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Hay circunstancias que nos fuerzan a poner nuestro cuerpo en un lugar dado de antemano y entre otros. Ponerlo de manera estática, o en orden preestablecido. Piense el lector, por un ejemplo, la convivencia de acompañantes desconocidos en habitación doble cama de hospital cabe los respetivos enfermos. O cuando hacemos cola por guardar un orden ante algo que se ofrece, o un servicio que se presta. Son a veces ocasión para una charla con desconocidos próximos. Afable nuestro hablar, cordiales nuestras maneras. Donde se hacen amistades que perduran por lo común el tiempo estricto del trato. Y más si así acontece en ambiente muy de pueblo o campechano. Como en Villanueva de los Infantes hace unas pocas semanas: donde se cocina un pisto descomunal –con un record de los Guinness. Dicen que unas diez mil raciones, en un perol gigantesco donde se vierten a capazos los pimientos, los tomates… todo removido al punto con azadones con estil de varios metros. Y un fuego del que después una grúa apartará la perola. Allí, una fila aguarda puntual una ración que no escasea: ocasión de conversar, incluso el no lugareño, sobre temas que tal vienen como van con muy grande ligereza. Seguramente un modo elemental de sociedad que subyace a nuestros rasgos urbanos, y que aguarda su ocasión de poseernos como un tú, o como un yo, de perfil convencional –intrascendentes en nuestro hablar, no tanto que insustanciales.

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