MB, quien no siente inclinación ni deseos de realizar concesiones, hoy trae desde su facebook un lugar donde Ortega se pronuncia de este modo: la obra del intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban. Y hoy, cuando se frisa en los cien años de la publicación de aquello, qué difícil evitar la percepción de que se halle la intelectualidad infiltrada de intenciones o estrategias de políticos. O colonizada incluso, si alguna vez la hubo como cosa independiente. Porque cuesta también pensar que algún día hubiera intelectuales puramente como Ortega los refiere, siendo así que no es ajena a la seducción del interés la obra del intelecto. Lo que no resta un deseo de idealismo, si se piensa en lo moral y hasta en lo íntegro –o por cerrar estas líneas con Ortega: ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral. Punto y final –o, he dicho.

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