La enfermedad a los hombres los hace a veces más indulgentes. Y acrecienta esa ternura secreta que con frecuencia sofocan los quehaceres e intereses –la pugna en que consiste el ímpetu de vivir. Yo lo he visto entre personas más o menos próximas: no sabría precisar si por esa debilidad de los cuerpos y las mentes, que buscan hacerse amar por otros en búsqueda de un amparo. O por una sabiduría que súbitamente aflora –y que es reconocer la indigencia de estar vivos. Extender en derredor esa sabia compasión –la que mira desde un lugar en que nada se desea conservar o ganar para sí propio. Como quien se divisa desde una distancia íntima –reconociéndose en todos, en el nexo de una impotencia que es compartida o común.

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