La afición al ajedrez, adolescente, parecía un modo más de afirmar su solipsismo. Esa relación con un otro, intermediada por la racionalidad exacta que se juega en los escaques. Donde la oposición de rivales no era sólo una dialéctica, sino construcción de la verdad sobre uno mismo –siendo el otro jugador instrumento necesario para ello, o algo menos que un pretexto. La batalla renaciendo o retornando una a una, lance a lance y partida tras partida –con aprendizaje a partir del error y los cálculos fallidos, para otros desenlaces que en absoluto previera. O para verse ante sí, gobernante de mundos esquemáticos en la esfera de los números -y con cierta exactitud para un siempre venidero.

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