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Cuando se viaja, es común el placer de regresar con un objeto que concite la memoria de experiencia relevante. Aunque en ello hay un límite que, rebasado, conduce a una compulsión coleccionista –o, en su caso, al fetichismo. Por mi parte, son raras las ocasiones en que vuelvo con objetos de esta laya. Y cuando tal sucede, en casi toda ocasión son objetos de utilidad que intervinieron en situación o experiencia. Por un decir, del Museo de la Cerveza lisboeta regresé con un vaso apropiado que utilizan al efecto: de cristal, y concebido de manera que el calor que se proyecta al cogerlo no caliente la bebida. Un recipiente que se invagina en sí mismo, de una pieza y con cámara de aire. La parte interior, donde el líquido se vierte, tiene forma de un botellín de cerveza en posición invertida. Lo que se ve, transparente, desde el exterior del vaso. Y con el emblema del Museo de procedencia, con marca que señala los trescientos mililitros, y con cita literaria en portugués y también en lengua inglesa. Lo vendían a la salida, aunque no recuerdo el precio. Cuando utilizo ese vaso, advienen con discreción y sin destacar en nada los aromas de la noche de verano, taburete y serpentín, en las orillas del Tajo y en la Plaza del Comercio.

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