Como todos saben a veces, no es lo mismo dirigir película para cine –que grabar un telefilm. Aunque fuera solamente por el propósito expreso de quien acude a la sala –delimitando un tiempo, un espacio, una atención. En otro caso, se tolera una falta de argumento –siempre que vengan en su ayuda efectos que resulten familiares, y una suficiente acción. Pero hoy y en la gran pantalla, inquietaban al sentido del cinéfilo el argumento flojo, la acción menudeada de recursos gastados del suspense, la incongruencia del dato, y el recurso perceptivo psicológico para crear tensión. Con escenas posibles en lo abstracto, pero tan increíbles que reclaman una concesión permanente por parte del espectador. Y ese personaje que se pretende siniestro, tantas veces noqueado –aunque, de modo demasiado comprensible, sin llegarlo nunca a rematar. Debo decir que otras películas de contenido imposible resultan asumibles con frecuencia y exitosas, en tanto que la que hoy digo fuerza a conceder lo inasumible –por más que caiga en la frontera misma de la posibilidad. Lo que traigo por aquel pasaje de la poética de Aristóteles: que resulta preferible lo imposible verosímil, a lo posible increíble. Sobre todo, cuando hay un detrimento de interés. La película –Inside (2016). Jaume Balagueró, el guión.

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