En febrero del año pasado, escribí el post al que da acceso este link, sobre La cantante calva, obra de Ionesco que hoy ha regresado a las mismas tablas. Motivo por el que, ya de vuelta del teatro lo releo –lo suscribo nuevamente, de nuevo lo reconozco. En el folleto que se reparte a la entrada: una gran comedia, que es en sí misma una gran tragedia. Así la calificó su autor, todavía perplejo por escuchar las risas del público de París en la noche del estreno. Y a fe que la tragedia se despliega desde antes del inicio –hasta ese final que recomienza las escenas iniciales del absurdo. Poniendo al espectador en situación de reempezar toda la acción transcurrida. Con el mecanicismo absurdo de personajes impelidos a edificar las arenas infundadas del comprender y su objeto. Para declarar que una vida que comienza pone en el punto inicial la existencia caducada de aquellos que hicieron mutis. La tragedia –por inevitable, absurda- de cualquier vida pasada.

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