Un escritor siempre escribe de sí mismo. De ahí que no quepa por completo mantener la intimidad –que ni posea un valor pretender anonimato. Incluso en quien usara de heterónimos, como lo hiciera por un ejemplo Pessoa. Pues siempre hay una puesta de sí mismo en la selección del tema, la inventio de la ficción, la organización del argumento, la construcción de la trama. Aunque también encuentro claridad en esta afirmación que surge correlativa: que un texto siempre busca entrelazarse y conectar con algún interés de quien quiera que lo lea. Pues sin ello no hay encuentro, no hay lectura. Y así este texto, como otro texto cibernético cualquiera, es un código vital que circula por las redes infinitas –y el lector, un cualquiera que lo acoge en el seno de su propia peripecia. Intimidad que se desprende, y que fluye sin precisión de autoría –como alma que la técnica destila, inmanente y sin embargo incorpórea. Sin llamada que señale a un más allá. Sin trascendencia.

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