No voy a decir que nadie mire con indiferencia la realidad venidera, acontecida, de la muerte. Pero sí afirmaré que hay maneras diferentes de sentirse concernidos. Pues no puede verla igual quien la sabe inminente a cada instante –que aquellos que nos vemos más o menos con poder de contemplarla como cosa en diferido. En efecto, en nuestra Europa hubo siglos en los que el morir era la posibilidad más cercana cada día: cuando la esperanza de vida se reducía a lo exiguo, la mortandad infantil era presencia acuciante en cada una y en todas las familias, cuando las pestes diezmaban de manera inopinada, cuando una ciencia no aseguraba resistencia a la enfermedad con equidad razonable. Lo que hizo un modo de conciencia y sociedad, afianzada en una fe y una mística católicas. Hoy sin embargo hemos relegado la conciencia de la muerte. Pues vendrá, pero ya nos ocuparemos cuando aquello nos concierna. Sin embargo, algo se abre paso con pavor en las conciencias ante una vida que se acrecienta en los años: la vejez, la soledad, la dependencia. Lo que el miedo hace sentir más cercano y más real que el final inevitable –la conclusión de la vida, la neutralidad, su apagón irreversible.

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