A fin de cuentas, nuestra condición consciente nos convierte en notarios de nuestra propia experiencia. Fedatarios de la impresión que las cosas que vivimos van causándonos. Y no otra cosa son estas anotaciones que tal paseante de la vida voy plasmando con frecuencia relativa –sin pretensión de trasladar más verdad que la que para mí mismo creo. Pero esto también tiene sus lealtades con el lector –y con todo: pues encuentro en ocasiones experiencias que, por razones diversas, quisiera enaltecer ante los ojos del público –tal paisaje, tal monumento, tal comida, tal anécdota… Pero no todo es merecedor a mis ojos del elogio que quisiera –y entonces, o procede la ironía o es preferible el silencio. Lo que digo por la sensación insulsa de un político español afincado por Bruselas estos días –prófugo de su deber, y arlequín de su propia inanidad para rentar un delirio.

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