La curiosidad diminuta, cuando niño, me llevaba a fijarme en los insectos: los de tierra –escarabajos, hormigas, mariquitas, las orugas… Y los miraba de cerca, con detenimiento inmóvil y absorto por los detalles: esa tierna admiración anterior al conocer e interior al poder de la poesía. Como también admiraba la belleza de su labor concienzuda –la tarea repetida como un ritmo natural, incansable y necesario. Y me atraían el color y las formas que mostraban, entre seres animados y miniaturas autómatas: y entre ellos las hormigas gigantescas –armazones poderosos con andares decididos, con mandíbulas visibles y antenas aterradoras. Capaces de horrorizar a los seres de su mundo –el que se mostraba así, a mi mirada venida desde un lugar descomunal y lejano. Se diría que extranjero.

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