Era una colección comercial de novelas con su intriga, que me gustaban de niño. Las conocí por razón de que las frecuentaba mi padre –y una que leí la encontré tan abarcable, tan coherente y divertida, que con gusto procuraba la siguiente que recalara por los bargueños domésticos. Tendría yo por entonces sobre los nueve años de niñez muy bien cumplida. Y ahí di en el propósito de escribir una novela propia, por mi gusto y por mí mismo. Provisto de cuaderno y de un bolígrafo, con tinta que elegí color violeta. Casi nada recuerdo de aquellas páginas que un vecino se llevó, muy doctoral, para darme su impresión día tras día diferida –y que nunca retornaron. A buen seguro, perdidas en breve tiempo en su olvido. De aquel proyecto permanece una evocación, o una sensación tan sólo –ni una memoria siquiera: la ubicación de personajes en lugares conocidos, y la busca de una intriga. Y la razón de escribir, que sufría al tropezar con cada frase futura. Como mi limitación de niño, que desafiaba a un tiempo y que también conocía.

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