De mi padre aprendí que las cosas siempre acaban por un hecho: un comparecer de algo que no nos mira ni pretende de nosotros cosa alguna. Porque no nos necesita, aunque nos tiene y pisa en nuestros escombros. Como la muerte es un hecho. Pero también lo es el poder –no de éste ni de aquél, sino el que nos tiene a todos. O digamos que el poder en sí, o sin concreción alguna. Donde acaban tantas cosas, como iniciativas tantas. Razón por la que no he estimado ser de gran inteligencia enjuiciar a quienes a él aspiran por lo que debieran ser. Mas por el precio que pagan por llegar –cuando los años desvelan que no hay lugar de llegada. Teatrillo en el que son guiñoles todos los comediantes –salvo quien entiende ese lugar como una escueta labor, aunque con ataque ciego de copia de figurantes.

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