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Me alegra que Juan Mayorga haya ocupado sillón en la Real de la Lengua. Yo lo tengo por escritor y dramaturgo de veras –oficio que precisa un amor, un respeto, y por lo tanto un dominio sobre sí por parte de las palabras. El dictum que cae a plomo en medio del escenario por una necesidad que el autor sólo obedece, como el solo –por demás- que es capaz de esa obediencia. A buen seguro que muchos escribidores ocuparían un lugar con dignidad en sillones tan notorios –quien escribe, por ejemplo, y no es boutade este inciso. Pero la vida actual, y la acción de la Academia, convierten este nombramiento en razón para entender que la Real pueda poner pié en pared de resistencia. Por reclamar su valor al empuje de un nivel irreflexivo que se ejerce desde afuera, y que desde fuera arrasa la hondura de las palabras.

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