Hay un trabajo abnegado –que se hace con minucia, con humildad, con amor. Cuya abnegación no proviene de renuncia, siendo como es sobre todo efecto de una atención esmerada y no obsesiva. Un quehacer que asociamos con personas que concentran su interés en un orbe limitado: premisa de un preciosismo en su oficio o en su arte, aplicándose moroso en el detalle y con olvido de sí. Como también hay quien persigue una obra que se pronuncie ante muchos como grande –aquella que pretende doblegar el alma de quien contempla, sin desenlace posible si no es el de una genuflexión interior. En este caso y a través de lo que hace, el autor busca plantarse en una afirmación externa y universal. Sobre ello, recuerdo a un poeta que pretendía con sus versos obligar a los lectores a postrarse ante una belleza que sólo naciera de él. No pretendo forzar a quien lee a decidir ante ambos modos del artesano o creador –aunque la distinción es apta a recordar la disputa sobre la legitimidad de un amor desinteresado sin más, donde halla plaza el argumento de que forma parte de la naturaleza del hombre buscar en cuanto hace un camino –más o menos, hacia sí.

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