Será conocido por muchos aquel lugar clásico: que los dioses ciegan a aquellos a quienes quieren perder. Pues hay que sentirse un dios o cosa parecida cuando se intenta predeterminar las vidas de los otros: la nuez para cualquier forma del viejo autoritarismo. Y diré todavía que a los hombres no hay modo más eficaz de producirles ceguera que el de inficionar su lenguaje –contaminar y confundir la nitidez de palabras y conceptos. Lo que se advierte en todo parloteo intencionado y doloso donde nada significa por sí mismo: sino en la ubre ideológica que por él mismo se crea –se difunde como especie asfixiante e invasora, y ciega los veneros del respeto nutritivo de razón y democracia.

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