La guerra es espacio de crueldad –sin reglamentación ni contornos. Y esto la humanidad lo ha sabido desde siempre. Lo que no le ha ahorrado padecer los horrores más crueles. Entre ellos, el siglo XX tuvo la palma en la producción casi industrial de exterminios y masacres. También en España tuvimos nuestra parte –entre ellas, y como emblema, el bombardeo y destrucción de Guernica. Hechos que caerían sin duda en lo que años después se legislará como crímenes de guerra. Un concepto del derecho internacional engendrado tras los ismos que han asolado parte a parte a toda Europa. Con sus tribunales constituidos recientes para enjuiciar al efecto. Una exposición itinerante organizada al alimón por el Museo Reina Sofía y por La Caixa se denomina estos días de este modo: Picasso. El viaje del Guernica. Porque nuestra masacre emblemática tuvo su notario universal en el lienzo que se dice. La exposición es mucho más que correcta en contenido y concepto. Incluso para mostrar la imbricación histórica con la legitimación del discurso republicano –no exento de maniqueísmo, tal si el repudio del crimen exigiera que se acepte si más, o bendiga, el statu quo anterior a la masacre. Tonalidad de guerra civil inseparable de los hechos que la exposición exhibe –y que da para pensar la actualidad del discurso en sectores actuales, tal si la España de hoy no hubiera escrito otras líneas muy distintas de su historia.

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