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Hubo ya quien escribió que la banalidad es el meollo del mal. Una afirmación que una tradición muy católica recibiría con sospecha –pues durante siglos lo personificó en una esencialidad diablesca, y lo concretaba en actos que los hombres perpetraran: lo visible del pecado. Pero esta banalidad constitutiva de la que hablo ofrece una visión distinta: como constituyéndose el mal en la ausencia de significados y sentido. Cuando todo tiende a una homogeneidad sin coste y al alcance de cualquiera –y por tanto irrelevante. Tal si se vaciara el mundo que hasta ahora conocíamos –su consistencia diluida y evacuada en un modo de atanor o de desagüe. Lo que se ve con alguna claridad en internet –este medio. Cuando cualquiera tiene a su alcance ser cualquier cosa, sin precio alguno: escritor, artista plástico, intérprete musical, crítico de literatura, vulgarizador científico… y añádase cualquier cosa que aquí mi imaginación no alcance. O mejor, sólo a este precio: la supresión del valor, lo equiparable sin esencia ni contorno. Y todavía a otro precio hacia afuera de este plasma: el saqueo de la producción auténtica. Un vacío aspirando todo valor hacia lo insustancial del espacio cibernético, o la internet: la irrealidad invasora de un afuera.

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