El lenguaje también tiene un carácter terapéutico. Que se lo digan a quien convive con persona depresiva –envuelta en un silencio obsesionante, cuyo hedor comunica hacia el entorno. O también a quien emprende sin cesar un parloteo, sin ocasión ni motivo –como huyendo de sí propio o del silencio, o buscando un cañamazo en que zurcir una interioridad en su superficie helada. Pero también se cura con palabras el que ama, o –sin incurrir en la cursi equivalencia- también quienes para sí o para los otros depositan por escrito lo que hablan. Como también el profesor en el aula –cuando explica, magistral y con palabras que enseñan. Y sabe que hay en ellas curación, si conmueven y deleitan.

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