Sabina tiene su público. Una obviedad –como también la Pantoja lo tiene, por ejemplo y con perdón. Sólo que en el de Úbeda se añade un carácter construido desde los inicios con el consabido esmero: el mostrarse y sustraerse con proporción justísima y conocida. El ser uno como tantos, y en ello –sin embargo- con genialidad singular. Incluso diría que para una juventud carroza Sabina ha sabido dar las pautas de una vida comprometida hondamente con los propios sentimientos y miserias –un solipsismo que muchos han estado dispuestos a compartir con el arrobo de una dispersa comunidad. Cierto que son numerosos los tópicos que sobre su figura han circulado con fortuna indiscutible –todos ellos con su denominador común. Pero también que Sabina ha sabido bailar con todos ellos, en un juego de ignorarlos –como de mantenerlos a distancia sin abjurar. Según la obra que se anuncia en estos días, en un nuevo paso el autor lo niega todo –con imagen de sí mismo y para otros, dentro de su bucle propio: una larga confesión para quien se reconozca en ella, o una biografía que se muestra y que se hurta –la que comulga su público, con descreída sacramentalidad.

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