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Las ocasiones en que pasé de camino por Rubielos de Mora, encontré en la iglesia del pueblo un anciano indefectible –inasequible al más crudo abatimiento. El desaliento que a muchos les causaría el estado de la fábrica del templo –que, con lenguaje callado, anuncia la enfermedad que convoca a la ruina a piedra y a monumento. Pues se asientan sus sillares sobre un caudal que atraviesa la población –desde muralla a muralla. Y es el agua, la corriente cotidiana en el subsuelo y la que arroja torrencial a sus cimientos la tormenta, el mal que trasluce la tristeza de un monumento que muere. Lo que pregona sin pausa el anciano, quien resiste y que pretende ganar la voluntad del que llega. En el centro de ese pueblo aragonés y medieval –que conserva y acrecienta en tantas cosas su extraordinaria belleza.

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