Desconozco cuántos convendrán en que, aunque hay multitud es escritores, muy pocos logran resultado meritorio -o aceptable, cuando menos. E incluso que, dada la facilidad de difusión que hoy ofrece la industria cibernética, el espacio se ha poblado de inflación de propuestas que hacen dificultoso el hallazgo de alguna gema escondida. Y es que hay premisas importantes a la hora de escribir, que no se cumplen en todos. Por ejemplo, la cultura que el escritor atesore. Y también la selección de temas, y la técnica para el desarrollo. Como también el género en que se expresa: pues hay quien, por ejemplo, presupone que es el verso lugar idóneo para ripiar convenciones emocionales –siendo así, por lo contrario, que este género se justifica ante todo por su obsesiva precisión en elegir las palabras, la luz, los ritmos, la puntuación y el silencio. Un proceder inhábil para la expresión de ideas o de pensamientos, de discursos, o narración de emociones o de historias como sucede en la prosa. De aquí que tenga por cosa acreditada que quien escribe en poesía pone su tino en palabras que se buscan a sí mismas, y se aman tal palabras.

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