Gestionar nuestro dinero en la oficina del banco, acudir a un empaste a consulta de dentista, mantener o reparar el vehículo en el taller al efecto, defender nuestro derecho en tribunal de justicia… Son ámbitos donde entendemos inexcusable la gestión profesional de los asuntos. Entendiendo por tal la que se hace con ciencia, con honestidad, y con alguien que a la postre responda del trabajo realizado. Salvo cuando se trata de elegir quien gestione los asuntos colectivos en política –donde la profesionalidad no se tiene por un valor exigible, mas los idearios contrahechos y dictados desde ignorancia más o menos revelada, o un arbitrio. Una degradación de la conciencia política, cuando ya es habitual que se pueblen los sillones de amateurs, de arribistas e iletrados.

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