Habrá que reconocer que este título intimida: una justicia –capaz de decidir sobre libertad y sobre hacienda, y a veces casi vida- nacida de esa hipóstasis. La que adopta la forma del linchamiento unas veces, la que impone su criterio y su valor uniforme, en cuyo nombre se encadena el mecanismo de una atrocidad y un crimen. Esa justicia que se quiere de aplicación directa y hasta inmediata –como una esencia universal y común, indiscutible y sagrada. Contra la que el sabio Solón plantó la razón –igualdad y examen objetivo, requisitos y premisas del derecho. Lo traigo (el lector español de estos días bien lo sabe) por la crecida popular con motivo de una sentencia que la bienpensancia no acata. Y es por afirmar que la sola justicia a nuestro alcance y civilizada es la que imparte un órgano técnico y objetivo, profesional, constituido al efecto –con reglas que preceden a la existencia de los hechos que se juzgan, independiente el juzgador y con aplicación de la razón y la técnica jurídica. De modo que no quepa más oposición legítima que la que dimana del derecho, de su proceso, de su razón y sus fuentes. Otra cosa será el examen de la bondad y justeza de las leyes que nos rigen –sin recaer en la injusticia que aguarda en el otro extremo. Lo demás –impulso e indignación: premisa y condición de cosas que, sabidas, nunca serían deseadas.

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