Los espectadores comparten al unísono en el cine –cuando menos- el silencio. Un bien comunal que es premisa y a priori del disfrute. No el que fuera meramente una ausencia de sonidos: más bien un silencio agudizado, que afila en lo palpable la expectación e interés que se comparte entre el público. Y no sé qué sentido oculto nos llega a hacer audible en ocasiones el tedio, desinterés o desgana de algunos de los presentes –sin romper lo material de ese silencio. Aunque es peor el ruidoso rumiar de palomitas de maíz, las falanges escarbando en el fondo de bolsas acartonadas, el crujir plastificado de envoltorios, el sorber de coca cola con pajilla en lo último del vaso… Y también vengo observando desde un tiempo que esta manifestación del desprecio de los otros –fomentada por las ventas de antesala- se incrementa en los cines de los centros comerciales –y tiende hacia la extinción cuanto más urbanos y cultos estos locales se emplazan.

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