Mientras en Cambrils y Barcelona –y en general en España- se evacuan los rituales mediáticos y sociales con los que se conjura la inseguridad que acarrean los recientes atentados, leo una columna tensa en el diario El Mundo. Seguramente a no perder su lectura, sobre todo por el sentir estampado en el cristal hecho añicos de un engaño de sí propios. Un engaño mantenido entre todos largo tiempo. Aunque tal vez no sea la imagen idealizada de esa ciudad española la única que se estrella ante la verdad demostrada en esta hora. Sobre todo, a buen seguro, el creerse tan neutrales que la guerra y sus horrores siempre fueran cosa que les sucediera a otros –a fuer de bellos, exentos de la precisión de tomar partido ante un mundo que se nos vuelve apremiante. O ante la disyuntiva tantas veces soslayada: atreverse a ser adultos como sociedad consciente, o ceder el campo a otros.

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