Es probable que a cualquiera de ustedes le haya sobrevenido escuchar el imperativo –de parte de un contrincante cuya posición dialéctica quedó sin recursos, o tocada en el debate. Y también puede ser que acompañado del gesto fugitivo de un mentón que se eleva y unos ojos que pretenden y no aciertan a lanzarle un muy franco desafío –por lo inseguro, tal vez, del argumento fallido que zozobra y ya sucumbe. Como quien descalifica de antemano cualquier razón que, en su caso, se ofreciera –pretensión de que la carga de argumento recaiga tan sólo sobre los hombros del otro, privando del respeto de antemano y sin embargo a las palabras que diga.

©

Anuncios