Hubo un país una vez, donde el menosprecio público de los otros no estaba permitido. Pero no por una interdicción de los poderes del Estado, mas por una sociedad que entendía del respeto en medio de su pobreza. Cuando el nuevo rico o churubito no recibía legitimación social para desdeñar sin más motivo que el de su orgullo acrecido. Hoy, llámese libertad de expresión en su sentido irredento: la potestad individual de mancillar, denigrar o faltar a los decoros. Con la publicidad de internet, de una prensa decaída, y sin más autoridad que el orgullo poseído e infundado de sí mismos.

©

Anuncios