Cuando se hizo la Constitución vigente hoy en España, hubo asuntos que encajar –con eufemismos que soportara el votante. Y esos eufemismos perduraron y perduran en los discursos que imperan. Uno de ellos –la bondad de la parcelación del país por autonomías. Hasta el punto de que opinar contra la organización vigente atrae miradas agudas y suspicaces, entreviendo o sospechando de postura ultramontana. El argumento –la prioridad de valor que se da a los localismos, y la supuesta cercanía del poder al ciudadano. Sin reparar en los costes en relación con los logros: el estado insostenible de las cuentas, y la apropiación del poder de las regiones por partidos que las rigen en régimen de aparceros. Hasta la sinrazón estridente, multiplicada al escándalo, del uso de un órgano del Estado para subvertirlo –agravando y agraviando al resto de ciudadanos de cualquier lugar de España. Tal sucede en Cataluña.

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