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Cuentan de quien echaba pan a un perro, a la puerta de su casa, con afán de amadrigarlo. Día a día. Hasta aquel en que, en llegando, se lo llevó su dueño consigo. Y de aquí dicen así: que perdió el pan y el perro. Como emblema de estulticia, llevado por interés necio sin escatimar las dádivas. Aunque también cabría entender la conseja como advertencia ante quien pone su empeño en ser, sin interés para sí, por no poder concebir su presencia de ninguna otra manera.

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