Con el sambenito del machismo, que se aplica gradualmente a cualquier cosa, se establece poco a poco un discurso dominante. Y con ello un poder –pues son inseparables uno de otro: aunque no es fácil distinguir si es éste el que impone los discursos, o el discurso dominante el que crea e incrementa el poder del poderoso. Si la gallina o el huevo. Lo cierto es que hoy queda uno más o menos pensativo cuando hay un periodista que sugiere que los objetivos a batir por este medio obedecen a directrices ocultas y emanadas de oenegés y de partidos –cuyo nacimiento y pervivencia se producen en la corrección política de intensidad más y más exacerbada. Y es cierto que la visibilidad del asunto va y va por oleadas: con objetivos que se exigen, alcanzadas ya las metas anteriores o intermedias. Seña de que no hay un propósito expreso y democrático a debatir previamente y entre todos en el foro –mas una inquisición que trabaja sordamente en un plan previo, y que maquina en lo oculto.

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