Los incendios de verano, claramente intencionados tantas veces, delatan la escasa hominización que convive entremezclada entre nosotros. Con desconcierto y sorpresa de encontrarnos cara a cara la barbarie: podredumbre que agazapa su fealdad y que embosca su zarpazo. Como quien valora innoblemente su ceniciento interés por encima de cualquiera, y sobrepuja a la luz y a las aguas que nos tienen. Que no es amor ni manía por el fuego, por la destrucción siquiera. Granjería sobre todo, que aguarda con avidez recolectar sus despojos –tal semblantes afilados e ignorantes en los filmes miserables de posguerra, con el espanto de un crimen que se inflige en blanco y negro.

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