En saliendo de la infancia

La madurez no nos llega con los años, aunque su transcurso ayuda. Eso muchos lo saben. Aunque los niños suelen vivir en la ignorancia del hecho –fiados en ocasiones en la superioridad moral del mundo de los adultos. De aquí que haya quien ponga el umbral de la conciencia en el instante seguro en que decae en decepción la confianza de otrora. Por mi parte, no sabría señalar el momento en que ese decaimiento apareció ante mi vista. Aunque sí tengo memoria de un adulto conocido de mi padre que me propuso el desventajoso trueque de un bolígrafo que yo tenía en estima –por un llavero que a mis ojos sin duda desmerecía. Mi negativa tuvo en él un efecto perdurable de resquemor y potencia –hasta el punto de que mantengo un respeto por la tenaz y educada resistencia que mantuve en todo punto. Hoy veo también adultos que responden como niños inmaduros –pues también los hay, entre ellos, en su medida discretos. Sin más quien a una niñería opone una artillería de convenciones modernas e imponderadas, o reclama sin proporción -para sí y en escarmiento ad hominem del infante- que se persone en la disputa no la voz de la razón, mas su idea hipostasiada del poder de coerción que para sus fines le corresponde al Estado.

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Más que violencia: machista

Hablar de la violencia ya resulta discurso asediado por la corrección política. Hasta el punto de que viene acompañada en los discursos con adjetivaciones que pesan más que el sustantivo mismo. Yo diría que en lo esencial hay violencia que es legítima, y otra que no lo es –por lo que no es pleonasmo decir violencia ilegítima. A la primera, por distinguir, se la designa hoy como el empleo de la fuerza. Por lo que hace a la ilegítima, es tenida por injusta. Y ello no supone que la injusticia provenga necesariamente de la situación de superioridad por parte de quien agrede. Pues también es concebible una violencia que se ejerza desde parte en un sentido más débil –y si no, véase esa violencia de las minorías que imponen su dictadura amparadas en la fortaleza de la posición contraria: imposición ideológica, de expresión y de lenguaje, como hoy sabemos y tantas veces se sufre. Después, en la violencia ilegítima se suele establecer gradación que no procede de la magnitud de la fuerza que se emplea, o la gravedad del efecto –antes bien, por la razón socialmente censurada que se cree que la motiva. Es el caso de la violencia machista, donde el adjetivo no es una mera aclaración de su origen sino un agravante de peor consideración que la violencia misma. Tal si no fueran concebibles situaciones opresivas igualmente desde fémina hacia macho. Y tan reales incluso. Calificables por igual como violencia intolerable, ilegítima. Sin precisar ese énfasis adjetivo que deprecia el hecho mismo, sobreponderando la condición subjetiva en la que toma su origen. Injusta esa violencia –o violencia intolerable. Con adjetivo machista, o de marchamo feminista.

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Ni fármaco, ni agencia -Barcelona

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Nada les importa, si no es lo suyo. La quimera que los mueve, el dogma que persiguen, la sinrazón cuyo espectro diseminan, la desazón que imponen. Y nada les importa el mal causado, sino el sofisma que lo revierte en munición para una controversia falsa –la demagogia en que consiste con desmaña su disparo. Las empresas huidas, la población fracturada, la inquietud que preside y ensombrece los semblantes. Hoy, la pérdida de un logro que se veía a la mano –la agencia europea que escapa para siempre de Barcelona, España. Como si la burla de la ley, el desafío histriónico, la deslealtad desde el sillón de gobierno… no pasaran factura en modo de espantada. Como si la realidad sombría, sea cual sea el número de apoyos que arracimen, no los señalara con firmeza entera. Por el daño que se ha hecho a Cataluña, el que se ha causado a España. Como quien abrasa los soportes que lo yerguen y lo tienen. En nombre de una estulticia ideosa, de un maquiavelismo cutre, de un lenguaraz egoísmo, de un interés tan sólo de parte… y ¿qué esperaban?

