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Por continuar con la educación, diré que no siempre se acierta a señalar su destacada relevancia política. En parte por un desconocimiento muy cateto u ordinario del objeto –viéndose como el trasiego cotidiano y conveniente de los niños por la mañana hacia el cole. Pero también por una adulteración de la conciencia civil de la polis: aquella que lleva a considerar la política como lugar de la transacción interesada que desnaturaliza cuantas realidades toca. Por ello vengo a defender que es tanto lo que se juega el Estado –y con él nuestro ser futurizo y venidero- que no debe descuidar la verdad y lo esencial de esta tarea. Con su visión general y su efectiva tutela. De aquí lo conveniente de que las leyes sean justas y adecuadas. Y de aquí lo sospechoso en aquellos –administraciones autonómicas, o grupos de interés contravenido- que pretendan limitar la inspección de cuantas cosas con los infantes se practican, se perpetran o se hacen.

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