Enseñaba el profesor aquel que cualesquiera palabras que decimos con un énfasis, se mueven por deseo o interés que en ellas mismas se oculta. Incluso las palabras del poeta –ese enfatizador de profesión, que de ello repudiaría de común lo que a profesional se refiere. Pero no vengo aquí a desmontar los altares de poetas. Pretendo, de otro modo, llamar la atención sobre la bondad del lenguaje calculado –despojado de cualesquiera adherencias de emoción o subjetivas. Por ejemplo al decir que todo hecho que nuestra acción plante entre otros hechos del mundo, se constituye en causa a su vez de otros que de él traen su ocasión, su motivación u origen. Ello, al margen de la pretensión que tuviéramos en el acto de engendrarlo –y sin contar con las condiciones biográficas, sociales, de emoción o cognitivas que hasta él nos condujeron. Por decirlo llanamente: que los hechos que actuamos, obran y se propagan tal si fuera por sí solos. Y repare el lector en que evito ceder a la invocación de la responsabilidad moral y la ponderación que pudiera convenir a cuanto hacemos –todo ello, de la parte subjetiva. Antes bien, he llegado hasta aquí por propiciar una fría comprensión de cuanto se ocasiona o se deriva de las cosas que hemos hecho –nos conduzca el mecanismo a resultado favorable, o a damnificación propia. O como dice con frecuencia al ofensor el que resultó ofendido: que los actos siempre tienen consecuencias. Ahora sí, con el ropaje de una acre complacencia: la de ver que el mecanismo de los hechos, por su lógica, condujo hasta el hervor de la revancha. Como satisfacción universal intuida de antemano y no buscada, o como justicia ajena.

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