Quienes nos rodean suelen ser reputados como grupo, sociedad o multitud. Y no entiendo que se distingan meramente por el número –incluso descartada la cuestión enojosa del límite aritmético que para ellos se pudiera convenir. Pues una sociedad puede ser una familia –la romana, por ejemplo-, o un pueblo, o un país, o una zona de civilización común. Como un grupo es un número abarcable de personas compartiendo algún rasgo o realidad. La multitud, sin embargo, es el concepto que más parecido guarda con la escueta cuantificación –pues es su rasgo esencial constituir un espacio donde la identidad se anula al calor de un líder o una consigna (sea esta identidad referida a una persona, o a un grupo o sociedad). Aunque tengo por cierto que los individuos han buscado muchas veces su afirmación propia ante el grupo y la sociedad –el desdén hacia el mero estar bien vistos por los otros. Aunque no tanto ante la multitud. Como se advierte hoy, cuando la imposición muy política y correcta de un modo de ver impregnado de simpleza universal proscribe la afirmación propia –en horizonte de sociedad única, multitudinaria y sin personalidad.

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