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Hay imaginaciones que nos atrapan y empobrecen al delirio –por decir una de ellas, universal y antológica, la del mago Frestón que hoy algunos desconocen. Ese sabio encantador grande enemigo mío –decíalo don Quijote- que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede. Y entre estos sinsabores, la vida del ingenioso hidalgo cuenta el encantamiento de la estancia donde se hallara su biblioteca. Ese acopio de novelas del que la sobrina y el cura hicieran escrutinio en la hoguera y en el patio de la casa. Y así, perdidos los ejemplares de historias de caballerías aquel loco invaginaba ese vacío en la nube vaporosa del delirio: una ausencia –de los libros- que venía a afirmar la enajenación que por ellos se formara. Como en tantas cosas otros, hoy y en Cataluña, imaginan un Frestón que arrebatara sus deliradas esencias -imaginario enemigo que buscara distraerlos de una novelesca hazaña.

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