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El trascoro de la catedral de Murcia hoy ha dejado un espacio bastante para obrar como sala de concierto. Con dos grupos corales, al alimón y enfrentados: la Schola Gregoriana de Murcia y el Ensemble Ecos de Sierra Espuña. Y también, en el centro el organista Luis Cantó gobernando un instrumento portátil. Este bellísimo espacio fue agrandado en una parte al derribar la fachada medieval, para edificar más afuera -y a expensas del espacio de la plaza- la actual impresionante que Jaime Bort levantara en el XVIII. Preservando en el trascoro la capilla de la Inmaculada erigida en el siglo anterior por el obispo Trejo con rico estilo barroco. En ese altar se ha situado la Schola, y el Ensemble frente a frente junto a la cara posterior de la puerta monumental que clausura el pórtico del perdón, o del obispo. El programa –polifonías de Palestrina, melodías gregorianas de claustro o de cabildo, un Pange Lingua y algún himno de Tomás Luis de Victoria. Todo ello tomado de los archivos de la catedral que digo, y conformando una misa –ejecución primorosa, recogida y estudiada. Si bien el final, Exultet caelum laudibus de Victoria, ensayó la alternancia de música polifónica y de canto gregoriano –con éxito discutible a los ojos de quien escribe. Lo que ha tenido lugar en presencia de esa talla de la Inmaculada –siglo XVII, de las primeras de España y anterior al dogma que le da nombre- con indumentaria rígida propia de la moda española de la época. Instantes portadores de un placer al umbral de los sentidos –a la vista, al oído y sus sinergias. Y el recogimiento que el entorno propicia y sus músicas extienden.

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