Como si un pueblo en fiestas

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No comparto la idealización, romántica o izquierdista, del pueblo. Como no creo, tampoco, en la rousseauniana atribución de bondades naturales al ser humano. Creo más en la civilización, en su renunciamiento y esfuerzo, cuando no la estorban demasiado las mezquindades populares, ni la empecen las complacencias ni las corrupciones políticas. La civilización comporta una regulación política de las sociedades y, cuando es más honda, una autorregulación moral de los individuos. Esferas subjetiva y objetiva que ha poco, en unas fiestas populares, he visto colisionar. Con detrimento, por descontado, de la objetividad.

Tengo para mí que las fiestas locales, incluso en muchas poblaciones numerosas, constituyen un modo singular de estado de excepción. Peñas y comparsas que ocupan bajos de edificios, en los que cocinan, bailan, atruenan con equipos musicales, sin que para ello rija ninguna específica regulación. Grupos que –nocturnos- ocupan la vía pública y conversan a gritos –entre música estridente- hasta las horas avanzadas en que se suele dormir. He visto, incluso, uno de estos grupos cortar por su cuenta la vía principal para tomar –ellos- un rebujito con baile popular. El asunto es que, fuera de regulación, no hay límite sobre lo que resulta comprensible y lo que no. Adolescentes que –desde mediodía hasta pasada con creces la medianoche- ocupan una vivienda y, descolgando altavoces potentes, asordan doscientos metros a la redonda. Relevándose ellos, pero no el vecino que no sabe a quién se pudiera ya encomendar. Incluso, las aceras de la vía principal tomadas por sillas vacías unidas con cordeles, incívica reserva de localidad para el desfile del día siguiente. Cordeles que, en semáforos y pasos de cebra, son verdaderas trampas donde he visto a una señora caer estridentemente. Llegada la policía, incrédula sobre sí, levantando un parte cuando toda la vía se hallaba en la misma circunstancia y condición. Me pregunté si los autores pondrán trampas en el salón de su casa, para poder llevar, estas fiestas, a la abuela al hospital.

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Lecciones de cosas

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Lucindaaa… Así la llamaba gritando su señora madre, por aquel ventanuco de la casa familiar que –desde un tercero sin ascensor- se abría hasta la calle arremolinada de papeles y de hojas, hacinadas con suciedad y abandono. Allí jugueteaba Lucinda. A veces con granujillas huidos siempre del colegio, otras con gatos o animales callejeros que le enseñaron las astucias y rudezas por las que se sobrevive a veces. Lecciones variadas que recibía de una vida suburbial, o más bien ignorante, incivil y encallecida.

Pero Lucinda miraba hacia otro astro. Su nombre delataba la ambición con que su madre la acogió desde antes de alumbrarla. Un nombre –pensaba la señora- de chica de ciudad, de gente fina. Que chocaba con aquellos sonoros apellidos que sentía pesarle tal condena: Horcajo Peralejos. Sin conocer el motivo, confiaba en que Lucinda aprendería de su nombre las lecciones del olvido, que abandonaría para siempre las miserables urdimbres de su origen.

No es cosa de traer los sacrificios, aunque también los subterfugios y hasta las traiciones muñidas por los padres. Pero, al fin, maestra nacional en un colegio de provincias. Mujer de funcionario, rango medio, y amiga de una amiga -muy chic y de marca, de brillo cultiprogre y liberada. Para estar a la altura, Lucinda abrazó la causa de defender –autoritaria y dogmática- a la clase proletaria. Pero sin dar lugar a que, en ningún momento, con ella se la confundiera. Era de verla alternar su presencia en manifas -de conmilitones algo cursis, y de pretensiones ilustradas-, con su asistencia a exposiciones, teatros y conciertos. A veces se la veía aplaudir, como sentadita de media posadera, espalda y cuello erguidos y falibles, con aplausos de mano frágil y enteramente abierta, menuditos y como taquicárdicos: pose de niña bien, llegada –para su prez moral- a la conciencia de los padecimientos de otras clases ignorantes. Aunque sólo logró para sí el olvido de su urdimbre. Desaprendió las lecciones de su infancia, y se convirtió en mueca –con hálito postizo- de una presencia impostada.

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Castilla

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El nacionalismo en Cataluña, a veces y cuando la cosa no aprieta, gusta de distinguir su entidad política de ciertas demarcaciones administrativas: la Comunidad de Madrid, un rival por ejemplo. Denegar la premisa, o atender la razón, en lo que asiste: conceder parcialmente –y afrontar- el argumento, recobrando la entidad política de Castilla.

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Arcadi Espada: filosofía y lenguajes

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Lengua, matemáticas, filosofía y dinero. Cuatro lenguajes básicos que, dice hoy Arcadi Espada, antes de la Universidad los adolescentes deberían conocer. Al menos, en su sintaxis esencial, dejando para adelante el enriquecimiento léxico y el aumento del vocabulario que a cada uno corresponde. La enumeración –que podría resultar incompleta- quedaría salvada por la introducción de la filosofía: lenguaje y metalenguaje a la vez. Saber indefinido, con capacidad de penetrar críticamente el resto de lenguajes y a sí misma. Que se infiltra y se mezcla, sin confundirse del todo, en el meollo mismo de cualquier otro discurso y de su legitimidad. Y sin embargo, saber de imposible aplicación en la inmediatez, saber tal que –con el cual o sin el cual- la realidad permanece tal cual.

Cuatro lenguajes, en cuanto que median el intercambio comunicativo y los significados. Pero también porque construyen pautas y laberintos de interpretación. Y en cuanto que posibilitan la invención del sentido, ese horizonte regulativo sin el que nada apuntaría hacia un valor. Idiomas con tres funciones que les son esenciales: hermenéutica, poética y comunicativa. Críticamente catalizadas –cada una de ellas- por la inhabitación filosófica en su meollo interior.

Afirmo que, cuando la filosofía está en falta, algo sucumbe en la educación. Como si el resto de lenguajes decayeran en el suelo de un sordo utilitarismo, de una estéril positividad. Bien estaría que, más allá del cómputo de horas lectivas, se repensara la imbricación filosófica en el núcleo viviente de esos lenguajes que un joven -por él y por nosotros- debiera aprender a amar, utilizar y comprender.

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Avisos para poetas / 2

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Hace un tiempo, escribí en este Blog una primera entrega de estos avisos para poetas. Los llamé avisos porque entiendo que escapan a ese concepto democrático de la verdad que todo lo zarandea. No porque en ellos se ponga altanería, sino porque tocan una fibra ineludible del verso. Tampoco se somete a democracia el afinamiento musical del instrumento, si lo que se busca es que –natural y armonioso- fluya el acorde.

Hoy, breve, quisiera añadir aún otro. Los sentimientos –cuando así convenga- se pueden mostrar, pero nunca deben ser exhibidos. La exhibición es retórica. Incurre en adjetivación prolija y ociosa verbosidad. La mostración, sin embargo, se produce sólo en ocasión precisa y rigurosamente oportuna. Además, es vigorosa cuando logra una contención verbal y sonora, una tácita tensión emotiva. Esencialmente, cuando es emoción de nadie. Como una elusión que atrae, o estalla.

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