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Un por qué de tantos blogs

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Habrá quien busque notoriedad al escribir en la red –pudiera ser un motivo cuando tantos acuden en los grupos, comunidades y páginas publicitando enlaces a su último magín. Aunque esa pretensión sin auxilio de otros medios es frustrada de antemano, como quien plantara puesto en plaza con multitud de parlantes y pretendiera entre ellos que por sí misma su voz no fuera tan sólo una más. También habrá quien afirme que lo hace por un placer solipsista –el de escribir para sí. Aunque entonces, no se advierte qué los lleve a publicar. En otro sentido, no creo que haya muchos que pretendan por este medio dar a sus textos una opción de perdurar. Con lo que este post encalla en un punto ciego –sobre todo cuando su lectura a buen seguro será frecuentada por escritores de blogs. Aunque también es ocasión para entender que internet haya llevado a una visibilidad democrática el sinsentido de la literatura, como una orientación de filósofos siglo XX ha venido a postular. Por mi parte, entre todo cuanto he dicho, cuenta que la palabra ociosa no acontezca –salvo como placebo que haga tolerable aquello que disimula: el sinsentido de la seriedad mayor.

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En un breve desafío

Es fácil imaginarnos como siendo enteramente descreídos. Incluso con convicción, cuando el orgullo de sí mismos se vio herido por el dardo proveniente de algún otro. Entonces, la mirada en derredor puede incurrir en el desvarío del desdén o en el error del desprecio –un modo para afirmar la imagen de nosotros que creemos contrariada. Pero todo ello no es sino un modo de mirarnos, pues la realidad es otra: que no podríamos subsistir sin otorgar algún crédito esencial a quienes nos caen de alguna manera cercanos. De ahí que siempre permanezca abierto el flanco vulnerable de la decepción, o el saberse traicionados. Un riesgo que rodea, como tantos, los momentos que se abren cada día –y que acaece, un instante, amenazando la integridad del imprescindible suelo. Como un fugaz desafío que se cumple, cuando la precisión de vivir fuerza a restañar la integridad de su poderoso instinto.

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Celosías para ser comentadores

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GCF es lectora del blog a través de los ciberespacios infinitos. Como también presencia que acontece tanto en cuanto, por las redes. Para comentar en la mayor parte de casos, cuando la publicación de un post da al comentador la ocasión de traslucir inteligencia distante y un concordante gracejo. Artes no sencillas de lograr en la escritura, a lo lejos –donde el lenguaje se produce sin apoyo de expresiones gestuales o habla sin ser de nadie, como Sócrates dijera. Y también cuando quien escribe juega a esconderse en medio de las palabras, o tras un desmerecimiento que aparenta de sí propio –celosía para ver y no ser visto, sin afectación de humildad ni reclamo de modestia mismamente.

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Una velada en la ópera

La Ópera Nacional de Moldavia ha traído hace días la Norma, de Bellini. Y no está mal pues tengo convicción de que la oferta de espectáculos operísticos, siendo como es esfuerzo de ensamblaje y concurrencia de factores tan complejos, constituye de por sí acontecimiento destacable en lugares cualesquiera. Por lo que hace a la escenificación que digo, encontré una ejecución correcta en la música del foso y desiguales las voces, con mérito dispar y con logro diferente. Como también percibí en el coro, en los duetos y en los solos, una dificultad en lograr la sensación de llenado de la escena –lo que adviene, cuando llega, como un don de las artes conjuntando en una impresión los matices del vestido, de la música, del cuerpo que se planta o se desplaza, de los concordantes gestos. Con todo, la evolución de la obra satisfizo al respetable. Incluso en las costuras del libreto, donde los personajes encuentran dificultad en lograr la unidad psicológica del carácter –sujetos a unos afectos mudables en ocasiones, sin madura proporción y sin causa ponderable.

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