Seguramente ya convive con nosotros la generación que, tras los siglos, viva de espaldas al libro. A lo que ese objeto significó y proyectaba sobre los hombres pasados: asociado a un sentido del depósito y transmisión del saber, vinculado a la conformación y experiencia de realidades sagradas. Y ambas cosas quizás por la dificultad del acceso: a la lectura primero, y después a la edición –la distribución más tarde. Requisitos que trasladan su vigencia a la separación del clérigo, del científico o del sabio. Pero una generación ha llegado que conoce la disposición universal de la información y los datos –otra cosa es el saber, aunque al efecto no cuenta. Quienes acceden sólo a aquella información que en el momento precisan, y que descartan más tarde: sin contexto de sapiencia, y sin valor añadido. Otra cosa, quienes por la fácil impresión de los volúmenes –y el nivel de clase media- pretenden ingresar en élites caducadas, con autoedición de baratijas del intelecto y las letras.

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