Que tal era el nombre del bar de la esquina, en el barrio en el que J. vivía. Y no se piense que se tratara de un bar de tipo pub o de copas –donde el nombre podría tener la intención rompedora o escrachante con que rotulan esos bares urbanos, para jóvenes –en los horarios nocturnos. Éste era un bar de pueblo en el sentido más real de la palabra: regentado por una familia, ambiente muy antañón –si mereciera ser ambiente- y atendida la barra en las más de las veces por el gesto avinagrado de la abuela. Un bar donde no había tampoco serpentín para destilar las cañas –ni botellines de quinto: sólo tercios de cerveza. Nunca J. me supo explicar la razón de ese nombre: yo pensaba unas veces que el diablillo sería tal vez el hijo del dueño –que se llamara Minín por un diminutivo de los que gastan los pueblos. Otras veces pensaba que el rótulo designara un diablillo que fuera conocido en regiones más lejanas –hipótesis que más tarde me desmentiría el buscador de Google. También pensé que Minín podría ser un modo popular de llamar a los mengues, con lo que habría un pleonasmo. Y más hipótesis que por no enojar al lector omito en este relato. Falibles todas ellas, y dejándome siempre con mi duda insatisfecha –tal si en todas, un diablillo verdadero se empeñara en engañarme. Con lo que la razón caería, como suele, del lado más dogmático en la cosa cartesiana.

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