Es común que un adjetivo pueda definir en determinados contextos un estereotipo humano –en este caso, el apelativo tonto. Aunque exista una taxonomía infinita en personas que portan esa realidad cada cual en su medida. Pero también es verdad que hubo tiempos, no sólo en zonas rurales, en que determinados sujetos eran comprendidos en su realidad entera bajo ese solo adjetivo. Con un dejo ambivalente –entre objeto de ternura, y de chanzas abusivas. El sentido que hoy domina entre nosotros no permite este modo de tildar y sus excesos –con fortuna para todos. Aunque no por ello haya dejado de haberlos, algunos hasta crecidos en medio de una soberbia: los que se afirman haciendo exhibición impúdica y voluntaria de su intrínseca pobreza. Y entre ellos los que imponen sobre otros su complejo como una revancha triste –ignorando cuánto pagan, si es que vencen, por esa pobre victoria.

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