Parece que no es momento para ideas en política. Una penuria quizás, a la que no le resulte ajeno el declive de la figura del ciudadano. Ese poderoso actor en la cosa pública –que impulsa, que define y autoriza el vigor de los modelos democráticos: la común gobernación donde cada cual aporta una parte de su saber y respeto, de su tensión y su fuerza. Y quizás a este respecto haya algo de razón en quien apunta hacia su sustitución por la figura del consumidor ciudadano: objeto de propaganda por parte de candidaturas, de las que reclama no participación política –mas satisfacción inmediata de necesidades, o deseos o apetencias. Con resultado de que partidos políticos devengan organismos de invención estereotipada de necesidades que suplir, mas sin propuesta común que aúne a la sociedad, la dinamice y la impulse. O peor –y no es tan sólo un posible: organizaciones más o menos doctrinarias que exigen la sumisión colectiva a paupérrimos designios que se imponen de antemano, o se dan por demostrados.

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