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Aquella obra de John Searle, de título Actos de habla, tuvo en su día la provocación rompedora de una teoría tan pragmática sobre lo que sea el lenguaje. Sobre todo por el contexto español, donde entonces el hablar era aún el reducto donde vivía y se ocultaba la dimensión más sagrada –la filosofía, la religión, la poesía, y la mística afirmando y transgrediendo lo que las palabras pueden. Pero los actos de habla han venido a mostrar que el lenguaje es también y en gran medida un modo para hacer cosas. No un medio o una herramienta, sino el modo que adopta nuestra acción entre aquello que nos rodea o envuelve. A sabiendas de que ello no merma la dignidad y potencia de las palabras que usamos –pues con ellas designamos, ofendemos, amamos, acariciamos, preguntamos, conocemos. De donde se acrecienta la responsabilidad que debieran inspirarnos –no por temor de profanar una esencia trasmundana, mas porque ellas construyen o derriban la presencia de un hablante entre otros hombres –entre otros portadores de palabras.

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