Ayer, José Luis Gil hizo un Cyrano de Bergerac con gran acierto. Seguramente también por el contexto escenográfico –con aire de guiñol, personajes de perfil simplificado y vestuario expresamente concebido tal de época. Porque requiere una gran seguridad en la maestría el aceptar la escena sin más –sin traerla, como hoy cada vez es menos moda, a cortes intelectualizados de trajes occidentales y reescritura del guión hacia complejidades de aire urbano y a tono existencialista. Aunque es justo pensar que la figura de Cyrano se hubiera prestado a ello: el amante que se oculta y que enamora tras la máscara de otro. Como lo es el teatro –un actor que seduce a través del personaje, o a la inversa: una entelequia moral que seduce por el cuerpo y por los modos de la persona que actúa. Y el actor, en este caso, entusiasmó sin retórica. Por los medios de una interpretación exigente sobre sí, honrada en su seriedad, y dando vida a las varias tonalidades –cómica, romántica, dramática en ocasiones- que escinden y que unifican la vida del personaje.

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