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Acudir a un lugar no familiar ni propio, con el solo fin de ese lugar. Al menos, un propósito que pudiera ser común a mayoría de turistas. Aunque el modo en que se encara el viaje puede denotar idiosincrasias distintas –si bien con sincretismo frecuente u ocasional. Pues hay quien pretende sólo la salida, el abandono del ámbito habitual de ocupación y tareas –relajarse, algunos dicen con imprecisión que se pronuncia como algún acto fallido: quien no desearía verse en el confuso deseo de ausentarse, no sabiendo para qué –ni de dónde, ni la causa o el por qué. También los hay que buscan el anonimato en el lugar de destino, o el placer de indistinguirse en muchedumbre de rostros. El deleite de confundirse como un paseante cualquiera –diluyendo los contornos de su firme identidad. Los he conocido, incluso, que sufren sensación de desarraigo: a quienes cuesta en el lugar de destino recobrar un equilibrio consigo y, a veces, emocional. Y no es el perfil de quien viaja algo inocuo –para los días de turismo, para un conocimiento propio, y un tanteo muy intuitivo de lo que se es para sí.

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