Será quizás un rasgo del carácter posmoderno la pérdida del asombro: la actitud menesterosa, entusiasmada, de la que naciera el amor del conocer –como dijera Aristóteles. Pero no sólo el conocimiento, sino igualmente la magia, la religión, las artes y la poesía –prodigios que se dicen anteriores a la ciencia. Y quizás también, asimismo, esa pérdida tan nuestra traiga origen de una banalización de la experiencia del hombre –la que recorre las cosas sin unidad, sin fe o trascendencia. De donde resultan las transformaciones que a algunos les parecen decadencia: el conocer desprovisto de un sentido metafísico –la técnica y su beneficio útil-, las artes en vanguardias incesantes, la poesía temporal, caduca e intrascendente. Porque con la muerte del asombro es todo lo que se muda: la experiencia, la expresión, y hasta el mirar a los límites, la finitud y la muerte.

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