Hay modos diferentes de ser, lo que se dice, buenos. Y depende cada cual de la idiosincrasia del sujeto de quien eso se predica. Pero quizás el más torpe es aquel que hace de la bondad disposición habitual de sí mismo, y posterga día a día su conveniencia propia. No porque haga dispendios desmesurados de su persona o sus bienes, mas por los muchos detalles cotidianos en que sacrifica diminutos intereses por favorecer el bienestar de otros. Y hay en ello un enorme desacierto –pues no siendo advertida esa actitud de parte, se convierte en débito imperceptible que los demás suponen tal se presume para respirar el aire. Y entonces la bondad llega a ser un abnegado heroísmo para resultado escaso –la comodidad ajena degradada en exigencia indebida y onerosa. Otra cosa será quien reserva su bondad para casos no mayores pero mucho más precisos, a demanda consciente, voluntaria y expresada. Aunque retirando en un modesto repliegue la liberalidad en que su don consiste –y que manifiesta por sí sola su grandeza.

©

Anuncios