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Atesorar es retener junto a sí realidades a las que uno confiere valor. Sean materiales, monetarias, objetivas o morales. Y en esto, parece claro que el objeto del deseo no exime de la ambición. Pues no los hay solamente que buscan abultar su cuenta bancaria, sino también quienes ambicionan el renombre o fatuidad de la fama, o los signos exteriores de la posición social, o aquellos que –más del lado coleccionista- atesoran antigüedades, o codiciados volúmenes en su amplia biblioteca. Y también he conocido muy soberbios bien pagados de un acopio de virtud en lo moral. Modos todos ellos de la afirmación de uno mismo, a través de un amor interesado o una varia posesión. Aunque para poseer de este modo es preciso gozar de una confianza en sí –en la pervivencia del yo, y la propia integridad. Porque a algunos sabios les sucede que el transcurso de los años los conduce paulatino a un desapego –consciente de que ningún bien permanece de valor inalterable cuando se atenúa o aleja la suficiencia del yo. Sea porque la enfermedad o los años van poniendo cada cosa en su lugar y valor, o porque la experiencia ha ido enseñando a mirar y ponderar. Y quizás no sea referible solamente al instante de la muerte esa enseñanza de Cristo dirigida al insensato: esta noche, tu alma te la van a arrebatar.

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