienes de la transgresión hacen una vida que se envidia inasequible, o el cariz a medias loco de una rara extravagancia. Pero la clase más torpe, quien de su libertad hace provocación en la vida miserable de la masa que lo aplaude. O quien hace militancia –cuando sólo se le pide, como a Iniesta por ejemplo, que juegue como se debe y que marque algunos goles.

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El apocalipsis de mañana

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Víspera de la cosa en Cataluña, andan los periódicos virtuales rastreando y rellenando en ausencia de noticias. Como un silencio –tal sucede habitual- en jornada de reflexión hoy por hoy desmentida, o como en la antesala de algo gordo y momentáneo  –tal pretende un sensacionalismo al que no siempre la prensa virtual escapa o se le resiste. Y creo que son cosas de la mitificación de una fecha, de un instante o un evento. Pues pudiera ser que el mal que se podía infligir, hace mucho que esté hecho. Y mañana… tantas veces anunciado, está por ver si el apocalipsis se presentará a su hora. O si no es enfermedad que una indeterminación propaga –sin contagio: por inoculación muy masiva y de uno en uno. Está por ver hasta dónde –quién aplicaría remedio- y cómo de duradera.

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De mi diccionario: “trillizos”

Unidad matemática de tres, que nacen de un solo parto. No trinidad, donde la unidad es metafísica y precede mismamente a la fundación del tiempo. Y así son trillizos los nacidos en una misma secuencia, sin unidad de su ser –sin considerar el cómputo temporal que ese parto precisara. Del mismo modo se entiende que preexisten simultáneos en el útero al acto de alumbramiento, si bien la definición no mira hacia el hecho –fuera múltiple o bien único- en que fueran engendrados. Corolario: una cuestión si se indagara el origen, una efusión al presente y una cura con agobio material -al futuro, para algunos.

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Lo que el populismo vale

Se entiende que el populismo también tiene sus grados. De ahí que resulte tolerado en sociedades modernas. Porque su cara más fatal es la tiranía que lo nutre y que trasmana. Pero esas formas que tienden hacia grises más amables permiten a las gentes la apariencia de tener prelación sobre el designio que maneja el gobernante. Del modo como se ve en política pequeña en nuestro mundo: donde no se proponen ni metas ni ideales, mas un seguidismo del exógeno apetito que desorienta a las masas. Inoculando un discurso de valores contrahechos e irreales, y suplantando la conciencia con un castillo de naipes: de gestos sin enjundia y palabras ahuecadas –repetidas, sin realidad que las valga.

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…y ¿quién es éste?

No fue pequeño el tumulto que prendía en la junta de vecinos. Suscitado por aquellos propietarios que tenían letras pares, cualquiera que fuera el piso –aunque ya se los veía desde antes entrehablando en los lugares comunes, y callaban prestamente cuando alguno de otra letra aparecía. Y también, cuando los niños decían en medio de su inconsciencia que los de la letra impar no eran gente de su pasta. Y digo que hubo tumulto cuando se propuso que los lugares comunes ya no serían de todos y para todos –que, por ejemplo, el garaje debía ser dividido erigiendo un poderoso tabique marcando la propiedad para los de cada parte. Y el zaguán, en dos secciones. El ascensor… los otros, por la escalera. Y después y sobre todo, cuando el tiempo que pasaba aumentaba la frontera que los pares pretendían. Hasta el día en que un par ninguneaba al vecino, al filo del ascensor –…y ¿quién es éste que pasa? Por ahondar la división. Por marcar una distancia.

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Política en la abadía

Mal dice en el oficio de un clérigo proceder con inconsciencia. Con rectitud, ya podría aproximarse al límite que separa de lo santo –el ideal que pretende. Pero la consciencia no precisa más allá de reflexión y proceder prudente. Como quien conoce que su oficio se concibe para llevar a cualquiera a lo esencial –de donde dimana la actitud ante las cosas que quizás nos eleva, o que nos mantiene humanos. De donde lo estrafalario de aquel monje con arenga desde el púlpito –con posición de parte, en el día de ayer y sustrato con arraigo en la ignorancia. Y después en la cuenta con que opera en red social –ay, lo monástico y la regla- comentando en lo político lo que no tuvo en el templo más lugar –narcisismo que milita, con continuidad de artes y en indistinción de foros.

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Películas americanas

El héroe de un film americano suele ser alguien llamado a salvar el universo. Sea de una catástrofe que la naturaleza acerca, sea de una organización o grupo de poderosos malvados. Con un valor añadido: que suele confluir en ese personaje la figura del héroe, y la del antihéroe juntamente. Con esa separación de planos que a veces se solapan: el superhombre que actúa con vistosidad y aparato, y el cotidiano hombrecillo de costumbres muy modestas y de vida reducida. Y también hay en el cine americano genios que elevan este juego a una genialidad que alcanza a todas partes. Woody Allen –por ejemplo. Aunque abundan las películas de baja concepción, actores muy mediocres y muy bajo presupuesto: entonces todo desenvuelve una invención convencional y roma: historias prescindibles con acción inverosímil, aburridas y sin trama policiaca tan siquiera:

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